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28 hilarantes errores de los perros: nuestra imperfección reflejada en el mejor amigo del hombre (IMÁGENES)

Por: pijamasurf - 06/16/2013

El perro ha sido adorado en las culturas antiguas como la egipcia o la azteca como deidad, como acompañante en el trance entre la vida y la muerte, y su historia se entrelaza con la de la humanidad. Los errores, de los que nuestras ciencias y filosofías no dejan de recordarnos que somos deudores, se ven reflejados en los comportamientos que humanizamos a través de nuestras mascotas; lo que nuestra risa revela es el profundo pacto de complicidad entre el instintivo comportamiento animal y las bases de los impulsos humanos. 

El filósofo Gilles Deleuze decía que odiaba a los animales domésticos (a pesar de que vivió con gatos 30 años, o tal vez precisamente por eso) debido a que sus dueños solían humanizarlos o tratarlos como seres humanos de segunda categoría. Desde un punto de vista filosófico tal vez un animal no puede hacerse cargo de sus propios errores, pero nosotros podemos reflejarnos en ellos para aprender y reprogramar nuestros impulsos más primitivos, para reír abiertamente de nosotros mismos.

[Buzz Feed]

¿La era de los bonzos políticos? Consecuencias de liberar información clasificada

Por: Javier Raya - 06/16/2013

La Historia con mayúsculas en ocasiones sufre reveses que modifican el entendimiento de un momento social a través de un evento individual; la inmolación ritual del monje Thích Quảng Ðức hace 50 años y las revelaciones de Edward Snowden sobre la NSA este mes tienen más de un paralelismo en la órbita de la revelación.

bonzo

Un antiguo mito atribuye a Prometeo el deseo y la generosidad desmedida de robar a los dioses el fuego para dárselos a los hombres. El fuego, por sus propiedades civilizatorias, fue el aliado más importante del ser humano en su evolución, por lo que la memoria de la especie, la filosofía, sigue relumbrando a través de la metáfora de la iluminación, ese súbito incendio interior. Pero la luz también puede entenderse como el vehículo de la información: iluminar no quiere decir solamente acceder a un tipo de conocimiento trascendental para uno mismo, sino hacer ese conocimiento accesible para otros. Es tal vez impulsado por esta metáfora que Brian Anderson notó un paralelismo entre el monje budista Thích Quảng Ðức y el experto en seguridad informática Edward Snowden, quien hace poco hizo pública la estrategia de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA, por sus siglas en inglés) para vigilar las comunicaciones online a escala mundial.

El 11 de junio del 63 el monje mahayana Thích Quảng Ðức se sentó a la mitad de una transitada calle en Saigon. Un segundo monje lo roció rápidamente con cinco galones de gasolina, mientras Quảng Ðức recitaba una oración y procedía a encenderse a sí mismo con un cerillo, permaneciendo inmutable en posición de loto hasta que su cuerpo comenzó a carbonizarse. Lo que siempre me ha impresionado de la imagen es la manera en que el conflicto latente entre los monjes y los policías se desactiva de manera proporcional al monje encendiéndose. Ambos bandos parecen desprogramarse por un instante y contemplar simplemente el fin del discurso en su apogeo: una forma de encarnación que conjunta a la vez una impronta política y un ejercicio de santidad verificable. Un auténtico milagro.

(Para ver el video de la inmolación de Thích Quảng Ðức pueden dar click aquí, y por la naturaleza de las imágenes recomendamos discreción.)

Medio siglo después, antecedido por las filtraciones de Wikileaks en el contexto de vigilancia global, el experto en informática Edward Snowden de 29 años le dice a su esposa que se irá por trabajo a Hong Kong durante unos días, donde se instala en un hotel de la ciudad. Mientras tanto, Snowden revelaba al periódico inglés The Guardian que la Agencia de Seguridad Nacional de EU había puesto en marcha un programa de vigilancia discrecional con la ayuda de grandes compañías como Google, Facebook y Skype, información que el presidente Obama sería incapaz de desmentir. La ubicación de Snowden, desde entonces, se desconoce.

Los modos de actuar de Thích Quảng Ðức y Snowden revelan un paralelismo en cuanto a la destrucción de la propia seguridad --que incluye la desaparición o sacrificio o donación de la propia identidad, como si exponerla en su totalidad fuese destruirla para recobrarla posteriormente intacta pero irreal, como la imagen en el espejo que nunca tendrá la tibieza de un rostro-- en aras de un beneficio colectivo, por el que no pueden recibir ningún tipo de compensación. Probablemente se dirá que Snowden pudo haber vendido la filtración, pero si tomamos en cuenta que la CIA no ha tratado precisamente con imparcialidad a Bradley Manning por el affaire Wikileaks, no debemos creer que es fácil estar en sus zapatos.

El monje y el hacker asumen una misión prometeica, plenamente sacrificial, recurriendo a la autoinmolación para llamar la atención sobre un problema muy preciso y que no deja lugar a dudas; ahí donde el discurso termina y los soportes del mundo se tambalean, donde terminan los ritos religiosos y las formas diplomáticas, en ese afuera de los símbolos donde ocurre lo real, Quảng Ðức y Snowden dejan de ser ellos mismos y asumen un rol heroico en un sentido muy tradicional, como aquel que mediante sus actos desestabiliza un orden universal (como en la tragedia griega), sufriendo en carne viva --y en el cuerpo de lo social-- por las consecuencias de sus actos, no importando lo heroicos o desesperados que parezcan sus esfuerzos a primera vista. 

Protesta en China a favor de Edward Snowden

Snowden, por ejemplo, es consciente de que esta filtración no quedará impune y espera consecuencias directas en su contra; pero en la misma tónica ha prometido mayores revelaciones, lo que constituye su único capital de negociación antes de ser juzgado, como Manning antes que él. Mientras el bonzo se consume en un instante que dura una eternidad, en la era de la aceleración informativa, guardarla y revelarla de a poco es una estrategia más efectiva para mantener el fuego ardiendo, así sea por el espacio en que se evapora la atroz revelación anterior en los medios informativos.

Por último, podemos entender la autoinmolación simbólica como una energía extrema invertida en aras de la información o el shock colectivo que, desgraciadamente, no produce frutos; las duras condiciones segregacionistas en materia religiosa siguen dividiendo a las cúpulas de poder en el Tibet y China, y el saber que la NSA tiene acceso discrecional a todos nuestros movimientos en línea no nos hará inmediatamente variar nuestras prácticas en redes sociales, ni desencadenará cambios legislativos para proteger la privacidad de los usuarios (¿en qué jurisdicción podría crearse tal ley?), y se desvanecerá lentamente de los titulares como los asesinatos de civiles en Afganistán filtrados en los días de Wikileaks.

Tal vez se trate de que en ninguno de los dos casos podemos tener evidencia factual de las implicaciones que Quảng Ðức y Snowden denuncian con sus protestas extremas. Se trata, sin embargo, de protestas de conciencia: la inmolación a lo bonzo en el caso de los monjes y la filtración de información ultra secreta por parte de Edward Snowden o Bradley Manning implica un suicidio simbólico en el sentido en que saben que al revelarlas tendrán tras sus huellas a los cazadores más efectivos del mundo, sus anteriores compañeros.

Probablemente se trate de la brutal contradicción encarnada en ambas situaciones: un monje, símbolo de paz y templanza, en una situación inimaginablemente violenta; un servidor público, un soldado o un informante privilegiado yendo en contra de su pacto de silencio y discreción en tanto portador de información privilegiada, decidiendo que callar es ser cómplice, que la conciencia no puede tomar el bando de la mentira sin un robusto aparato ideológico, el cual, al menos en parte, Bradley Manning, Edward Snowden y Thích Quảng Ðức han debido desprogramar de sí mismos. Su suicidio, físico y simbólico, es la encarnación de algo en el colectivo que debe morir. Y de algo que al mismo tiempo nace.

Con información de Motherboard.

Twitter del autor: @javier_raya