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El ser cuantificado y el futuro de la información

Por: pijamasurf - 05/29/2013

Nuestra información es importante porque es nuestra, ¿pero qué hacemos realmente para protegerla y cómo cambiará el mundo cuando dicha información sea el principal producto de intercambio entre compañías y gobiernos?

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Cuando tu despertador suena por la mañana, numerosas compañías ya han estado recabando tus hábitos y calidad de sueño a través de apps en tu teléfono móvil; sales a correr y tus tenis hacen check-in automáticamente cuando alcanzas tu meta calórica del día, actualizando también tu status en Facebook con el contador de calorías y kilómetros recorridos. Gracias a que fuiste al trabajo en bicicleta y no en auto, tu compañía de seguros te abona anualmente un mes de cuotas, y el gobierno te condona 5% de impuestos para mantenimiento del transporte público.

De la mañana a la noche y aún durante el sueño, numerosos observadores están interesados en conocer tus hábitos, gustos y prácticas; algunos "bien intencionados" te ofrecen así productos y servicios cercanos a tus intereses, pero "bien intencionado" es un concepto difícil de definir, pero que asumimos implícitamente cada que nos registramos en una nueva aplicación, es decir, cada vez que abrimos una ventana de nuestro mundo personal para un observador que en realidad no conocemos.

Si esta visión del futuro suena paranoica o exagerada, piensen solamente que las compañías aseguradoras, las instituciones gubernamentales encargadas de recolectar los impuestos e incluso muchos de los empleadores que buscan referencias de sus candidatos consultan los estados de cuenta bancarios para saber de nuestros hábitos de consumo e ingresos; esta información se ve enriquecida por todo lo que voluntariamente compartimos a diario a través de las redes sociales y apps para móviles, la cual es utilizada por las mismas instituciones para saber si somos cuentahabientes responsables, nuestros hábitos sociales y nuestra conducta. 

En el futuro no-tan-distante, los individuos serán solamente su información. No se trata ya de un asunto de la incumbencia de quienes son usuarios de Facebook, ni siquiera solamente de quienes utilizan computadoras o Internet: la burocracia gubernamental está tornándose cada vez más hacia lo digital, con lo que en alguna parte en algún olvidado fichero hay una carpeta con el nombre de cada uno de nosotros.

Y se está alimentando insaciablemente de información.

Con recientes incidentes como la propuesta de ley SOPA, el gran público se enfrentó por primera vez con la reflexión sobre lo que los gobiernos y las empresas privadas pueden hacer con su información personal, así como con los límites de la privacidad y el intercambio de información.

La piratería, la neutralidad web, las patentes de software y las leyes de protección a la información personal son aspectos que están rebasando poco a poco la capacidad de los legisladores para hacer leyes. El derecho avanza con más lentitud que la tecnología, por lo que es imposible que los complicados procesos burocráticos (entorpecidos por administraciones corruptas o coludidas con los voceros de la industria tecnológica, como ocurre en las industrias farmacéuticas y alimentarias) de los países estén al nivel de las necesidades de las personas --o al menos que lleguen a tiempo.

Imaginen una televisión que transmita solamente la programación que nos interesa, y cuya publicidad esté dirigida específicamente a nosotros. Un mundo donde nuestra información personal sea recolectada sin nuestra autorización y utilizada para ofrecernos soluciones a la medida podría ser interesante y hasta práctico para muchos, pero levanta al menos la sospecha de que la información personal ha pasado a ser una variable estadística y no la historia individual de una persona concreta.

Nuestros gustos, intereses y hábitos se convierten poco a poco en números e indicadores, pero todo ha ocurrido a costa nuestra. Siempre nos han preguntado si estamos de acuerdo con las políticas de privacidad, los términos de uso o servicio y el contrato de usuario final, todas esas palabras que no leemos cuando damos "Aceptar" y comenzamos a usar una nueva app.

Como Facebook e Instagram han demostrado, las políticas de privacidad pueden cambiar discrecionalmente, y si no manifestamos ninguna inconformidad, nuestra primera firma sigue siendo válida aunque el contrato se modifique. Es raro que compañías que se hacen grandes gracias a sus usuarios no sean absorbidas o reestructuradas según estrategias de monetización de información en el largo plazo. Como si se tratara de magia, nuestra información entra y el dinero sale, pero nosotros no vemos ese proceso.

No se trata de una teoría de conspiración: nuestra información es importante porque es nuestra y en realidad si nadie tiene nada que esconder no debería haber mayor problema en que estuviera disponible, ¿cierto? Como demostró Federico Zannier, la mayoría de nuestros hábitos en línea son irrelevantes y repetitivos; pero como demostró él mismo, todos y cada uno de nuestros movimientos pueden ser recabados, almacenados y vendidos. Y si algo hemos aprendido de eBay y servicios similares es que si hay alguien interesado en un producto habrá alguien dispuesto a venderlo. Ese producto es nuestra información.

Con información de PandoDaily.

El control de la mente sobre el cuerpo: 10 impresionantes ejemplos

Por: pijamasurf - 05/29/2013

Mente, cuerpo y materia guardan una relación más estrecha de la que se nos ha hecho creer por siglos en Occidente, un vínculo íntimo, simbiótico, que en ocasiones genera fenómenos que creeríamos increíbles.

 

En Occidente es usual que consideremos a la mente separada del resto del cuerpo, esa cárcel que la mantiene atada al cieno del mundo, impidiéndole la libertad que supuestamente tiene destinada, pero lejos de esa carcasa de carne finita.

Dicha disociación se ha sostenido y reproducido por siglos, en diversos ámbitos del pensamiento que influyen marcadamente en eso que consideramos “nuestras” propias ideas, teniendo como resultado, entre muchos otros, que usualmente consideremos que mente y materia no guardan ningún tipo de relación entre sí, que entre ellas la mutualidad o la reciprocidad son imposibles y que ambas van por caminos separados, cada una con sus propios procesos y maneras.

Esto, sin embargo, no es cierto. Según enseñan otros modelos de pensamiento (y demuestran los ejemplos que compartiremos a continuación), el vínculo entre ambas es más estrecho de lo que creemos, una simbiosis que nos parece misteriosa o increíble solo porque estamos habituados a considerarla en esos términos.

 

10. Secado de mantas

 

En este experimento, un grupo de monjes tibetanos permitieron que físicos de la universidad de Harvard monitorearan su actividad corporal al tiempo que practicaban una técnica de yoga de meditación conocida como “g Tum-mo”. Los monjes fueron cubiertos con mantas humedecidas en agua fría (9.4 °C) y llevados a una habitación con una temperatura de 4.5 °C. El objetivo era mostrar hasta qué punto la concentración de los monjes iría por encima de las condiciones exteriores, las cuales llevarían a otras personas a un estado cercano a la hipotermia (con la evidente inconformidad que esto supone). Pero no en los monjes, quienes fueron capaces de elevar su temperatura corporal al grado de que en una hora las telas que llevaban encima estaban secas.

 

9. Trastorno de personalidad múltiple

El Trastorno de personalidad múltiple, también conocido como Trastorno de identidad disociativo, es un desequilibrio psicológico por el cual una persona desarrolla conductas que se creerían de identidades distintas, un mosaico de comportamientos que hacen creer que un mismo individuo existen varios que se intercambian y se turnan para mostrarse ante el mundo.

En uno de los estudios que se han hecho al respecto, investigadores y médicos del Rush-Presbyterian-St. Luke's Medical Center de Chicago notaron que un mismo medicamento genera distintas reacciones dependiendo de la “personalidad” del paciente que lo tome. Si, por ejemplo, el paciente se encuentra en su personalidad de niño, un tranquilizante lo relaja y lo adormece, pero si está en su personalidad de adulto, la misma droga lo hace sentir ansioso y confundido.

 

8. Efecto placebo

El efecto placebo es probablemente uno de los ejemplos más populares de la relación existente entre el cuerpo y la mente. Numerosos estudios y aun la experiencia cotidiana han comprobado su realidad: una persona toma una sustancia que cree que la curará y, en efecto, se cura, aunque la sustancia en sí fuera incapaz de generar tal efecto, solo que a veces el pensamiento sí tiene dicha capacidad.

 

7. Efecto nocebo

En oposición a lo anterior existe un fenómeno conocido como “efecto nocebo”. Si el placebo nos cura solo por pensar que nos curará, el “nocebo” nos enferma por la misma razón. Alguien piensa (o se le hace pensar) que ha ingerido un veneno y de pronto siente el impulso irrefrenable de vomitar. O, en un caso un tanto más extremo publicado en New Scientist, un hombre que acudió a un cementerio para encontrarse con un doctor y recibir de este el diagnóstico (o la sentencia) de que moriría pronto; el sujeto, de nombre Vance, enfermó súbitamente, y aunque acudió a varios hospitales y clínicas, nadie pudo curarlo ni siquiera identificar su mal. Curiosamente uno de los médicos que lo trató, al conocer la historia del cementerio, convención al hombre de que aquel con el que se había entrevistado introdujo una lagartija en su cuerpo que lo estaba consumiendo desde dentro; el médico incluso realizó un montaje inyéctandole una sustancia y fingiendo que extraía un reptil del cuerpo de Vance. Al ser partícipe de esta falsificación, el hombre despertó al día siguiente hambriento y prácticamente sano.

 

6. Sueños que hieren

Que los sueños se convierten en realidad es una frase que puede tener un sentido diametralmente alejado al del cliché sentimental. Como con  Durga Jatav, un hombre de la India estudiado por el pisquiatra Ian Stevenson. ¿El motivo de su interés? Jatav desarrolló heridas en sus piernas luego de haber tenido un sueño en el que se le hacía prisionero y sus captores mutilaban sus extremidades antes de darse cuenta de que no eran el hombre al que buscaban. Jatav tuvo esta pesadilla una noche de fiebre provocada por la malaria que había contraído poco ante, y durante el sueño la temperatura de su cuerpo bajó tanto que su familia lo creyó difunto. Al despertar sus rodillas mostraban una fisuras profundas que, sin embargo, no se remitían a un daño debajo de la piel (según lo confirmaron las radiografías tomadas). Casi 30 años después, cuando Jatav se encontró con Stevenson, las cicatrices todavía eran visibles, solo que el psiquiatra lo único que pudo hacer fue creer en la historia del hombre, pero no explicarla.

 

5. Yoguis al borde la muerte

Es célebre la capacidad de ciertos yoguis para manipular sus procesos corporales. La maestría que han alcanzado en la meditación es tal, que con cierta facilidad se someten a condiciones que una persona “normal” no soportaría: días de ayuno y a la intemperie, aislados en una cueva subterránea sin otra compañía más que su propia mente, y más.

Para comprobar estas historias, en 1936 la cardióloga francesa Therese Brosse viajó a India llevando consigo instrumentos de medición y diagnóstico, entre ellos una máquina de electrocardiogramas con la que observó que, en efecto, un yogui es capaz de ralentizar tanto su ritmo cardiaco, que la máquina era incapaz de detectarlo. Un par de décadas después, en los 50, otros investigadores repitieron las pruebas y descubrieron la habilidad de los yoguis para hacer que tanto sus procesos respiratorios como cardiacos sean tan lento que su metabolismo gasta cantidades de energía verdaderamente mínimas, lo cual explica sus muchos días de supervivencia sin comer ni beber nada. 

 

4. Visualización

En años recientes el descubrimiento de las “neuronas espejo” reveló que visualizar una tarea es casi tan importante como ejecutarla. Para el pianista o el deportista, por ejemplo, imaginar que cumple un reto es el primer paso para cumplirlo realmente.

En este sentido destaca el caso del coronel de la Fuerza Aérea estadounidense George Hall, quien estuvo preso en el norte de Vietnam por casi siete años, en una celda oscura y pequeña donde su único entretenimiento era imaginar que se encontraba en un campo de golf, pegándole a la pelota, sorteando las trampas de arenas e incluso visualizando la calidad del aire (su velocidad, su fuerza) y la manera en que la pequeña esfera caía en el orificio. Cuando fue liberado una de las primeras cosas que quiso hacer fue ir a un campo de golf y jugar “de verdad”. Recibió entonces una invitación para el Abierto de Nueva Órleans, en donde, para sorpresa de muchos, tuvo una participación destacada, como si esos siete años en prisión nunca hubieran transcurrido. Un ejemplo de muchos que se podrían citar de “memoria muscular”.

 

3. Bloqueo al dolor

El dolor es probablemente uno delos fenómenos más enigmáticos que podemos experimentar, en el que psicología y fisiología se combinan para hacernos experimentar una realidad que linda con lo intransmisible.

¿En el dolor la mente puede dominar a la materia? Así parece mostrarlo el caso de Jack Schwarz, un judío holandés, escritor de profesión, que en la temporada que pasó en un campo de concentración nazi aprendió a rezar y meditar para no sentir el dolor que le provocaban las golpizas recibidas, los ayunos forzados y, en general, las torturas habituales del lugar. Tales prácticas funcionaron y aunque Schwarz tuvo la fortuna de ser liberado, no dejó de mantenerlas. Con el tiempo fue capaz de que alguien más le insertara una aguja en el brazo sin que él manifestara alguna señal de dolor. Investigadores dela Fundación Menninger confirmaron con electroencefalogramas que su actividad cerebral en estas situaciones era distinta a la de las personas comunes.

 

2. Pensamiento positivo y meditación

Aunque el llamado pensamiento positivo y la meditación se han convertido en mercancía del new age y de la literatura de superación personal, existen investigaciones que han estudiado su efecto sobre procesos corporales específicos. En 1989, por ejemplo, el doctor David Spiegel, dela Universidad de Stanford, realizó un experimento con dos grupos de mujeres con cáncer de mamá, ambos con el mismo tratamiento médico pero uno ellos, adicionalmente, con sesiones periódicas donde sus integrantes podían compartir con sus compañeras lo que sentían respecto a la enfermedad, pláticas que se guiaban para concluir positivamente. Al final, Spiegel encontró que las asistentes a este grupo de apoyo vivieron en promedio el doble de tiempo en comparación con quienes no lo frecuentaron.

 

1. Para perder peso hay que pensar que se está perdiendo peso

Según parece, sentirse animado a perder peso es una de las causas que, efectivamente, ayuda a conseguir tal propósito. Ellen Langer, psicóloga de Harvard, realizó un experimento con trabajadoras de un hotel cuya actividad física cotidiana era, a su parecer, más que suficiente para mantenerlas en forma y en su peso ideal, lo cual, sin embargo, no sucedía, pues la mayoría de ellas tenía sobrepeso. Al preguntarles, Langer encontró que casi 7 de cada 10 sentía que no realizaba ningún tipo de ejercicio. La psicóloga tomó entonces a la mitad de ellas y les hizo ver entonces que su trabajo sí implicaba esfuerzo físico, suficiente para hacerles perder algunos kilos. La otra mitad de las trabajadoras no recibió esta información. Un mes después, Langer volvió al hotel y descubrió que quienes estuvieron en su plática habían regulado su presión arterial e incluso disminuido algo de su peso. Sus rutinas, según dijeron a la psicóloga, no habían cambiado, pero sí su manera de pensar.

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