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Entrevista con este compositor mexicano, quien nos convida un espectacular álbum retrospectivo de sus 13 años de carrera: Mantis, el cual con notable sofisticación entrelaza múltiples géneros y ánimos.

artworks-000044900600-cri5s0-t200x200Hay días en que los azares sonoros te favorecen y tienes la fortuna de encontrar una obra musical que, por distintas razones, intuyes que te acompañará a lo largo de un buen trecho de tu camino. Hace un par de meses llegó a mí, cortesía de Luis Clériga, el disco Mantis, de Felipe Pérez Santiago, una exótica joya electro-clásica que con notable sofisticación entrelaza múltiples géneros y ánimos.

A lo largo de sus doce tracks el álbum manifiesta una excitante gama de discursos musicales, el linaje de la clásica se funde con resquicios electrónicos resultando en un collage que puede remitirte a una tribu de luciérnagas efímeramente orquestada y, minutos después, te tiene envuelto en la angustiosa estridencia que antecede a una psicosis pasajera.

Mantis es bastante electrónico, pero en realidad pasa por múltiples estilos. Representa una retrospectiva de 13 años de mi trabajo (1999-2012). Algunas piezas son desde que era estudiante, y luego muestra como fui, quiero pensar, evolucionando hasta ya las últimas obras. En cuanto a las influencias reflejadas en esta obra, creo que mencionaría sobretodo a Aphex Twin. Me encanta la idea de que llevó la música de beats a un mundo como más complejo, más intelectual, no tanto para bailar.

La música contemporánea ha florecido explosivamente a través de una inabarcable diversidad de géneros, subgéneros, y experimentos, que han derivado en un notable eclecticismo de propuestas. Lo anterior como consecuencia, supongo, de distintos fenómenos, entre ellos la consolidación de la música electrónica y su eventual multi-ramificación en decenas de géneros, el intensivo intercambio de data cultural entre músicos y una evolución orgánica de la exploración sonora a partir de bases que son, naturalmente, cada vez más sofisticadas. En este sentido resulta interesante saber como los propios músicos definen su trabajo:

Para definir mi música uso un término muy vago –siempre la he llamado cross over–, por que pasa por un montón de estilos. Tengo un lado súper clásico, donde escribo para orquesta, para coro, escribo para cuartetos de cuerdas y ensambles de cámara. Esta parte clásica, por llamarla de alguna forma es como mi eje musical, yo estudié composición clásica, ya luego me especialicé en electroacústica. Y por otro lado, por eso te digo que yo le llamo como cross over o súper ecléctico, escribo mucho para cine y además soy director de un ensamble, de Mal’akh, donde combinamos todo, que va desde un trío de rock hasta un ensamble de cámara grande.

Tras escuchar por primera vez Mantis, mi sorpresa fue aún mayor al descubrir que el responsable de este álbum era Felipe Pérez Santiago, compositor mexicano del cual, hasta entonces, jamás había escuchado –a pesar de que incluso tiene un par de composiciones interpretadas por Kronos Quartet, “Camposanto” y “Encandilado”. Quiero aclarar que no soy malinchista, al contrario, pero también creo que no estoy solo al afirmar que en México, al igual que en otros países, no siempre es fácil encontrar propuestas refinadas y, aún más difícil, encontrar aquellas que seguramente están sonando, justo en este momento, en rincones de complicado acceso.

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Una vez graduado como compositor en el Centro de Investigación y Estudios Musicales (CIEM), de México, continuo sus estudios en la Royal School of Music, de Londres, y en el Conservatorio de Rotterdam. Cuestionado sobre el anterior fenómeno, Felipe advierte que en muchos casos las personas que emigran a estudiar al extranjero, rompen con el escenario de su país de origen, lo cual no favorece el desarrollo de propuestas locales:

Me fui bien chavo a vivir a Holanda, me fui a estudiar al conservatorio, allá hice mi posgrado y mi maestría, y afortunadamente allá empecé a cambiar muchísimo, aprendí mucho, pero irresponsablemente me desconecté por completo de lo que ocurría en México, en lugar de seguir en contacto con lo que estaba pasando aquí.

Aunque también vale la pena enfatizar en que los organismos encargados de la difusión cultural dentro de un país, en este caso de México, podrían hacer una mejor labor difundiendo la existencia de los talentos más destacados –y aquí no solo me refiero a las instituciones, también a los medios de comunicación.

En fin, más allá de metáforas descriptivas, de críticas culturales, o de opiniones personales, lo único realmente apropiado al escribir de música es redirigir a los lectores a consumar el acto esencial frente a una fina pieza, escucharla. No dejen de dedicarle, por lo menos, 79 minutos de su vida a escuchar Mantis. 

 Twitter del autor: @paradoxeparadis 

 

Ciencia y budismo juntos tratando de encontrar la fuente de la compasión

Por: pijamasurf - 05/24/2013

La compasión, el bien y la empatía son valores que tienen significados diferentes según las culturas que los promuevan. Sin embargo, un experimento ha tratado de demostrar que es posible hacer a la gente más amable unos con otros.

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¿Es posible medir científicamente la compasión y la bondad de las personas? Todas las grandes religiones del mundo tienen distintos acercamientos a cosas como las relaciones sociales y familiares, pero en la base de todas ellas siempre hay una idea recurrente de bondad. Para los cristianos consiste en tratar al prójimo como a ti mismo, y para los budistas, por ejemplo, implica cultivar un sentimiento de compasión y amor por todos los seres vivientes.

Un equipo de psicólogos de la Universidad de Winsconsin-Madison preparó un experimento en el que trataron de medir las reacciones de compasión entre dos grupos. El primer grupo practicó una técnica de meditación budista para ejercitar la compasión, la cual consiste en concentrarse alternativamente en un ser querido, en un amigo o familiar, en ellos mismos, en un extraño y en una "persona difícil" en sus vidas, mientras repiten el mantra "que te liberes de todo sufrimiento, que encuentres alegría y paz."

Por su parte, el segundo grupo participó en un entrenamiento de reprogramación conductual a través de una técnica que transforma los pensamientos negativos en positivos. Ambos grupos practicaron sus respectivas técnicas por Internet al menos treina minutos al día durante dos semanas.

Una vez concluido el entrenamiento, los científicos tuvieron que inventar una forma de medir la empatía en los miembros de ambos grupos. Para esto los sometieron a una pequeña prueba para ver sus reacciones espontáneas frente a una situación que puede ser percibida como de injusticia. Se trata de un juego donde los participantes de los grupos de control interactúan con dos supuestos jugadores anónimos a través de Internet (el "Dictador" y la "Víctima"). El dictador posee $10 y puede decidir cuánto dinero darle a la víctima; el participante luego recibe $5 y debe decidir cuánto de este dinero darle a la víctima (o si no darle en absoluto) para redistribuir y hacer un poco más equitativa la posición de la víctima frente al dictador. El objetivo del juego es medir la "compasión" del participante dependiendo de la cantidad de dinero que este le diera a la víctima. El grupo que practicó la técnica budista compartió más de dinero con la víctima.

Antes y después del experimento, ambos grupos fueron sometidos a scaners fMRI para medir sus ondas cerebrales. Mientras estaban en la máquina, se les mostraron imágenes de personas sufriendo, como niños llorando o víctimas de quemaduras. Al finalizar el experimento se dieron cuenta de que la gente que había practicado la meditación budista mostraba mayor actividad en la región inferior de la corteza parietal, una zona asociada a la empatía.

Aunque el experimento está atravesado de múltiples lagunas (como por ejemplo el hecho de que diferentes culturas tienen diferentes nociones del bien, la compasión, etc.), al menos muestra que un poco de meditación hace que las personas que la practican se vuelvan un poco más atentas y empáticas respecto al sufrimiento de los demás.

[Eurekalert]