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El Inversor: Los libros que faltan

Al libro sacralizado y solemnizado hace falta oponer libros vivos, vehementes, liberados de la presunción y la obligatoriedad, libros que a cambio seduzcan y vivifiquen: los libros que faltan.

Por: Pablo Doberti - 21/05/2013 a las 11:05:17

ibrosEl fracaso sistemático de la promoción de la lectura, como el de la erradicación de la pobreza, es evidente. Pero a cambio de aquél, que sentimos que aún depende de verdaderas voluntades políticas, éste registra algunas manifiestas intenciones de solución.

En el campo de la promoción de la lectura hay programas serios, orgánicos, sustentables y respaldados por presupuestos significativos. Sin embargo, no hay signos de transformación social de las prácticas de la lectura y la escritura. No conseguimos transversalidad con la lectura; tampoco, capilaridad; ni siquiera genuina cantidad. ¿Qué pasa?

No se trata, a mi criterio, de incrementos presupuestarios; tampoco, del ajustes de detalles; menos, de perseverancias. La promoción de la lectura es un tema que parece interesarnos a todos; de fácil y gran consenso; con excelente imagen política positiva. Y sin embargo, no arranca. No inflexiona, vamos a decir. No se destraba. ¿Será que no puede ser? ¿Será que no hay manera de transformar las prácticas sociales de la lectura y la escritura en escala masiva?

Yo creo que no. Sí se puede producir la transformación. Pero creo que los ideólogos de todo esto (los conceptualizadotes, quiero decir, sin meternos en matices innecesarios) debemos pensar las cosas de otro modo.

El ejercicio de la promoción de la lectura no se destraba porque el debate ejecutivo político se ha devorado al otro debate (sin clausura cierta y con malas conclusiones provisorias) sobre las bases conceptuales de dicha promoción. Cual Prefecto de Poe, andamos de acá para allá desarmando muebles, hurgando cojines y desbordando meticulosidades sin darnos cuenta de que tal vez en la renovación de la aproximación conceptual al problema anide su solución. Discutimos todo menos nuestras convicciones iniciales.

Cambio de paradigma, que le llamamos. Pero no aplicamos. Nos convoca un imperioso giro copernicano y nosotros, sin darnos cuenta, seguimos sofisticando y sofisticando ptolemaicos epiciclos inútiles. Y nos perdemos en ellos, que nos ilusionan y nos desilusionan constantemente -como el Prefecto al Rey-, construyendo imaginarios. Sin mala fe, eso sí. Acá, como allá en el París de los ensueños de Poe, no hay mala fe. La bisagra no es ética, es heurística.

Nos toca un gesto dupiniano. A nosotros, devotos casi unánimes de Poe, nos toca aprender tardíamente de su más célebre personaje ficcional. Tomar perspectiva, valorar el juego conceptual, reflexionar en estratégico escorzo y volver a la cuestión, frescos y renovados.

Es que en todo esto de la promoción de la lectura, la carta aún no aparece. 

Hay escenas que condensan debates acallados y son eficaces para reintroducirlos. A mi la de aquel casi analfabeto leyendo con fruición la carta testamental de su padre que acaba de morir me resulta una de ellas. Lee sin registro de la actividad lectora. Lee como si no leyera. Lee sin preguntarse y sobre todo, sin impostarse. Lee por un tsunámico impulso de sentido personal. En él no habrá registro del esfuerzo que supere la percepción constante del sentido de lo leído, aunque lea a cuentagotas y en tartamudo. Lee porque no puede dejar de leer.

Ahí, acodado sobre esa mesa austera, en soledad, iluminado por una luz insuficiente, ese muchacho que casi no lee está, mientras lee, viviendo quizás el momento más significativo de su vida. Más allá de lo que haya dejado escrito su padre; más allá de lo que diga la carta, quiero decir (otra vez, como en Poe), esa lectura define su vida. El sentido de esa lectura rebasa por completo al acto mismo de leer. Ahí no hay acción, sino constitución.

En la escena, el verbo leer se desmaterializa en manos del sentido pleno de lo que por su intermedio nos llega. Lo que empuja a la lectura es la pertinencia subjetiva profunda, no el deber o el esfuerzo. Está desplegada la antitesis de la tarea. Ese hombre que no lee, está leyendo como el lector más avezado. Porque lo leído es la voz de su padre muerto. Para ese muchacho, el texto que tiene ante sí ocupa un espacio subjetivo vital; se entrama indiscerniblemente con su vida. (Si nos permitiéramos abusar de las escenas, y hasta del concepto, podríamos plantear aquella otra del otro hombre no lector, trasnochado por la angustia, que en la mañana lee, con las uñas en los dientes, las ofertas de empleo del periódico matutino. No tiene trabajo y necesita de él. La encrucijada de su vida se articula con la letra impresa.)

Parecieran faltar los libros que enlacen con la subjetividad masiva -si no es esto una contradicción en los términos. ¿Cuál será el siguiente texto que leerá nuestro héroe? ¿Habrá acaso que esperar que muera su madre, y que además escriba antes de caer? No es que ese hombre no lea, es que no encuentra qué leer. La oferta editorial no le atina.

¿Será por exceso? Tal vez. Ese muchacho no cuenta con estrategias de búsqueda entre tanto desmesurado mar de anaqueles sin fin. Por exceso, entonces, pero también por defecto. Falta el relato que sigue a la carta testamental de nuestros padres. Faltan los eslabones que nos lleven hasta los libros que luego, y enseguida, sí sobrarán. Y ese paisaje conceptual extraño confunde. Nos confunde; confunde nuestros debates. Resiste, cual anticuerpo, todo plan formal. Afinca el fracaso.

Resulta que entre tanto manifiesto sobrante, faltan libros. Faltan los libros útiles. 

No centraría el debate sobre esos libros solamente en su contenido; también haría hincapié en su forma. En su sintaxis, fundamentalmente. Aunque también en sus tipografías, en sus espacios, en sus aires, en sus ilustraciones, en su diseño, en su materialidad compleja. Pero sobre todo en su sintaxis, es decir, en sus modos de narrar. En su respiración.

Porque la angustia humana esencial (como nos enseñara Freud), que es el ímpetus, lo que nos mueve, no se satisface. Lo de ella es circular. Y para circular necesita formas que la dinamicen; gestos que la metamorfoseen, que le den cause, más que atolondrados contenidos que pretendan saciarla.

No es que la carta del padre revele al muchacho el sentido final de su vida. No hablo de las autoayudas, quiero decir. Lo que esa carta está haciendo es darle flujo al deseo esencial -o a la angustia, que es lo mismo- de no saber nunca definitivamente quiénes somos. Y eso es lo que dispara su fruición y desmonta la impostación de la lectura obligada y desinteresada.

¿Qué libro le hace serie a la Biblia? ¿Cuál es la segunda lectura luego del Libro Sagrado? ¿No faltan allí otros eslabones? Carezco de las estadísticas, pero no creo estar arriesgando demasiado si afirmo que año tras año se fabrican más Biblias en el mundo y en una magnitud material –como dicen los economistas- con el resto de los libros sumados. No hemos sabido escribir los libros que siguen. No hemos sabido darnos cuenta de que faltan libros.

El lector de la Biblia nos avisa sobre esa carencia mediante sus actos: deja de leer. No sigue. Relee –si relee-, pero no sigue. No sigue ni se da cuenta de que no sigue. No se da cuenta de que no sigue leyendo como no se dio cuenta, antes, de que leía. Lo suyo era la fe, no la lectura. Como debe ser. El éxito con él no estuvo en la promoción de la lectura, sino en la evangelización. En la promoción de la fe o en la genuina y profunda pertinencia de la Biblia, no lo sé. En él, el libro entra por añadidura. 

Otra dimensión es la simbólica. En eso del libro como símbolo y los símbolos relacionados con el libro, la historia va también de excesos y defectos.

Excesos por el lado de la sacralización del libro.

El libro es, hoy día, en casi todas las sociedades modernas, un ícono de gran prestigio; un fetiche inmenso. Ese engomado o cosido conjunto de papeles entre cartulinas tiene estatus de tesoro, y karma de inmaculado, en casi todas partes, a todos los niveles sociales. Con independencia casi absoluta de sus contenidos, el libro es uno de los grandes símbolos sociales modernos. Símbolo positivo, edificante, respetable; casi sagrado. Salvo en raros encuadres, quien regala un libro nunca ofende; siempre queda bien. Está entregando un bien social unánime y sobre todo, un desideratum; un deber ser. En muy pocas culturas se tiran los libros; y solo se lo hace adonde su abundancia satura. El libro es símbolo de seriedad, de profundidad. El libro es símbolo y símbolo bueno. Tan bueno que se sacraliza y, entonces, se vacía.

En esas instancias de vaciamiento por canonización estamos. Podría estar en blanco, defectos de imprenta, que a nivel del símbolo el libro valdría lo mismo.

Ya por siglos venimos haciendo un espectacular trabajo que ahora nos tiene esclavizados. Como a Dios, a fuerza de sacralizarlo lo hemos deshidratado y fosilizado. El libro ya no respira; la letra ya no encarna. El libro es solo para venerar, ya no para interactuar. Es injuzgable, pero necesariamente respetable. Y a su vez, basta con no ofenderlo y guardarle las formas, para asimilarlo; para vaciarlo por asimilación.

En su ámbito no hay ya intrigas, ni preguntas, ni angustia… La fe en él es pura formalidad y entonces, poco más que nada. 

Pero a su vez está la otra dimensión simbólica. La que se juega en corto, uno por uno. En retrato. Allí reinan los defectos. La dimensión simbólica hogareña. La doméstica. La personal. El libro en casa, en las casas. El libro en mi vida. El libro físico y el símbolo. La biblioteca del hogar. La verdad de la práctica de la lectura en el hogar. El lugar del libro en la simbología familiar; del libro y la lectura; de la lectura y la escritura. No el lugar discursivo, sino el lugar en las prácticas domésticas. Su presencia o su ausencia; su circulación; su participación… su actividad, pues.

Más que del libro, hablo de las gentes leyendo. Lo que sea, donde sea. Leer los libros; consultarlos; tenerlos a tiro y en lugar jerarquizado. Pero no como museo, ni como rosario inerte u objeto decorativo, sino como bien de uso. La biblioteca desordenada y siempre imperfecta; con libros acá y con otros allá; con libros acomodados así y con otros desacomodados asá. Incómoda a la decoración; pesadísima al transporte; húmeda y polvorienta.

Este símbolo es otra clave, a mi juicio, del perfil lector de las personas. Entre estas coordenadas se define la función pregnante de la lectura; por acá se juega el efecto determinador del símbolo legítimo.

El valor simbólico de las bibliotecas de hogar. El valor simbólico de un lector para otro lector. El valor simbólico de los libros mezclándose con la vida de las personas, en uso. El valor simbólico de los libros en actividad genuina, no impostada. El valor del libro circulando en la intimidad. El libro abierto. El libro con el ángulo de la hoja 75 doblado. El libro marcado. El libro prestado y nunca devuelto.

Ese libro, esa biblioteca protagónica y viva, confieren impulso a la lectura porque crean intriga. Porque interesan, vale decir. La pregunta por qué lee papá con tanto tesón, o qué encontrará mamá en esos libros que consulta siempre, o qué dibujará Juan en los márgenes, o qué mundo habrá tras esos lomos secos que se acoplan en la oscuridad de los estantes; esa pregunta –decía- trabaja la subjetividad de los integrantes familiares, les forja una interrogante esencial.

El germen del impulso significativo está sembrado; ya germinará. El sereno proceso prescriptor del símbolo ha comenzado su trabajo. La vida y los libros están ya definitivamente entramados en la novela familiar. No hará falta ligarlos nunca más. Algo migró; una inflexión sucedió. 

Leer y escribir. O tal vez sea al revés, y nos ocupe lo del escribir y leer. No hay lectores sin escritores. Pero el escribir como práctica amateur, como la de la lectura, a esa me refiero. La contracara pareja del lector. Escribir para leer y escribir sobre lo leído.

Escribir, es decir, buscar las palabras que digan lo que quiero transmitir. O mejor: la trama de palabras y signos que aluda a lo que quiero. A ese ejercicio consustancial, me refiero, e indiscernible del ejercicio de leer.

De modo que ahora, otra vez como entonces, la escena podría crecer y el mismo muchacho en este momento comenzar a escribir su carta al padre muerto. Sobre la misma mesa, en la misma soledad, con la misma media luz. Nada lo frena; nadie lo evalúa. La lectura, imperceptible para sí misma, ha disparado una escritura también imperceptible para sí, más allá de lo escrito. En esa habitación no hay actividades, ni mucho menos, esfuerzos; reinan los fluidos. Ahí no hay caligrafías; ahí no hay gramáticas, ni ortografías. Allí, en esa intimidad, hay un padre y su hijo en plena integración. Y la lectura y la escritura son puentes, formas que permiten, materializan y de alguna manera, antológicamente hablando, acaban constituyendo el encuentro. Sustantivos etéreos; verbos ágiles. 

Quedaron restos, lo sé. He ensayado un recorrido que fue dejando cuestiones desatendidas, notas en los márgenes, matices, paréntesis, subordinadas, contextos no aludidos ¿Cómo hacer? ¿Valdrá la pena recogerlos acá, ahora? ¿Debería matizarme a mi mismo? ¿Será oportuno? ¿Conviene arriesgar el integral y homogéneo efecto de sentido?

Creo que sí. Por eso anoto las hilachas, sin más pretensión que su consignación. Espeso las ambigüedades; multiplico algunas polisemias. Es mejor. 

Reconozco y registro en estas tesis sus arbitrariedades, sus metáforas capciosas, algunos de sus forzamientos; también sus sofismas y sus a veces violentos golpes de efecto. Es que me trabajó como en sordina una premisa: la de que este escrito debía contribuir al resquebrajamiento del paradigma imperante, antes que a su refuerzo. Quise ser otro orfebre del trabajo de la fisura. Siento que algo nos está marcando la hora. Será América, tal vez.

Ese propósito obliga a retóricas de choque mezcladas con estrategias de seducción, salteadas con dosis adecuadas de provocación. O si no es que obliga, al menos seguro que invita. ¿Cómo se cambian paradigmas? Haciendo zoom en las carencias, en las faltas. El paradigma sustituto entra por las deudas pendientes del paradigma saliente. Así es el proceso.

En materia formal, siento que las elipsis, el sofisma, la retórica en general y la verdad plena, de cross a la mandíbula, hacen un cócktail que puede funcionar para estas gestas. 

¿Cómo serán esos libros que faltan? ¿Tenemos alguna nota que los perfile? Por que si no tenemos más que su falta, corremos el riesgo de pasar directamente al mito, u otro peor, que es quedarnos eternamente en el mero y vacuo juego retórico. 

Esos libros-eslabón reducen la complejidad del leer sin por eso reducir la complejidad de la experiencia de la lectura. Así es su arte. Esos libros recogen en lugar de inyectar; seducen en cambio de coaccionar. Esos libros no se presumen. Esos libros se nos vienen a la vida y se nos meten allí; dejan de exigirnos –como tantos otros- que nuestra vida se vaya adonde ellos. Esos libros no se agotan ni agotan; están cargados de descansos y bálsamos. Desbordan ritmo; no abusan. Esos libros no aprietan… Como no debería ya apretar esta nota, que se está volviendo peligrosamente intensa. Y eso para no hablar de los excesos de los juegos retóricos.

Esos libros saben, como ningún otro, interrumpirse.

Twitter del autor: @dobertipablo

Sitio del autor: pablodoberti.com


Comentarios

  1. Zintruso dice:

    Que flojera seguir leyendonos, MUCHAS PALBRAS,MUCHAS IMAGENES, parches que oscurecen ideas.



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