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76 años de Thomas Pynchon, la gran estrella de la literatura estadounidense que renunció a la fama

Por: Alejandro Martinez Gallardo - 05/11/2013

Evocamos a Thomas Pynchon, uno de los grandes escritores de nuestros tiempos, llanero solitario y eremita mediático, maestro de una prosa sinuosa y extática que transformó la literatura estadounidense, liberando una veta entre el humor, la psicodelia y la sofisticación estilística.

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Esta semana, el 8 de mayo, Thomas Pynchon cumplió 76 años y por supuesto no hubo pastel para los medios. Pynchon se ha convertido en una de las figuras más importantes de la literatura contemporánea pese a que constantemente se ha negado a aparecer en público --apenas existen algunas fotos de su juventud, cuando trabajaba en la industria militar. Más que ser un ermitaño amargado --según el estereotipo que generó la prensa sobre J.D. Salinger--, la evasiva mediática de Pynchon al parecer se debe a que simplemente no busca la lisonja del mundillo literario --acaso para mantener impoluto el buen humor y la frescura que lo caracterizan (Pynchon podría ser el más lúcido devorador de pasteles espaciales de este lado de la galaxia). Su anonimato, dicen los que lo conocen, no fue una decisión fríamente calculada, se fue dando naturalmente --a expensas de que se le haya confundido con Salinger o con el Unabomber.

La obra de Pynchon es bastante dispar, aunque en todos sus libros existe  una estimulante propuesta estilística y/o temática o, en su defecto, una serie de brillantes (o delirantes) pinceladas que hacen sonreír al lector o asombrarse por su capacidad de manipular el lenguaje. Algunos de sus libros son universos herméticos para diletantes o especialistas que saborean la metaficción de la historia con lujo de detalles, grandes ladrillos de cosmos compuestos de exquisitos e intrincados pasajes que desafían la paciencia de lectores imberbes  --en la mente de Pynchon se conjugan el jazzista y el ingeniero, la marihuana y las matemáticas-- y construye minuciosas arquitecturas a escala microcósmica o estalla con carcajadas (algunas de ellas surtidas de chistes no-locales cuativadoramente arcanos). 

Indudablemente, Gravity's Rainbow es el máximo referente de la obra de Pynchon, una de las grandes novelas de la literatura estadounidense de la segunda parte del siglo XX (otras dos de ellas, Infinite Jest y Iluminatus Trilogy!, son inconcebibles sin la tergiversación humorística multicapas, la historia descascarada vuelta broma cósmica, del Arcoiris de Gravedad). Una obra que parte de un sueño y que se teje como un flujo de conciencia, entreverando la ciencia ficción y la fantasía psicodélica con la farsa, y la alquimia  con la literatura de documentos aeronáuticos de la ingenieria civil militar /resabios de la experiencia de Pynchon trabajando en Boeing. Una moderna comedia humana que abarca y encarna el espíritu de toda una época y que, como los libros de Joyce, parece ser escrita con fractales y hologramas literarios de tal forma que se podría reconstruir la historia del pensamiento a partir de algunas de sus líneas. 

La historia de un agente militar estadounidense, cuyas erecciones espontáneas --o secretamente pavlovianas-- parecen coincidir con los sitios en los que caen bombas en Londres al final de la Segunda Guerra Mundial, se desdobla en un viaje de magia y paranoia a través de la Zona (lugar liminal bizarramente encantado como la Interzona de Burroughs). Magia y paranoia que también se reflejan en la estructura de la novela y en el estilo dueño de la música de un extático jam.

Uno de los subtemas que corren secretamente por Gravity's Rainbow es la sincronía, la paranoia que conecta toda coincidencia de manera significativa. En este ejercicio justamente abrí el libro. Copio el párrafo que obtuve, como un ejemplo del estilo. Tortura metafísica y programación mental:

Each time the lash struck, each attack, in her helplessness to escape, there would come to her a single vision, on]y one, for each peak of pain. The Eye at the top of the pyramid. The sacrificial city, with figures in rust-colored robes. The dark woman waiting at the end of the street. The hooded face of sorrowing Denmark, leaning out over Germany. The cherry-red coals falling through the night. Bianca in a Spanish dancer's costume, stroking the barrel of a gun.

Según relatos que se han convertido en leyendas literarias, cuando escribía Gravity's Rainbow en los finales de los sesenta en México, donde le apodaban Pancho Villa por su bigote, Pynchon fumaba grandes cantidades de marihuana, lo que le llegó a provocar una racha de extrañas comunicaciones telepáticas, que tal vez están cifradas en el texto. Ahí aparece una misteriosa luz, la luz de Kirghiz, la misma luz que observó Hans Castorp en la Montaña Mágica, la luz de los ojos de una mujer,  la luz que es también la ruta de escape de este mundo, al Norte, donde los Nazis buscaban la entrada a la Tierra Hueca, más allá de la mirada mordaz de Anubis.

If the place were not so distant,
If words were known, and spoken,
Then the God might be a gold ikon,
Or a page in a paper book.
But It comes as the Kirghiz Light--
There is no other way to know It.

Por el Arcoiris de Gravedad corre una cepa fantástica del mítico hashish de Hassan i Sabbah, líder de los salvajes asesinos que luego fueron conectados sincomísticamente con los Iluminati, el cual confunde al héroe Slothorp (el holgazán de la entropía) y la Disneylandia de control mental Nazi se vuelve un poco más extraña todavía. (El amor por el cannabis atraviesa todas las novelas de Pynchon, evidentemente las que se ambientan en los sesenta, dentro de la cultura hippie, pero también tenemos un episodio en Mason & Dixon, en el siglo 18, donde George Washington fuma un porro con Mason y Dixon mientras su esposa Martha prepara los munchies).

Según Tim Leary Gravity's Rainbow es el "viejo testamento del cyberpunk". Una novela hipnótica e hilarante que se mueve en múltiples niveles e inaugura  un nuevo estado de conciencia que altera la literatura.

 

EXTRA: Los Proverbios para Paranoides de Thomas Pynchon según fueron canalizados en Arcoiris de Gravedad:

1. Probablemente nunca podrás tocar al Maestro, pero puedes hacerle cosquillas a sus criaturas.

2. La inocencia de las criaturas es inversamente proporcional a la inmortalidad del Maestro.

3. Si pueden lograr que hagas las preguntas equivocadas, no tienen que preocuparse por las respuestas.

4. Tu te escondes, ellos buscan.

5. Loa paranoicos no son paranoicos porque están paranoicos, sino porque no dejan de meterse, malditos idiotas, deliberadamente en situaciones paranoicas.

Twitter del autor: @alepholo

Gravity's Rainbow es uno de nuestros Top 10 libros escritos bajo la influencia de las drogas

 

¿Es la avaricia el nuevo credo de la medicina?

Por: Pedro Luizao - 05/11/2013

Desmedidos honorarios, poca empatía, y tratamientos que mantienen pero no curan, sugieren que actualmente el ejercicio de la medicina es más un hábil modelo de negocio que un oficio comprometido.

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Acumular diagnósticos imprecisos y tratamientos poco eficientes, proceso durante el cual habremos desembolsado cantidades considerables de dinero, es una experiencia familiar para muchos de nosotros. Médicos poco empáticos cuyos métodos solo resultan infalibles al momento de cobrar, procedimientos burocráticos, personal engreído, son solo algunos de los nefastos ingredientes que complementan un escenario que miles de pacientes alrededor del mundo hemos tenido que padecer.

Ignoro en que momento la pasión y el compromiso que originalmente caracterizaron a este venerable oficio, cedieron la prioridad al estatus social y la acumulación de riqueza. Pero parece, al menos en mi experiencia y en la de otros con los que he conversado, que cada vez son más escasos los médicos que anteponen su compromiso con la salud del prójimo, por encima de la recompensa económica o social que su trabajo les puede representar.

Evidentemente no se trata de demeritar la labor de aquellos que avocan su vida a la medicina (la cual, quizá poéticamente, podríamos definir como el arte de sanar al otro). Y creo que cualquier doctor que cumpla dedicadamente su función debiese no tener que preocuparse por “amenazas mundanas” (llámese techo, alimento, vestido, y todo lo necesario para llevar una vida económicamente cómoda). Pero también, tal vez ingenuamente, creo que la medicina es un oficio íntimamente ligado al servicio, al compromiso genuino, y no una profesión que, como muchas otras, se auto-concibe como un conducto explícito hacia la remuneración.

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La gravedad de este fenómeno se intensifica si consideramos que la salud pública se ha convertido, durante la última década, en una de las mayores amenazas para las economías nacionales. Por ejemplo en Estados Unidos, , sentenció que los excesivos honorarios que los médicos cobran son el principal detonante de la crisis de salud pública que actualmente enfrenta este país.

Pero más allá de romanticismos, este problema de ética se desdobla en múltiples aspectos prácticos –y es que en cuanto la enfermedad se traduce en un multimillonario negocio, el entorno se convierte en suelo fértil para que florezcan lamentables agendas. Por un lado está probado que las grandes farmacéuticas destinan anualmente enormes sumas de dinero para cabildear, convencer, o incluso sobornar a médicos, para que promuevan y receten sus medicamentos.

También se ha denunciado que el actual sistema de salud favorece procedimientos y hábitos poco eficientes, que parecen explícitamente diseñados para engrosar los volúmenes de facturación, sin representar beneficio alguno para el cumplimiento de su deber: transformar la enfermedad en salud. En este sentido el Dr Donald M. Berwick, quien dirige los programas de salud, Medicare y Medicaid, del gobierno de Obama, advirtió a finales del año pasado que entre el 20 y el 30% del dinero que circula en el sistema de salud estadounidense se diluye en procesos que no benefician a los pacientes. En pocas palabras se destina al tratamiento excesivo e irrelevante en la recuperación de los enfermos –como si fuesen flujos que circulan solo para favorecer la práctica médica como un jugoso negocio para los involucrados (doctores, farmacéuticas, hospitales, etc).

En este mismo sentido tenemos innumerables diagnósticos erróneos, los cuales a pesar de que no representan rutas para recuperar la salud, en cambio si se traducen en tangibles ganancias para los médicos y para las farmacéuticas, ya que casi siempre implican adquirir y degustar medicamentos supuestamente diseñados para curar.

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Por si no fuese suficiente, y en sintonía con lo anterior, tenemos el escabroso mercado de las medicinas, que en muchos casos parecen destinadas a ‘mantener’ y no a resolver –recordemos que si todos gozáramos de salud, por cierto el estado original de nuestro organismo, entonces desaparecería un mercado que en 2008 reportó ventas por más de 500,000 millones de dólares (y esto solo es lo que sumaron las grandes compañías, aquellas que exceden los 3,000 mdd de facturación anual).    

“Muchas de las grandes farmacéuticas han cerrado sus investigaciones sobre antibióticos porque curan a la gente, y lo que estas empresas quieren es un fármaco que haya que tomar toda la vida. Puedo sonar cínico, pero las farmacéuticas no quieren que la gente se cure”, denunció hace un par de años Thomas Steitz, quien obtuvo el Premio Nobel de Química en 2009

Es fácil entender por que este proceso de comercialización de la salud, refiriéndonos en particular a la medicina alópata, ha coincidido con la popularización de técnicas de medicina 'alternativa' –por cierto, una etiqueta curiosa si consideramos que muchas de ellas, por ejemplo la acupuntura, se establecieron miles de años antes que la alopatía. Y si bien varias de estas técnicas se prestan a la charlatanería, a la propia comercialización, o son practicadas con buena intención pero poco conocimiento, lo cierto es que al menos, en promedio, promueven un enfoque más humano y menos mercantil en la relación entre doctor y paciente.   

Para cerrar este artículo quiero aclarara que, obviamente, no todos los médicos responden a la avaricia como motor profesional,  pero parece claro que el sistema de salud, como modelo rector, está sincronizado más con un hábil modelo de negocio, que con un oficio ético.      Finalmente me gustaría referirme al famoso, aunque cada vez menos ejercido, Juramento Hipocrático (en la versión traducida durante la Convención de Ginebra, en 1945). Algo así como un manifiesto ético que todo practicante de medicina debe aceptar al comenzar su carrera y honrar a lo largo de su vida profesional:

“En el momento de ser admitido entre los miembros de la profesión médica, me comprometo solemnemente a consagrar mi vida al servicio de la humanidad. Conservaré a mis maestros el respeto y el reconocimiento del que son acreedores. Desempeñaré mi arte con conciencia y dignidad. La salud y la vida del enfermo serán las primeras de mis preocupaciones. Respetaré el secreto de quien haya confiado en mí. Mantendré, en todas las medidas de mi medio, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Mis colegas serán mis hermanos. No permitiré que entre mi deber y mi enfermo vengan a interponerse consideraciones de religión, de nacionalidad, de raza, partido o clase. Tendré absoluto respeto por la vida humana. Aún bajo amenazas, no admitiré utilizar mis conocimientos médicos contra las leyes de la humanidad. Hago estas promesas solemnemente, libremente, por mi honor.”