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Somos un cuerpo pero también somos estrellas, moriremos para convertirnos en galaxias: esculturas de Mihoko Ogaki

Arte

Por: pijamasurf - 03/23/2013

Que todos y todo, en cierta medida, somos polvo de estrellas, es una conclusión que se obtiene cuando se piensa que en cierto momento el universo entero se encontraba concentrado en un punto del espacio tiempo: soles, galaxias, planetas, pero también árboles, mariposas, ríos, microorganismos, todo lo que vemos pero también lo que todavía no conocemos.

Partiendo este principio, la escultora Mihoko Ogaki realizó estas piezas en que cuerpos moribundos se transforman, por un sortilegio del arte y la técnica, en constelaciones que se disuelven en la oscuridad de una sala de museo, una permutación entre muerte y vida que parece también arquetípica, la sublimación de eso que creemos el fin de todas las cosas pero que, al menos físicamente, no es sino la transformación en algo más.

Así con estos cuerpos: exánimes, fatigados de la vida y sus afanes, a un paso del rigor mortis, quedan convertidos en las que posiblemente sean las maravillas más admirables del universo, esas galaxias mesmerizantes que si bien nos recuerdan la trivialidad de nuestra existencia, al mismo tiempo nos recuerdan que, en cierta forma, ellas y nosotros somos uno y lo mismo, que algo hay de estelar en nuestra constitución y también, por qué no, de humano en la suya.

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En ocasiones la tristeza nos parece bella en sí misma, sus imágenes nos cautivan, ¿pero por qué razón?

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Hay una frase de Anaïs Nin que circula con cierta profusión en la que la escritora asegura que no vemos las cosas como son, sino como somos, esto es, la manera en que aprehendemos la realidad, como la entendemos y la hacemos nuestra, así sea por instantes, es en buena medida una proyección de lo que sabemos y conocemos, también de lo que ignoramos, nuestras aversiones y nuestros deseos. Así, en un asunto en que se cruzan la filosofía y la psicología, la epistemología y la neurociencia, queda de manifiesto nuestra imposibilidad para conocer la realidad en sí y, en cambio, solo tener acceso a la realidad que nos dan nuestros sentidos e interpreta nuestra percepción.

En este contexto, la categoría de lo bello, la experiencia estética, cobra, junto a otras, un relativismo que es en cierto sentido estimulante en la medida en que nos obliga a preguntarnos por qué consideramos bello algo, si, más allá de criterios supuestamente "objetivos" o al menos socialmente tenidos como tal, algo es bello únicamente por la manera en que lo miramos y lo entendemos y, en última instancia, parafraseando a Nin,  por cómo somos en ese momento en que lo miramos y lo entendemos.

Hago este preámbulo para preguntarme por el valor estético de la tristeza, por qué las imágenes que la retratan nos parecen especialmente bellas, o si esta cualidad es solo expresión de espíritus que sienten particular condescendencia por los gestos de esta emoción.

En el caso de la tristeza también es posible que se trate de cierta fascinación por el sufrimiento del aspecto exterior como reflejo del sufrimiento interior, o al menos de cierta actividad emocional e intelectual que se adivina mucho más intenso, más vívido que el de la mayoría, premisa que en buena medida se remonta al influyente Problema XXX de Aristóteles (cuya autoría, por cierto, se discute), en el cual el filósofo habla sobre la melancolía y se pregunta por qué este humor se le encuentra con mucha frecuencia entre personajes destacados como poetas y líderes políticos. 

Sin importar si esto es o no cierto, el texto marcó ciertas pautas para apreciar la tristeza, para, culturalmente, otorgarle significados y valores que probablemente no estén ahí.

Aquí algunas imágenes de la tristeza, de las cuales es difícil saber si son bellas en sí, si, después de todo, este ser bello en sí es posible para el caso específico de la tristeza.

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Melencolia I, Albrecht Dürer

"Muchas veces tomé la pluma para escribirla, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una vez suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría [...]" / Del Prólogo al Quijote de 1605.

 

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Introspection, Martin Stranka

Twitter del autor: @saturnesco