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Es necesario cambiar la forma en la que pensamos sobre el sexo, reflexiona el filósofo Alain de Botton. Aceptar sin culpas aquello de raro que tiene nuestra sexualidad es un paso importante a gozar de su casi infinita riqueza, más que padecerla.

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No es extraña la confusión: sexo, erotismo y amor son aspectos del mismo fenómeno, manifestaciones de lo que llamamos vida. El más antiguo de los tres, el más amplio y básico, es el sexo. Es la fuente primordial. El erotismo y el amor son formas derivadas del instinto sexual: cristalizaciones, sublimaciones, perversiones y condensaciones que transforman a la sexualidad y la vuelven, muchas veces, incognoscible. Como en el caso de los círculos concéntricos, el sexo es el centro y el pivote de esta geometría pasional

Octavio Paz

Seamos conscientes de ello o no el sexo yace en el centro de nuestra existencia, "pivote" de nuestros placeres y de nuestras penas más profundas. Derivado en amor y erotismo permite sublimar la existencia, escapar, aunque sea sólo por instantes, de la angustia existencial, de la guadaña del tiempo y de la muerte. Al mismo tiempo, en su reverso, en el deseo y en la ausencia, es el gran suscitador de fantasmas, traumas y enfermedades. Como el mismo Octavio Paz invoca en La Llama Doble, en el acto sexual humano siempre participan al menos tres entidades: el dúo de la pareja más la fantasía, ese tercero fantasmagórico. Y ese tercero puede ser una multiplicidad, en cierta forma todas nuestras parejas y todos nuestros deseos (lo que en el budismo tibetano se conoce como "tulpas", engendros mentales unidos a nosotros por hebras psíquicas  y/o energéticas).

El sexo que es la manifestación más contundente de la vida, lo más natural, por así decirlo, es también lo más misterioso, pasado por el velo cultural, lo más secreto y posiblemente confuso. Es tan importante, puesto que ahí nos jugamos literalmente la vida (la reproducción, pero también, en el amor, la autorrealización),  que en ocasiones  proyecta una sombra sobre la existencia. El sexo es la dinámica de la energía y de la evolución en su aspecto no sólo creativo, también predatorial, de imposición de lo más apto. Y en esa lucha de fuerzas, que no necesariamente corre con el beneficio de haber encontrado la ternura sublime del amor, puede tener un aspecto de crueldad, de marginación y de desatino.

El filósofo contemporáneo Alain de Botton escribe en su nuevo libro How to Think More About Sex:

Pese a nuestros mejores esfuerzos por limpiarlo de sus peculiaridades, el sexo nunca será simple o bueno en las formas que quizás quisiéramos que lo sea. No es fundamentalmente democrático o generoso; está entreverado de crueldad, transgresión y el deseo de humillación y subyugo. Se niega a quedarse quieto sobre el amor, como debería. Aunque intentemos domarlo, el sexo tiene la tendencia recurrente a desatar el caos en nuestras vidas: nos lleva a destruir nuestras relaciones, amenaza nuestra productividad y nos motiva a desvelarnos en clubes nocturnos hablando con personas que no nos gustan pero de quienes sin embargo deseamos ardientemente tocar sus partes medias. El sexo permanece en un absurdo y quizás irreconciliable conflicto con algunos de nuestros compromisos y valores más altos. No es tan sorpresivo que no tengamos opción más que reprimir sus demandas la mayor parte del tiempo. Debemos de aceptar el sexo como inherentemente raro en vez de culparnos de no responder de manera más normal a sus impulsos conflictivos.

Esto no es por decir que no debemos tomar pasos para volvernos más sabios sobre el sexo. Simplemente deberíamos de darnos cuentas de que nunca podremos superar completamente todas las dificultades que nos arrojará. Nuestra mejor esperanza debe de ser un estado de cómodo respeto con un poder anárquico y temerario.

En la actualidad, de la mano de la explosión de las tecnologías de la información, estamos inundados de información, como nunca antes en la historia, sobre el sexo. Estamos a un par de clics de ingresar a un foro de sadomasoquismo, de encontrar información sobre cómo elevar nuestro kundalini a través de la cópula o de un artículo científico sobre lo que le sucede a nuestro cerebro cuando tenemos un orgasmo, por decir cosas ya bastante mainstream. Pero esta aparente apertura no necesariamente se traduce en conocimiento --la información puede transformarse en conciencia, pero necesita de un proceso de asimilación que nuestra cultura en muchos casos no provee. Uno de los asuntos más apremiantes en torno a una sexualidad relativamente sana, es lo que Alain de Botton menciona: la aceptación de que el sexo, experimentado a través de nuestra diversa individualidad, no es normal, ni debiera serlo --¿por qué copular como copulan los demás y no como nosotros lo haríamos surgiendo en la espontaneidad del instante? La presión cultural de conformarnos a una imagen corporal y a una conducta sexual establecida con su constante bombardeo mediático es una fuente de malestar que suele bloquear, como un caso de congestión psicosocial, nuestra capacidad de explorar nuestra sexualidad libremente y encontrar la paz que trae la aceptación de la peculiaridad inherente. No es que pensemos demasiado sobre el sexo, es que lo hacemos de manera equivocada, sugiere de Botton.

En este mismo sentido aunque con un enfoque orientado a "hacer el sexo normal" o de naturalizar su rareza, Debbie Herbenick, investigadora de la Universidad de Indiana, lanzó el sitio Make Sex Normal, un sitio que busca comprender el aspecto que superficialmente es considerado como perversión propio de la la expresión sexual. La idea es integrar aspectos del sexo, desde "marionetas vaginales" o todo tipo expresiones iconográficas genitales a una narrativa "normal", sin tabúes, dentro de la expresión inevitable de nuestro instinto, deseo y placer. Y también tocar los temas verdaderamente relevantes de nuestra salud sexual.

El tipo de sexo que es abiertamente discutido es generalmente sensacionalista (titulares de violación o escándalo sexual), político o solamente sexo "sexy", como en videos musicales, ediciones de traje de baño o porno. Hay poco espacio para los aspectos regulares y cotidianos del sexo, el cuerpo o la reproducción y creo que las personas deben de escuchar y hablar más sobre esto. Por ejemplo, cosas como la educación sexual, la circuncisión, la salud vaginal, hablar entre parejas sobre el placer, el deseo, el orgasmo, el fastidio sexual, la monogamia, etcétera. 

Un factor importante dentro de esta "transparencia sexual" tiene que ver con la dimensión psicológica del sexo. De nuevo orientada a lograr una aceptación de la individualidad divergente, como de permitir que el sexo nos otorgue un sentido de aceptación social. Más allá del placer físico y de la unión de los cuerpos, el sexo también función como un integrador emocional. De nuevo Alain de Botton

El placer que derivamos del sexo está unido a reconocer, y brindar un distintivo sello de aprobación, a aquellos ingredientes de una vida deseable cuya presencia hemos detectado en otra persona. Entre más profundamente que analizamos lo que consideramos es "sexy" lo más claramente que entendemos que el erotismo es un sentimiento de excitación que experimentamos cuando encontramos a un ser humano que comparte los mismos valores y sentido del significado de la existencia.

Esta es especie de alianza vital del sexo nos remite a una lectura distinta de aquel tercero, la fantasía, en el texto de Octavio Paz. El sexo genera una estela vinculativa que va más allá de la unión de los cuerpos. Aunque no reproduzca un tercer físico en la mayoría de las ocasiones, sí reproduce un tercer ser etéreo que nace de una unión  --de creencias, de valores, de significados, y quizás de una energía compartida. Un tercer ser que es la relación en sí misma. Un tercero que alimenta a la pareja en equiilbrio o desequilibrio, o que devora. Un tercer ser que es también la creatividad que genera, la potencia de imaginar mundos en conjunto.

Por último Alain de Botton nos recuerda uno de los beneficios impensados, o que sólo se dilucidan al pensar de otra forma, del sexo. La intimidad se revela como el aprendizaje de la desnudez física y emocional. Y la motivación a crecer, florecer e irrumpir en el orden establecido.

Sin el sexo, seríamos peligrosamente invulnerables. Podríamos creer que no somos ridículos. No conoceríamos el rechazo y la humillación tan íntimamente. Envejeceríamos de manera respetable, habituados a nuestros privilegios pensando que entendíamos lo que nos sucede. Desapareceríamos en números y palabras solamente. Es el sexo el que crea una perturbación necesaria en las jerarquías del orden, poder, dinero e inteligencia.

La vulnerabilidad se convierte en un poder.  En una forma de conocer aquellas partes de nosotros que quisiéramos ocultar, pero que en su asimilación nos permiten una expresión más plena. Así las cosas, sigamos hablando sexo, con toda su fascinante rareza, la atracción fundamental del otro, que genera la fricción --y la ficción-- necesaria para crear nuevos mundos.

Twitter: @alepholo

Las reglas favorecen la supervivencia de un grupo social pero también aletargan, entre sus individuos, el acto de pensar.

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Para muchos de nosotros el acto de 'seguir' reglas a lo largo de la vida ha sido algo poco viable. Más allá de promover la "anarquía", no siempre es fácil respetar limitaciones que, en muchos casos, parecen haber sido inauguradas arbitrariamente y firmadas por misteriosos desconocidos. Sin embargo, y a pesar de lo anterior, lo cierto es que la existencia de una cierta reglamentación –quizá traducida como una serie de acuerdos–, parece algo necesario para el funcionamiento colectivo.

Por momentos esa abstracción que llamamos ‘las reglas’ emerge como un incómodo capricho de una autoridad distante, pero simultáneamente sería difícil imaginar un escenario social carente de ellas –incluso si apuntamos al utópico ejercicio de una sociedad regida por principios y no por reglas–. En este sentido Albert Camus advertía que “la integridad no requiere de normas”, mientras que Einstein aseguraba que para trascender es fundamental “aprender y seguir las reglas del juego”.

Recién leía un artículo de Piero Scaruffi, publicado en el Institute for Ethics and Emergent Technologies, donde se reflexiona alrededor de la ambivalente naturaleza de las reglas. El científico italiano enfatiza en la relación de una normatividad con la supervivencia: las reglas favorecen la conservación de la vida. Por otro lado, advierte que su existencia puede mermar la capacidad de pensar en los individuos que se someten a ellas.

En cuanto a lo primero, debemos aludir a la histórica lucha del ser humano por controlar el caos natural, el cual básicamente se refiere a sucesos inesperados que generan consecuencias imprevistas. Al reglamentar su entorno, los seres humanos nutrimos nuestra capacidad de predecir y por lo tanto de eliminar eventuales amenazas. Curiosamente una buena porción de ese caos al que nos enfrentamos surge de la propia interacción entre personas –y por lo tanto tendemos a acotarla mediante normas. Y en pocas palabras, a través de las reglas, buscamos, además de la supervivencia, estabilidad, seguridad y eficiencia (tres de los grandes pilares culturales).

Ahora procedamos al otro lado de la moneda, es decir las anti-mieles de vivir sujetos a un entorno reglamentado. Las normas limitan, o mejor dicho aletargan, diversas cualidades del ser humano. Entre más reglas existan menos tendremos que usar nuestro cerebro para reflexionar, hallar espontáneamente soluciones, o cuestionar realidades heredadas –de hecho en sociedades radicalmente reglamentadas el pensar se torna, incluso, en una amenaza contra la estabilidad reinante. Además, se corre el riesgo de caer en patrones conductuales automatizados, lo cual diluye la posibilidad de honrar nuestra propia existencia.

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Scaruffi nos recuerda que a fin de cuentas las reglas son imaginadas a través del pensamiento, pero paradójicamente una vez que son activadas, reemplazan fragmentos del acto de pensar (por ejemplo, emplear el sentido común, o sopesar situaciones de acuerdo a nuestro código de principios o ética personal). Y en este sentido el reglamentar constituye una especie de acto suicida adoptado por el propio pensamiento humano.

Más allá de entrar en un abstracto recorrido en torno a las bondades y los perjuicios de las reglas, parece que lo más apropiado es, de entrada, reconocer esta naturaleza dual de las reglas. Por otro lado, es importante remarcar que, si bien llegar a acuerdos resulta prácticamente imprescindible para el funcionamiento de un grupo social, también es vital cuestionarlas, desde un afán evolutivo, no solo para evitar absolutizar las virtuales verdades que soportan dichas reglas, también para afinarlas.

Muchas reglas ostentan un sentido práctico hasta el momento en que alguien logra acuñar una regla ‘mejor’. Pero si nadie hubiese cuestionado esta limitante en un principio, entonces la posibilidad de pulirla jamás habría existido. Y supongo que de acuerdo a las reflexiones anteriores, podríamos concluir que es importante adaptarnos a las reglas, con ganas de respetar acuerdos colectivos presuntamente establecidos para procurar el bienestar colectivo, pero a la vez mantener siempre una postura crítica ante ellas, conscientes de que no todas están en sintonía con ese fin, y que en todo caso sin duda serán perfectibles: los tontos obedecen las reglas, mientras que los sabios las utilizan como una útil referencia. 

Twitter del autor: @paradoxeparadis / Javier Barros del Villar