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Olas del mar transmutadas en impresionismo onírico, una serie de David Orias (FOTOS)

Arte

Por: pijamasurf - 03/29/2013

[...] sólo que no eran ondas concéntricas, sino excéntricas, que se extendían cada vez más lejos, hasta tocar otros astros.

Octavio Paz,  "Mi vida con la ola"

El mar es, justificadamente, uno de los elementos, escenarios, entidades naturales que mayor poesía tienen en sí mismos, uno de esos ejemplos acabados y absolutos en que la belleza se presenta en toda su plenitud, radiante, gratuita, liberada de significados ulteriores y, pese a todo, extrañamente familiar y acogedora. En toda su vastedad, el mar también es un espacio en el que, desde cierta perspectiva, encontramos comprensión, un espejo inmenso donde tiene cabida todo lo que somos.

Y si bien no faltan expresiones estéticas en torno al mar, otra de sus grandes cualidades es que su capacidad para asombrarnos parece no agotarse nunca, su belleza parece nacer cada vez que alguien lo mira.

Este es un poco el caso del fotógrafo David Orias, quien ha realizado estos retratos de olas desde las costas de California, destacando por su técnica en que combina la velocidad de exposición, la precisión de la cámara, la luz natural y las condiciones climáticas, para conseguir estas impresionantes imágenes que algo tienen de óleo impresionista pero también de fantasía onírica, como si fueran resultado de la habilidad de un pintor o de la imaginación liberada en una noche de cansancio extremo.

Todo lo cual vuelve todavía más admirable que, al final, no se trate más que del mar en sí.

[This is Colossal]

Artista incendia su propia obra (y su propia nostalgia): la casa de muñecas más grande del mundo (FOTOS)

Arte

Por: pijamasurf - 03/29/2013

Las casas de muñecas son, en buena medida, monumentos mínimos a la imaginación pero también a la nostalgia. El aura que las rodea mucho tiene de melancolía en ese sentido que Susan Sontag encontró en el pensamiento de Walter Benjamin:

Miniaturizar significa hacer inútil. Pues lo que queda grotescamente reducido es, en cierto sentido, liberado de su significado: la parvedad es lo notable en él. Es al mismo tiempo un todo (es decir, completo) y un fragmento (tan diminuto, la escala errada). Se vuelve objeto de contemplación desinteresada o de ensueño. El amor a lo pequeño es una emoción de niño, colonizada por el surrealismo.

Hace poco más de un año, la artista de origen canadiense Heather Benning llevó este símbolo de la infancia a dimensiones mayores. Como si pusiera una lente de aumento sobre ese territorio ilusoriamente paradisíaco que son los años de juego e inocencia, encontró una casa abandonada y en ruinas y la rehabilitó para que tuviera todo el aspecto de una de muñecas. La luz, los enseres, los colores. Todo, al final, dio una impresión acabada de una estas artesanías habitadas por la fantasía pueril.

Ahora, sin embargo, se dio a conocer que la autora de este trabajo admirable redujo todo a llamas. Inició un incendio que acabó con su obra convirtiéndola en nada más que escombros y cenizas. Una vuelta de tuerca al mecanismo de la nostalgia: forzándolo hacia la insignificancia. Un ejercicio deconstructivo. Real en ese sentido que daba Lacan a las cosas ante las cuales el lenguaje parece no tener otro papel más que observar, atestiguar, balbucear para registrar lo sucedido.

“La Casa de Muñecas era una reflexión sobre el tiempo y las épocas pasadas. Ahora con la abolición completa del proyecto la obra ha completado su círculo”, declaró al respecto Benning —en cierto modo, irrefutablemente.

Más información e imágenes sobre el proceso de (re)construcción de la casa en la localidad canadiense de Redvers, en este enlace.

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