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Kim Kardashian mantiene su "belleza" inyectándose sangre en el rostro

Por: pijamasurf - 03/22/2013

Mantenerse en el star system cuesta miles de dólares y, en algunos casos, recuerda a las leyendas de antiguas reinas de belleza.

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Dermatólogos y cirujanos plásticos de celebridades podrían dar la razón a Erzebeth Báthory (la "Condesa Sangrienta", quien solía tomar baños de sangre tomada de jóvenes campesinas), sobre los beneficios de la sangre humana para el cuidado de la piel. Kim Kardashian publicó en su cuenta de Instagram una fotografía donde se le ve ensagrentada y feliz luego de recibir un "facial vampiro", un procedimiento aparentemente seguro para la gente que no se conforma con el Botox.

Un facial vampiro es un procedimiento cosmético donde se extraen algunas unidades de sangre del brazo, luego se someten a centrifugado para separar el plasma y las plaquetas de las células rojas, para después utilizar el plasma en el rostro a través de pequeñas microagujas. La idea es que la sangre inyectada en el rostro estimula el crecimiento del colágeno en la piel, la proteína que le aporta firmeza.

Las autoridades sanitarias de EU (FDA) no han aprobado la inyección de plasma con fines estéticos, sino únicamente como ayudante en el tratamiento de cicatrices y otras heridas dermatológicas. Sin embargo, los médicos están autorizados legalmente a utilizar dispositivos y medicamentos aprobados por el FDA de maneras no aprobadas por ellos.

Los efectos secundarios pueden incluir pequeños moretones y el riesgo potencial de infecciones, aunque ningún caso ha sido denunciado (lo que es de entenderse, ¿qué celebridad saldría con el rostro infectado en la portada de un tabloide voluntariamente?), pues al tratarse de tu propia sangre parece que el riesgo de rechazo o alergia no se presenta. El tratamiento puede hacerse cada 6 u 8 meses, aunque los médicos no garantizan ninguna mejoría. A pesar de ello, hay personas dispuestas a gastar unos $1,500 dólares por sesión.

El ideal de la juventud perpetua y la promoción necesaria para permanecer dentro del star system hace que los modelos de aspiracionismo social, como Kim Kardashian, permanezcan en el ojo público a fuerza de utilizar esta clase de métodos, pues más allá de la eficacia que pudiera tener para su salud, la fotografía de su rostro ensangrentado es suficiente para darle publicidad. El verdadero vampirismo se encuentra en consumir la atención (y el dinero) de miles de personas en pos de un efímero estándar de belleza por parte de personas que son famosas por el puro hecho de ser famosas, sin ningún mérito más que el de someterse a estas prácticas.

[Pop Sci]

Las reglas favorecen la supervivencia de un grupo social pero también aletargan, entre sus individuos, el acto de pensar.

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Para muchos de nosotros el acto de 'seguir' reglas a lo largo de la vida ha sido algo poco viable. Más allá de promover la "anarquía", no siempre es fácil respetar limitaciones que, en muchos casos, parecen haber sido inauguradas arbitrariamente y firmadas por misteriosos desconocidos. Sin embargo, y a pesar de lo anterior, lo cierto es que la existencia de una cierta reglamentación –quizá traducida como una serie de acuerdos–, parece algo necesario para el funcionamiento colectivo.

Por momentos esa abstracción que llamamos ‘las reglas’ emerge como un incómodo capricho de una autoridad distante, pero simultáneamente sería difícil imaginar un escenario social carente de ellas –incluso si apuntamos al utópico ejercicio de una sociedad regida por principios y no por reglas–. En este sentido Albert Camus advertía que “la integridad no requiere de normas”, mientras que Einstein aseguraba que para trascender es fundamental “aprender y seguir las reglas del juego”.

Recién leía un artículo de Piero Scaruffi, publicado en el Institute for Ethics and Emergent Technologies, donde se reflexiona alrededor de la ambivalente naturaleza de las reglas. El científico italiano enfatiza en la relación de una normatividad con la supervivencia: las reglas favorecen la conservación de la vida. Por otro lado, advierte que su existencia puede mermar la capacidad de pensar en los individuos que se someten a ellas.

En cuanto a lo primero, debemos aludir a la histórica lucha del ser humano por controlar el caos natural, el cual básicamente se refiere a sucesos inesperados que generan consecuencias imprevistas. Al reglamentar su entorno, los seres humanos nutrimos nuestra capacidad de predecir y por lo tanto de eliminar eventuales amenazas. Curiosamente una buena porción de ese caos al que nos enfrentamos surge de la propia interacción entre personas –y por lo tanto tendemos a acotarla mediante normas. Y en pocas palabras, a través de las reglas, buscamos, además de la supervivencia, estabilidad, seguridad y eficiencia (tres de los grandes pilares culturales).

Ahora procedamos al otro lado de la moneda, es decir las anti-mieles de vivir sujetos a un entorno reglamentado. Las normas limitan, o mejor dicho aletargan, diversas cualidades del ser humano. Entre más reglas existan menos tendremos que usar nuestro cerebro para reflexionar, hallar espontáneamente soluciones, o cuestionar realidades heredadas –de hecho en sociedades radicalmente reglamentadas el pensar se torna, incluso, en una amenaza contra la estabilidad reinante. Además, se corre el riesgo de caer en patrones conductuales automatizados, lo cual diluye la posibilidad de honrar nuestra propia existencia.

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Scaruffi nos recuerda que a fin de cuentas las reglas son imaginadas a través del pensamiento, pero paradójicamente una vez que son activadas, reemplazan fragmentos del acto de pensar (por ejemplo, emplear el sentido común, o sopesar situaciones de acuerdo a nuestro código de principios o ética personal). Y en este sentido el reglamentar constituye una especie de acto suicida adoptado por el propio pensamiento humano.

Más allá de entrar en un abstracto recorrido en torno a las bondades y los perjuicios de las reglas, parece que lo más apropiado es, de entrada, reconocer esta naturaleza dual de las reglas. Por otro lado, es importante remarcar que, si bien llegar a acuerdos resulta prácticamente imprescindible para el funcionamiento de un grupo social, también es vital cuestionarlas, desde un afán evolutivo, no solo para evitar absolutizar las virtuales verdades que soportan dichas reglas, también para afinarlas.

Muchas reglas ostentan un sentido práctico hasta el momento en que alguien logra acuñar una regla ‘mejor’. Pero si nadie hubiese cuestionado esta limitante en un principio, entonces la posibilidad de pulirla jamás habría existido. Y supongo que de acuerdo a las reflexiones anteriores, podríamos concluir que es importante adaptarnos a las reglas, con ganas de respetar acuerdos colectivos presuntamente establecidos para procurar el bienestar colectivo, pero a la vez mantener siempre una postura crítica ante ellas, conscientes de que no todas están en sintonía con ese fin, y que en todo caso sin duda serán perfectibles: los tontos obedecen las reglas, mientras que los sabios las utilizan como una útil referencia. 

Twitter del autor: @paradoxeparadis / Javier Barros del Villar