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¿Qué es primero, el libro o el lector? ¿Existe la predestinación literaria?

¿Los lectores de determinados libros o autores existen incluso antes de encontrarse con estos? ¿Hay factores de personalidad, de comportamiento, de contexto social, que nos encaminan inevitablemente a ciertas lecturas?

Por: Juan Pablo Carrillo Hernández - 16/01/2013 a las 23:01:27

«¿Fui yo algo o en alguna parte?»

San Agustín, Confesiones (I, vi, 9)

La biografía literaria y, en general, lectora de una persona proporciona un buen acercamiento a lo que esta es, a su manera de pensar y a eso que alguna vez se entendió como “visión de mundo”: la singular y al mismo tiempo diversa manera que adoptamos para ser y estar en este mundo.

Es cierto que, un poco a la manera de Borges, que como método creativo perseguía esos momentos y circunstancias únicas en que se cifra, a veces inesperadamente, la esencia de una vida, casi cualquier hábito puede hablar por nosotros de quiénes somos. Pensemos también en Sherlock Holmes y ese procedimiento suyo de descifrar, por ejemplo, en las manchas sobre un sombrero, en el desgaste de un bastón, la profesión o el lugar de residencia de alguien a quien, por otro lado, desconoce totalmente.

Sin embargo, en el caso de los libros, ese fragmento de nuestro ser que se revela es, me parece, mucho más significativo. El camino azaroso que marcan nuestras lecturas nos lleva —a nosotros que lo recordamos con la memoria, a otros que lo rastrean por cuenta propia— a regiones especiales de nuestra existencia misma, a situaciones emotivas y memorables, ligados como están los libros, casi siempre, a circunstancias que los trascienden pero que al mismo tiempo no serían posibles sin ellos. El libro ha sido, históricamente, obsequio y talismán, carta y mensaje codificado, herramienta útil y motivo de regocijo y placer que se agota en sí mismo, pretexto para reunirse y conversar y también para aislarse y no convivir más que con la ficción misma, de ahí que, cuando se mira un libro, cuando se le considera desde esa perspectiva casi cartográfica, sea posible también decir en qué punto de nuestra vida nos encontrábamos al leerlo, cómo se ató a los significantes vitales que nos sostenían en ese momento.

Y si bien esto puede parecer relativamente obvio para muchos, mi pregunta es si ese azar al que aludí antes es efectivo, si los libros que de veras importan llegan a nosotros casualmente o si de algún modo estábamos predestinados a encontrarnos con ellos, si, en este sentido, existen factores psicológicos, de personalidad, sociales incluso, que nos encaminan inevitablemente a determinados títulos y autores, esos irrenunciables que una vez descubiertos ya nunca abandonamos —y, felizmente, tampoco nos abandonan.

Si este es el caso, entonces el lector de Proust existe antes de leer a Proust: hay en él algo, o mucho, que hacía mera cuestión de tiempo la lectura de, digamos, En busca del tiempo perdido. Puede ser un asunto de crianza y de intereses personales, una suma de miradas y gestos que hicieron de él un introvertido para quien el mucho tiempo empleado en la lectura solitaria y silenciosa no es, nunca, lamentable, un aristócrata equivocado de época que solo de esta manera satisface su necesidad de esnobismo, un obsesivo de la erudición que lo mismo llegaría al Quijote que a Guerra y paz que a Crimen y castigo, sin dar más o menos importancia a ninguno. Si la hipótesis es cierta, el lector de Proust existe antes de leer a Proust: al menos en el ámbito lector, su biografía pasa eventual y necesariamente por esa estación.

Pero este argumento incluso puede exagerarse y decir, aunque suene absurdo, que el lector de Proust existe incluso sin que nunca lea a Proust, porque los grandes escritores pueden mirarse como arquetipos de la naturaleza humana, exploradores de la vida interior —porque todo, absolutamente todo, en algún punto no es más que vida interior— que llevaron al límite esencias determinadas de lo que significa ser humano, espejos donde, en cierto momento, cualquiera puede encontrarse, así sea parcialmente.

La predestinación, en este caso, no sería más que el encuentro de una suerte de hermano espiritual o intelectual, psicológico, que nos comprende al tiempo que nos permite comprendernos mejor a nosotros mismos.

Algo tiene de Proust el lector de Proust para que pueda existir incluso si pasa toda su vida sin leer a Proust.

Imagen: Fotografía de la instalación aMAZEme, de Marcos Saboya y Gualter Pupo (Londres, julio de 2012; REUTERS/Olivia Harris)

Twitter del autor: @saturnesco


Comentarios

  1. Pedro dice:

    Muy interesante apreciación me encantó el texto. Solo que desde mi cosmo visión del mundo, yo no diría “predestinación” sino más bien determinación -entendida no como algo que tiene que pasar por destino, sino algo causal, que pasa por una conjugación de ciertas acontecimientos-. Es decir, dependiendo del entorno social, que se frecuente, los lugares que se visiten, etc., esa sería la forma en que efectivamente una persona es susceptible a leer ciertas obras, aún cuando no llegue a leerlas.

  2. Antonieta Rivas dice:

    Interesante, me quedé pensando también en algo parecido a lo que comenta Lientsu. De alguna manera esto podría aplicarse a todas las personas con las que nos topamos en el tiempo de nuestra vida. Algunas de ellas funcionarán como arquetipos y representan nuestros cuestionamientos internos. Espejos caminantes con los que nos identificamos. Sobre la predestinación…no terminan de embonar bien las ideas en mi caso. Lo veo más bien como una serie de situaciones, contextos, desarrollo propio que nos inclinan hacia ciertas búsquedas. De algún tipo de relación causa-efecto. Aunque alguna veces pienso que hay algo de magia oculta, que el universo de alguna manera nos hace un guiño y nos responde con ciertos libros, personas, coincidencias las dudas que en silencio y en secreto resuenan en nuestra pensamiento.

  3. itaka dice:

    Con el tiempo se encuentran muchos libros pero pocos evoquen a la memoria y emoción del lector y nada se da por casualidad en la búsqueda por leer.

  4. onairos dice:

    Es buena la pregunta y buena la nota.
    Creo que si, el libro llega al lector por sincronicidad y que algo del autor hay también en el lector.
    Si bien conozco Bukowskis que nunca han leido Bukowski, creo en esa relación. Cuando un libro no sirve para tu vida en la décima página lo dejas. Cuando sirve, puede que sea en el tiempo correcto o 10 años antes de que sea el tiempo correcto, pero en algún momento sabrás que llegó a tu vida porque era importante para decirte algo que, de algún modo, tu mismo habías escrito, aunque en la tapa diga Kafka.

  5. Charles Lebowsky dice:

    Alguna vez tambien me habia hecho la misma pregunta,considerando si quizas existia alguna conexión desconocida entre el lector y el autor que lee, que podria considerarse como un fenómeno de sincronicidad, como si desde una dimension que conecta todo lo existente haya una predestinación o inclinación natural hacia determinados autores.

  6. Mariana Luna dice:

    En mi caso la manera en que llegué a conocer todos los libros que he leído (incluyendo el de Proust)fue por medio de una simple búsqueda. Siempre empiezo buscando la biografía del escritor y luego busco los títulos más llamativos de sus obras, si algún título me atrapa y siento que puede tratar sobre algo interesante lo agrego a mi lista de libros por leer.

    También busco los libros por ciertos detalles, por ejemplo, libros con finales tristes, con personajes que se suicidan… porque esos son los temas que me gustan y no creo en la predestinación. ;)

  7. lientsu dice:

    Muy buena nota; quizás esto mismo puede extrapolarse a otras situaciones en la vida de las personas.

    • Antonieta Rivas dice:

      Interesante, me quedé pensando también en algo parecido a lo que comenta Lientsu. De alguna manera esto podría aplicarse a todas las personas con las que nos topamos en el tiempo de nuestra vida. Algunas de ellas funcionarán como arquetipos y representan nuestros cuestionamientos internos. Espejos caminantes con los que nos identificamos. Sobre la predestinación…no terminan de embonar bien las ideas en mi caso. Lo veo más bien como una serie de situaciones, contextos, desarrollo propio que nos inclinan hacia ciertas búsquedas. De algún tipo de relación causa-efecto. Aunque alguna veces pienso que hay algo de magia oculta, que el universo de alguna manera nos hace un guiño y nos responde con ciertos libros, personas, coincidencias las dudas que en silencio y en secreto resuenan en nuestra pensamiento.



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