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¿Los lectores de determinados libros o autores existen incluso antes de encontrarse con estos? ¿Hay factores de personalidad, de comportamiento, de contexto social, que nos encaminan inevitablemente a ciertas lecturas?

«¿Fui yo algo o en alguna parte?»

San Agustín, Confesiones (I, vi, 9)

La biografía literaria y, en general, lectora de una persona proporciona un buen acercamiento a lo que esta es, a su manera de pensar y a eso que alguna vez se entendió como “visión de mundo”: la singular y al mismo tiempo diversa manera que adoptamos para ser y estar en este mundo.

Es cierto que, un poco a la manera de Borges, que como método creativo perseguía esos momentos y circunstancias únicas en que se cifra, a veces inesperadamente, la esencia de una vida, casi cualquier hábito puede hablar por nosotros de quiénes somos. Pensemos también en Sherlock Holmes y ese procedimiento suyo de descifrar, por ejemplo, en las manchas sobre un sombrero, en el desgaste de un bastón, la profesión o el lugar de residencia de alguien a quien, por otro lado, desconoce totalmente.

Sin embargo, en el caso de los libros, ese fragmento de nuestro ser que se revela es, me parece, mucho más significativo. El camino azaroso que marcan nuestras lecturas nos lleva —a nosotros que lo recordamos con la memoria, a otros que lo rastrean por cuenta propia— a regiones especiales de nuestra existencia misma, a situaciones emotivas y memorables, ligados como están los libros, casi siempre, a circunstancias que los trascienden pero que al mismo tiempo no serían posibles sin ellos. El libro ha sido, históricamente, obsequio y talismán, carta y mensaje codificado, herramienta útil y motivo de regocijo y placer que se agota en sí mismo, pretexto para reunirse y conversar y también para aislarse y no convivir más que con la ficción misma, de ahí que, cuando se mira un libro, cuando se le considera desde esa perspectiva casi cartográfica, sea posible también decir en qué punto de nuestra vida nos encontrábamos al leerlo, cómo se ató a los significantes vitales que nos sostenían en ese momento.

Y si bien esto puede parecer relativamente obvio para muchos, mi pregunta es si ese azar al que aludí antes es efectivo, si los libros que de veras importan llegan a nosotros casualmente o si de algún modo estábamos predestinados a encontrarnos con ellos, si, en este sentido, existen factores psicológicos, de personalidad, sociales incluso, que nos encaminan inevitablemente a determinados títulos y autores, esos irrenunciables que una vez descubiertos ya nunca abandonamos —y, felizmente, tampoco nos abandonan.

Si este es el caso, entonces el lector de Proust existe antes de leer a Proust: hay en él algo, o mucho, que hacía mera cuestión de tiempo la lectura de, digamos, En busca del tiempo perdido. Puede ser un asunto de crianza y de intereses personales, una suma de miradas y gestos que hicieron de él un introvertido para quien el mucho tiempo empleado en la lectura solitaria y silenciosa no es, nunca, lamentable, un aristócrata equivocado de época que solo de esta manera satisface su necesidad de esnobismo, un obsesivo de la erudición que lo mismo llegaría al Quijote que a Guerra y paz que a Crimen y castigo, sin dar más o menos importancia a ninguno. Si la hipótesis es cierta, el lector de Proust existe antes de leer a Proust: al menos en el ámbito lector, su biografía pasa eventual y necesariamente por esa estación.

Pero este argumento incluso puede exagerarse y decir, aunque suene absurdo, que el lector de Proust existe incluso sin que nunca lea a Proust, porque los grandes escritores pueden mirarse como arquetipos de la naturaleza humana, exploradores de la vida interior —porque todo, absolutamente todo, en algún punto no es más que vida interior— que llevaron al límite esencias determinadas de lo que significa ser humano, espejos donde, en cierto momento, cualquiera puede encontrarse, así sea parcialmente.

La predestinación, en este caso, no sería más que el encuentro de una suerte de hermano espiritual o intelectual, psicológico, que nos comprende al tiempo que nos permite comprendernos mejor a nosotros mismos.

Algo tiene de Proust el lector de Proust para que pueda existir incluso si pasa toda su vida sin leer a Proust.

Imagen: Fotografía de la instalación aMAZEme, de Marcos Saboya y Gualter Pupo (Londres, julio de 2012; REUTERS/Olivia Harris)

Twitter del autor: @saturnesco

Paul Laffoley es un arquitecto y pintor que produce diagramas para crear tecnología hiperdimensional o para canalizar la energía tranceleste del cuerpo humano, su obra es tan brillante como extraña y quizás la mejor recreación de los antiguos diagramas alquimistas y de los mandalas orientales donde se cifraba el conocimiento esotérico en vibrantes símbolos.

Paul Laffoley es uno de los artistas contemporáneos más excéntricos y también uno de los más fascinantes. Pese a la pretensión de construir una máquina del tiempo en sus diagramas o de trazar la historia del futuro y fin del universo en sus planos de arquitectura demiúrgica, Laffoley emana una enorme autenticidad, una emotiva fidelidad a un sueño extraterrestre que resplandece en toda su extraña majestuosidad.

Laffoley nació en Cambridge, Massachusetts (lugar donde más tarde se enrolaría brevemente en la Universidad de Harvard). Según él mismo narra, dijo su primera palabra, "Constantinopla", a los seis meses de edad, luego permaneció en silencio hasta los 4 años (diagnosticado autista), cuando empezó a dibujar y a pintar. Autodidacta en las artes plásticas y autoexplorador de las artes ocultas, es arquitecto de profesión y ha llevado a la pintura los fundamentos de la arquitectura --sus óleos en acrílico y serigrafías son los blueprints para obtener la piedra filosofal del hiperespacio o para escapar a un universo paralelo usando una mezcla de física cuántica y alquimia. Laffoley recibió tratamiento de shocks eléctricos en su año de graduación en la Universidad de Brown, algo que quizás haya contribuido a su  peculiar forma de procesar el mundo. Trabajó en la construcción del World Trade Center en su juventud (señala que difícilmente las Torres Gemelas fueron derribadas por dos aviones, según su expertise). En 1971 formó la Célula Visionaria de Boston, creando una base en la cual trabajar sus característicos diagramas de alquimia futurista, o instructivos mandálicos para aparatos de tecnología cósmica. Según su propia bio, en 1992 una resonancia magnética reveló un implante de alrededor de un 1 cm en su lóbulo occipital. Investigadores de la red M.U.F.O.N. declararon que se trataba de un laboratorio extraterrestre a escala nano.

Según cuenta a Richard Metzger de Dangerous Minds, de niño Laffoley soñó con un extraño museo lleno de formas de vida alienígenas y máquinas biológicas que lo contemplaban minuciosamente. Se despertó de este sueño con la  misión de crear una nueva forma de arte. Una visión creativa de modelos futuristas de especulación cosmólogica que unen la conciencia y la materia y materializan en estructuras teóricamente funcionales formas de pensamiento o cohesiones oníricas...  profecías de una arquitectura incorpórea a erigirse sobre los sephirots de las estrellas.

Su obra se divide en cuatros subgrupos: Sistemas Operativos, Meta-Energía, Viaje en el Tiempo y Sueños Lúcidos, concebidos como "singularidades estructuradas". Enclaustrado en su trinchera en Boston, casi un bunker de investigación metafísica o un caótico taller de dibujo alquímico, Laffoley observa al mundo desde su glándula pineal intervenida por seres de otras dimensiones: tejiendo un universo, como el demiurgo, una nueva copia del universo, con algunas variaciones en su diseño --tenues intersticios--, en este caso no para que sepamos que no es real, sino para que sepamos que podemos crear otro (los universos del futuro se crean en los sótanos) --y en su mente la physis y la poesis se imbrican en una telaraña technicolor que dispara su flecha en el blanco del mandala, en el iris del ojo de Horus.

 

 

 

 

Una de las obsesiones de Laffoley es hacer un diagrama funcional de una máquina del tiempo --"un aparato que permite una conexión entre el tiempo y la eternidad"-- una máquina que puede ser, como descubrió Donnie Darko, el cuerpo humano. En este afán, Laffoley ha creado una estructura simbólica donde el alma humana es emebebida en un sistema temporal-dimensional..."Mi teoria es que si puedes amplificar  y controlar pre-percepción del futuro y la la retro-percepción del pasado de una forma exagerada cumplirás con la definición del viaje en el tiempo como la presenta H.G. Wells".

Otro de los proyectos de Laffoley es combinar arquitectura viviente con geometría sagrada para materializar la la idea de una planta primordial de la cual todas las demás provienen. Crear esta idea de otra forma: uniendo todas las plantas del planeta para obtener una sola planta, a través de un injerto o cruce. Esto puede ocurrir, según Lafolley a través del ginkgo de biloba, una planta que, como el mercurio de la alquimia, es el gran conductor y enlace de la transformación.

Lafolley, cuyo nombre podría hacerse significar "la locura", dice ser un enlazador de mundos, entre el cosmos y la tierra: canalizaciones de información astral se convierten en diagramas terrestres, mapas de universos paralelos que están dentro de este, como el infinito en una cáscara de nuez. Una cáscara de nuez puede ser una nave espacial.

 

 [Con información de Paul Laffoley.net]