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"Un dólar por un voto, el fracaso de la democracia": entrevista a Joseph Stiglitz

Por: pijamasurf - 09/19/2012

Joseph Stiglitz, el conocido economista y premio nobel en 2001, habla en entrevista de la desigualdad que el actual modelo económico genera incluso en ámbitos más allá de la economía, pervirtiendo lo mismo la política que el sistema de valores con el cual se recompensa o se castigan comportamiento cotidianos.

Joseph Stiglitz es uno de los economistas más destacados de la actualidad, reconocido en 2001 con el premio Nobel de la especialidad y, sobre todo, una voz crítica dentro del mainstream, un personaje que, dentro del sistema, ha señalado reiteradamente sus faltas y sus flaquezas, los mecanismos que —trascendiendo la economía pero partiendo de ella— reproducen la inequidad y la injusticia.

Recientemente y con motivo de la publicación en español de su libro Cómo la división social pone en peligro nuestro futuro, el también profesor de la Universidad de Columbia ofreció una entrevista al diario El País, en la cual repasa brevemente algunos de los acontecimientos más importantes de la historia reciente de Estados Unidos, particularmente la crisis que otros investigadores se empeñan en señalar y que de algún modo ha encontrado expresión en fenómenos como el Movimiento Occupy Wall Street (que por estos días cumplió su primer año de existencia) o la perversa relación que se ha creado entre la política nacional y los intereses económicos de una minoría.

Ofrecemos a continuación algunos fragmentos de la plática. Sandro Pozzi fue el entrevistador.

¿No cree que hay cierta obsesión de los estadounidenses con su propio declive? Hay un consenso amplio y muchas obras escritas sobre la cuestión. Resaltan que el concepto que tiene América de sí misma –ser número uno en todo– ya no está tan claro como antes. Seguimos siendo la economía más grande del mundo, pero China lo será en breve y no hay nada que se pueda hacer contra eso. Ya no somos la economía que crece más rápido, ni tenemos la renta por habitante más alta. Somos la mayor potencia militar, pero no somos capaces de resolver ningún problema. Mi libro aborda esa preocupación general. Además del sentimiento de ser número uno, EE UU se veía como un país con igualdad de oportunidades, como una sociedad justa. Esos eran los principios básicos sobre los que pensábamos que nos distinguíamos de los demás.

La igualdad de oportunidades, la idea de llegar a lo más alto, es una de las bases del sueño americano. Es una noción muy fuerte de una sociedad justa. Fue lo que hizo que la gente emigrara hacia EE UU, buscando sus sueños. Ya no es cierto y es devastador para el concepto que los americanos tienen de sí mismos.

¿Pero el sueño americano es diferente para cada persona? ¿No significa necesariamente llegar a lo más alto? Hay varios aspectos. El esencial es que cada generación va a ser mejor que la que le precedió, que cada persona va a mejorar cada año. Y eso tampoco es válido ahora. El sueldo de un asalariado adulto en EE UU es hoy inferior al que existía en 1968. El hijo de un empleado que entonces trabajaba en una planta de ensamblaje en Detroit gana menos que su padre.

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La severidad de la crisis económica refuerza esta idea de declive. ¿Dónde está la voz de esa rabia? El movimiento Ocupemos Wall Street se esfumó. El gran problema que tuvo ese grupo de protesta social es que no creyó en la organización. Vieron a los partidos políticos como una fuente de los problemas actuales y no quisieron imitarlos. Es simple, no se puede cambiar la sociedad sin organización. Se distanciaron del sistema actual, y eso les hizo menos atractivos como movimiento. El momento fue también equivocado, porque con las elecciones la gente pone más esfuerzos en la esperanza de que quizá haya un cambio político, pero saben que no será así.

Un cambio que prometió hace cuatro años Barack Obama, utilizando precisamente la esperanza como lema. Cierto. Hay mucho pesimismo entre los jóvenes y el electorado en general, porque Obama no resolvió los problemas y ven también que tiene a gente muy cercana a la banca, en particular [Timothy] Geithner [secretario del Tesoro]. Quizá lo haga [Mitt] Romney [aspirante republicano a las presidenciales de noviembre], pero creo que es peor su alternativa porque no refleja los valores y las preocupaciones de la mayoría. Al menos, Obama dice que los millonarios deben pagar tantos impuestos como la gente que es pobre. Romney paga impuestos inferiores al 15%, como el 1% que está en lo más alto, lo que es menos que la gente que se gana la vida trabajando. Como dice Warren Buffett, eso no es justo. Para Romney, sin embargo, está bien.

[...]

Los ricos hablan de lo que devuelven a la sociedad con obras filantrópicas. ¿Qué valor tiene eso? No es suficiente, no es una alternativa. Al no pagar impuestos, no contribuyen de manera justa a la sociedad, a la educación, a las infraestructuras, a la investigación. Primero abusan de sus empleados, pagándoles bajos salarios, y después abusan del sistema público, al no dar la cobertura sanitaria necesaria a sus empleados. Es decir, usan los recursos del resto y luego dan una pequeña parte de su fortuna. Donar no es la respuesta.

Una empresa se crea para generar riqueza. Pero en ese 1% también hay muchos políticos, elegidos por el ciudadano y que no responden a sus problemas. Ese es el gran peligro del sistema político: gente muy rica usa el dinero para ser elegida y luego para asegurarse de que seguirán siendo ricos, rebajando impuestos. Hay gente, como Buffett, que dice que tenemos un sistema que está corrupto y cree que hay que cambiarlo. Desafortunadamente, hay gente que da mucho dinero a candidatos políticos que quieren mantener el poder económico y político de las élites. Eso es lo peligroso. Es una sociedad dividida que se refuerza a sí misma.

Esta desigualdad de oportunidades, ¿cómo mina la democracia de un país que pretende exportarla? Una manera de describir lo que está sucediendo en EE UU es saber precisamente lo que produce una democracia: debe haber un compromiso, y ese compromiso debe reflejar la visión del votante que está en el centro. Unos quieren más educación, otros menos. Unos quieren más gasto, otros menos. El sistema actual no refleja a la persona que está en el centro. El sistema se ha desplazado de una persona un voto hacia un dólar un voto. El político ya no va puerta a puerta para ganarse el apoyo del electorado. Lo que hace es comprar espacios publicitarios, usa una variedad de mecanismos. Los ricos invierten y después exigen un retorno. Son los que dictan la política.

Es la vía que usan los dos partidos en EE UU. Cierto. Porque quieren ganar y esa es la manera. Y ese círculo vicioso entre economía y política es el que trato de describir. Solo hay que fijarse en el electorado joven. Solo el 20% vota. ¿Por qué una proporción tan baja? Porque miran a demócratas y a republicanos y ven que son los banqueros, los grupos que manejan el dinero, los que dictan el rumbo del país. Hay, sin embargo, una diferencia. Muchos demócratas se encuentran incómodos con esto, no creen que las corporaciones representen los intereses de la gente, ni creen que deberían tener libertad ilimitada para pagar a las campañas. Los republicanos, sin embargo, sí creen que se pueden comprar votos.

Si el poder sirve a la avaricia, ¿cómo puede romperse ese círculo vicioso del que habla? En EE UU hemos puesto el logro de ganar dinero por encima de cualquier otra cosa. En una sociedad que destaca la retribución monetaria, tenemos un mal equilibrio. En mi libro hablo de los planes de incentivos y su efecto destructivo. Mucha gente que trabaja no lo hace para ganar dinero, sino para vivir. Pero si eres el presidente de una compañía, ¿por qué no haces lo mismo? El argumento de que es porque tienen un trabajo más duro es absurdo. El trabajo hay que hacerlo bien. Los incentivos son importantes, pero no son la vía.

El ejemplo podría ser Wall Street, donde parece que se premia más el fracaso que el buen trabajo. Por eso hay que tener reglas que permitan poner freno a los abusos. Siempre habrá gente que solo piense en enriquecerse. Y en una industria que se dedica a ganar dinero, entonces esperas que esos abusos sean aún mayores. Nadie lo espera de un profesor que se dedica a educar a niños. Pero si trabajas para un banco, vas a hacer dinero, por eso hay que ser más cauto en el sector financiero.

La entrevista completa en El País.

La muerte de la ficción literaria: ¿una realidad o el lamento conservador de una élite exquisita?

Arte

Por: pijamasurf - 09/19/2012

La ficción, uno de los recursos humanos por excelencia, se encuentra en crisis, según algunos, particularmente en el caso de la ficción literaria. Pero con fenómenos como Harry Potter, 50 Shades of Grey o Haruki Murakami, ¿esto es cierto o es solo el la queja anacrónica de unos cuantos puristas de la cultura?

El tópico de “la muerte de la ficción” quizá no sea del todo nuevo, al menos no para quienes se encuentran de algún modo cercanon a las formas en que la sociedad contemporánea hace suyo el recurso inmemorial que se opone a la realidad de las cosas, esa otra manera de mirar el mundo diferente a como todos dicen que es.

Parece contradictorio, sin embargo, decir que esta habilidad casi consustancial al ser humano se encuentra en crisis y se ha vuelto imposible de practicar en el mundo contemporáneo.

En buena medida el debate se refiere a la ficción literaria, en la cual parece que ya no hay espacio, como en otras épocas, para el riesgo que suponía dar a la publicación obras de la talla de El hombre sin atributos, En busca del tiempo perdido o incluso piezas todavía más desafiantes y quizá hasta condenadas al fracaso comercial (¿pero no era esa la menor de su preocupaciones?) como los ejercicios formales de Raymond Queneau o los novelistas del nouveau roman.

Con todo, cabría preguntarse si esta no es una idealización del pasado y, como Roberto Calasso dice al respecto del mundo de la edición, la verdad es que “los tiempos son siempre difíciles”.

Sea como fuere, las condiciones de nuestra época parecerían propicias para un renacimiento de la literatura, en cualquiera de sus formas. Con los modernos medios de publicación y difusión, cuyo acceso, con Internet y las computadoras, se ha vuelto horizontal y asequible, parecería lógico que la ficción literaria se viera multiplicada, sobre todo teniendo en cuenta que, al menos desde el Romanticismo, las personas con pretensiones literarias se encuentran entre el común de la gente —de ahí también que por tanto tiempo, en concordancia con los burgueses y su cultura del esfuerzo, la posibilidad de publicación haya estado monopolizada por unos cuantos.

Visto objetivamente, la premisa también tiene algo de lamento conservador por parte de una élite exquisita, sibaritas de la palabra escritas para quienes las millones de copias vendidas de libros como Harry Potter, 50 Shades of Grey o incluso los del innombrable Paulo Coelho son un cero a la izquierda al momento de contabilizar el progreso de la literatura. ¿O alguien negará que la invención de J. K. Rowling es ficción literaria? ¿Alguien podrá decir que aun con la febril fascinación que sus títulos despertaron en todo el mundo la ficción literaria se encuentra en crisis? ¿Cuál es la diferencia entre esta febrilidad y la que atacó a los lectores de libros de caballería en la España del siglo XVI? ¿De verdad el Amadís de Gaula es sustancialmente superior a Harry Potter —literariamente hablando? ¿No son ambos una adecuación popular y al alcance de cualquiera de motivos inventados en otro momento por la alta literatura?

Quizá, en el fondo, esta no sea más que la manifestación contemporánea de ese dilema ya más o menos antiguo (presente siempre desde la irrupción de los medios de comunicación masiva) entre el gusto popular y la calidad literaria. En este sentido, el excéntrico filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila escribió alguna vez, con ecos de T. W. Adorno, lo siguiente: “Cada día resulta más fácil saber lo que debemos despreciar: lo que el moderno aprecia y el periodista elogia”.

Pero incluso nuestra época ha conocido el fenómeno Murakami, un autor que parece tener credenciales suficientes para colarse al canon de la literatura del siglo XXI, a pesar de los millones de lectores que acarrea consigo. Se dirá que existe un abismo de diferencia entre algo como Tokio Blues y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, pero, ¿es que existe el escritor que haya dado a la imprenta únicamente obras geniales? “Es fama que después de cantar la guerra de Ilión, [Homero] cantó la guerra de las ranas y los ratones”.

Cabría preguntarnos entonces al menos dos cosas. La primera, si esta supuesta “muerte de la ficción” no es más que el lloriqueo de unos cuantos puristas que quisieran ver los estantes poblados de los nuevos Joyce, los Beckett de nuestro tiempo, como si persiguieran también el fatuo honor de ser los primeros en descubrirlos y defenderlos de la condena general. Pero si esto fuera, quizá las cosas se invertiría y, entre tanta vanguardia, lo normal sería lo sorprendente. Cómo saberlo.

Por otro lado, puede ser posible que aun con el amplio discurso de renovación que caracteriza nuestro tiempo, con el supuesto de que invenciones como Internet están transformando radicalmente nuestra cultura (en sentido amplio), en aspectos como este sigamos aferrados a los viejos criterios del pasado, a no ver que es perfectamente posible, con el alcance de Internet y sus medios derivados, que alguien cumpla con todos los requerimientos de calidad literaria y, al mismo tiempo, sea suficientemente hábil para darse a conocer y colarse en el gusto multitudinario.

¿Por qué no podría ser esto posible?

Sobre el mismo tema, The Death of Literary Fiction?, de David Gaughran, en el sitio IndieReader.