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La televisora inglesa Channel 4 transmitirá un programa en el busca investigar el uso terapéutico del MDMA (o éxtasis) en la depresión, abriendo un interesante debate sobre las relaciones entre las drogas (un tema tabú en las sociedades occidentales) y el poderoso medio de formación de conciencias que es la televisión.

Keith Allen en Drugs Live: The Ecstasy Trial

Entre las reglas éticas de las transmisiones por televisión una de las más respetadas es aquella que prohíbe toda muestra de consumo de drogas en la pantalla (en algunos casos incluso algunas socialmente toleradas como el alcohol o el cigarro). Una manifestación de una realidad mucho más profunda: el hecho de que las drogas son todavía un tabú respetado y temido en las sociedades occidentales.

Sin embargo, algunas cadenas inglesas han comenzado a contravenir esta regla. El Channel 4, por ejemplo, está por lanzar al aire una emisión en que se investigan los posibles efectos positivos del MDMA en el tratamiento de la depresión. Igualmente el mes pasado, la misma televisora pública transmitió en vivo un “rave” para “celebrar la historia de la cultura de la danza”.

En el programa se mostrarán resonancias magnéticas de personas a quienes, en vivo, se les administrará MDMA, intentando probar que esta droga puede aliviar la depresión sin necesariamente generar un estado alterado de conciencia. MDMA es la abreviatura para metilendioximetanfetamina y su denominación más conocida y popular es “éxtasis”.

 

Las pruebas estuvieron supervisadas por David Nutt, académico y antiguo asesor del gobierno británico en el tema de drogas, quien fue despedido del servicio público por declarar que las políticas gubernamentales en este asunto pocas veces se apegan a la evidencia que aportan estudios científicos.

Además de posibles consecuencias legales, las críticas se han enfocado sobre todo en la supuesta “glamourización” que la televisora está efectuando sobre la droga, rodeándola de un aura aceptable e incluso elogiable que usualmente no tiene y que, por el contrario, en el discurso hegemónico está lleno de significados negativos.

Esta, sin embargo, no sería la primera vez en que televisión y consumo de drogas se hermanan en una exhibición compartida. Ya en la década de los 50, en un capítulo de Panorama (programa de la BBC que se ha transmitido desde entonces), el Dr. Humphry Osmond se administró una dosis de 400mg de mezcalina, esto acorde con sus investigaciones psicológicas sobre el potencial terapéutico de los alucinógenos. Y aunque el capítulo nunca fue puesto al aire, al menos el antecedente existe (Osmond, por cierto, fue el mismo que administró la dosis de mezcalina a Aldous Huxley que suscitaría el libro The Doors of Perception).

 

Asimismo, pocos años después de este suceso, una supuesta “ama de casa” fue grabada mientras describía su experiencia con una dosis de LSD y, más recientemente, el actor Zach Galifianakis fumó marihuana durante un programa de debate sobre la despenalización de las drogas en Estados Unidos.

 

 

 

Ahora bien, siguiendo la argumentación de Ian Steadman, del sitio Wired, estos ejemplos pueden tomarse como otras tantas manifestaciones de las perspectivas enfrentadas con que una sociedad entiende las drogas, las prácticas irreconciliables con que algunos las intentan hacer parte de la cotidianidad y otros intentan, por el contrario, ignorarlas o negarlas.

En los 50 —escribe Steadman—, las drogas alucinógenas eran una cosa nueva para la mayoría de los médicos e investigadores, y las investigaciones miraban justamente hacia qué tan lejos podían llegar para expandir la mente humana. Galifianakis, por el otro lado, está haciendo un planteamiento político en una emisora de televisión que probablemente no le dio el permiso para hacerlo.

Así, la televisión adquiere inesperadamente el carácter de un exhibidor donde, por una parte, el observador atento descubre los valores que se intentan imponer o subvertir en un tema en particular y, por el otro, el gran público que recibe y consume pasivamente, sin reflexión, estos mismos contenidos, se forma en dichas prácticas.

[Wired]

El pésimo servicio de mapas de Apple genera una especie de arte involuntario surrealista: caminos urbanos derretidos como fracturas en la continuidad del tiempo-espacio.

Intentando competir con Google Maps, Apple concibió iOS 6 Maps. Los resultados no fueron muy buenos. La empresa de la manzanita que todo lo convierte en oro, en esta ocasión incluso tuvo que salir a disculparse.

Google Maps, Street View y Google Earth, se han convertido, además de una útil forma de navegar este planeta, en generadores de una nueva forma de arte que se agrupa dentro de lo que se conoce como The New Aesthetic --aquella que surge del ojo de la máquina, del tamiz de la tecnología. 

Un blog parodia los mapas de Apple, haciendo mofa de su poca calidad de visualización y sus imprecisiones. Ahí encontramos estás surrealistas autopistas derretidas, que recuerdan los relojes líquidos de Dali. Una especie de fractura de el tiempo-espacio  --en el telar del universo-- digna de la serie Fringe. Las autopistas vistas a través de una niebla espectral de baja definición, como una alucinación a mediodía en un sol-espejismo de glitches.

El movimiento de la Nueva Estética es esbozado en su esparcimiento por Will Wiles en el sitio Aeon Magazine:

La silueta espectral de algo que emerge a la vista: de la forma en la que la máquina lo ve. La expansión de los ojos de robots --en teléfonos, drones, en edificios, satélites, en vehículos de Google, en nosotros. La forma en la que las máquinas nos muestran las cosas, la expansión de las pantallas. El surgimiento de la realidad aumentada, la inserción de los constructos digitales en paisajes reales. La forma en la que las cosas nos parecen cuando son mediadas, de alguna manera, por una máquina digital.