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La reinvención de los poemas de Li Po llevada a cabo por Ezra Pound (en colaboración con Ernest Fenollosa) pone de manifiesto la importancia de traducir literatura y, además, de cómo esta acción requiere de atender la materialidad de la poesía, categorías que solo en apariencia son contradictorias.

Hay un ejemplo que atiende claramente la importancia de traducir literatura, en especial poesía. Cathay es una obra de traducción de poesía china de Li Po al inglés por Ernest Fenollosa y Ezra Pound en 1915. Lo que diferencia esta traducción de las demás es el hecho de que Pound reelabora los poemas y los hace accesibles a la sensibilidad del nuevo idioma.

Los poemas de Cathay atienden a un proyecto general que podemos ver en la obra de Pound: el de lo musical. Su intención ante todo por hacer una poesía viva, es decir, no compuesta por lo que dictan los designios “poéticos” o literarios del metrónomo, sino de la frase musical.

La broma de T. S. Eliot de que Ezra es el mayor inventor de la poesía china de nuestro siglo, evidencia que si es moderna una muestra de poemas tan distante en lo cronológico, es porque el poeta verdaderamente trabaja sobre ellos. El modo de la traducción activa, es decir, de un acto de recreación de verter todas y cada una de las dificultades del texto original hacia un nuevo objeto puede confirmar ese make it new.

Para entender la diferencia entre traducir y traducir como Pound lo hace, sólo se puede hacer por medio de lo que él mismo decía: que en poesía sólo la emoción perdura, y la mejor vía para que eso ocurra debe de ser necesariamente a partir de un proceso de estricta observancia de la materialidad de la poesía.

La materialidad de la poesía es literal en el caso del idioma chino, ya que cada palabra atiende a lo que representa, esto es, no hay palabras que atiendan a lo abstracto, sino que por sí mismas actúan en el poema de manera incluso visual. Por eso el trabajo de Ezra siempre tiene que ver con la traducción pero no en el sentido habitual de quien coloca una información de una lengua de origen a una lengua de llegada. No. En Cathay, por ejemplo, la traducción ocurre de otro modo. Lo que se logra es verter a un lenguaje de llegada algo que provino de la escritura china y que si bien es cierto muchas son las diferencias de esta escritura con respecto a la occidental, Cathay es el trabajo deliberadamente material de una conciencia que observa lo verbivocovisual (sentido, sonido, imagen) como tensión inalterable de la verdadera poesía.

En el sitio archive.org, una versión en varios formatos digitales de Cathay.

10 grandes escritores que abandonaron la escuela (y no por ello fracasaron)

Arte

Por: pijamasurf - 09/21/2012

La escuela, lo sabemos bien, no es el único camino posible, y estos 10 grandes ejemplos así lo demuestran.

Desde hace varias décadas —¿o siglos?— la formación académica se tiene como el único camino posible o válido del éxito o el reconocimiento social (lo que sea que estos signifiquen). Ir a la escuela y cumplir con todas sus obligaciones formativas es un imperativo que ha estado presente desde épocas remotas sin, al parecer, nunca perder fuerza.

Sin embargo, hay ejemplos notables que hacen que, después de todo, la esperanza no se pierda para aquellos que en cierto momento se dan cuenta de que la escuela no lo es todo, que, sobre todo, no es la única vía posible para alcanzar eso que podríamos denominar “realización personal” (sin saber tampoco qué significa esto).

En esta ocasión presentamos 10 grandes escritores que, a pesar de no seguir el camino trazado por la convención, no por ello fracasaron. Quizá no sea fácil, ¿pero no es la dificultad un estimulante?

 

Charles Dickens

Aunque en sus primeros años Dickens gozó de una educación privilegiada, las deudas de su padre le arrebataron esta posibilidad cuando contaba con 12 años. A partir de entonces trabajó en un almacén de betún calzado. Y aunque después volvió a la escuela, cuando su padre salió de prisión, esta experiencia ya jamás lo abandonaría.

 

Jack Kerouac

Kerouac, el niño mimado de la generación beat, estaba destinado a convertirse en el héroe de la Universidad de Columbia por medio de su equipo de fútbol americano. Pero, al parecer, él tenía otros planes. Conflictos con el entrenador y una fractura de tibia terminaron por empujar fuera de la institución y encaminarlo a una vida radicalmente distinta.

 

William Faulkner

Faulkner tuvo casi desde siempre una personalidad que no se llevaba bien con la disciplina y la normalidad. A los 15 le importaba poco la escuela, que abandonó a esa misma edad. Años después, empleado en una oficina postal, lo despidieron porque leía durante las horas laborales. A los 22 dejó la Universidad Mississippi, donde se había inscrito como estudiante especial, después de tres semestres. Eventualmente ganaría el premio nobel de literatura y, lo más importante, dejaría como legado una de las obras con más repercusión en la cultura humana.

 

Octavio Paz

Otro nobel en esta lista, el escritor mexicano Octavio Paz dejó la universidad antes de obtener su título. Sus inquietudes, tan amplias y ambiciosas que no cabían entre las paredes de las aulas, lo llevaron a Yucatán, a Valencia, a París (más o menos en ese orden) y demás lugares hasta culminar en la Academia Sueca. En algún momento, sin embargo, con motivo de la publicación de Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, un “especialista” en la poeta barroca, Tarsicio Herrera Zapién, se burló en un epigrama de la formación académica trunca de Paz (haciendo de “autodidacta” un insulto):

Castro: te atacó un Nobel;

te llamó “buey con diploma”.

Mas al escupir su hiel,

lo autodidacta le asoma,

pues ni un título tiene él.

 

George Bernard Shaw

Shaw erró de escuela en escuela durante su juventud hasta comprender, a los 14, que ese no era su medio. Su verdadero lugar de formación estuvo en la Galería Nacional de Dublín, donde aprendió todo lo que de arte, historia y literatura necesitaba para convertirse en el dramaturgo excepcional que fue.

 

Ray Bradbury

Como confesó en esta plática, Bradbury no fue a la universidad y, en contraste, se “graduó de la biblioteca” a los 28.

 

H.G. Wells

Wells tenía once años cuando, por un accidente, su padre se fracturó el fémur y tuvo que dejar la escuela para trabajar y ayudar en los gastos del hogar. Los muchos oficios que tomó a partir de entonces inspirarían las novelas The Wheels of Chance y Kipps.

 

Harper Lee

Ganadora del Pullitzer, Lee dejó la escuela de leyes apenas terminado su primer semestre. Acto seguido se mudo a Nueva York con la firme convicción de convertirse en escritora.

 

Jack London

El autor del célebre Colmillo blanco dejó la escuela cuando tenía 13 años, combinando empleos varios con la lectura incesante de todo libro que tuviera al alcance. Una década después, a los 24, publicó su primera reunión de cuentos.

 

Harvey Pekar

Legendario en el mundo de los cómics, Harvey Pekar asistió un año a la Case Western University, pero desistió por la enorme presión que le suponían las “clases de matemáticas”. Luego de ser licenciado por la Marina, a la que se unió cuando abandonó la universidad, se retiró a Cleveland, donde vivió por el resto de su vida.

[The Atlantic]