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La lectura, como una adicción, es un comportamiento que puede desbordarse y exceder las fronteras de los libros y la palabra escrita, convirtiéndose en el método único con que se intenta comprender el mundo.

Érik Desmazières: La Salle des planètes (ilustración para "La biblioteca de Babel" de  J. L. Borges)

Si algo me gusta hacer en este mundo, es leer. Descontado otros placeres obvios, quizá ninguno que me satisfaga tanto personalmente como leer: asombrarme con el desarrollo narrativo de una historia, con el uso del lenguaje de un autor, con la imagen lograda de un poeta, encontrar las conexiones secretas y quién sabe si intencionales entre el libro que leo y un libro que leí en el pasado, redescubrir recuerdos gracias a una palabra leída que los revive en mi memoria o sentir el nacimiento de una nueva idea a partir de otra distinta; asistir, finalmente, a esa paulatina y momentánea suplantación de mi mundo y aun de quien soy por esa otra realidad que surge de las líneas y las páginas que recorro.

Pero, como en tantas otras aficiones y divergencias, no creo ser el único que conciba de este modo el ejercicio de la lectura. De ahí que piense también que, para algunos, leer es más que un hábito y se convierte en el método principal con que se intenta comprender el mundo, aprehenderlo y fijarlo en sus detalles y su vastedad, en la compleja suma y superposición de significados con que se nos entrega.

¿A qué me refiero? A un hecho que incluso podría considerarse al borde del tópico literario: la intelección del mundo como un libro, leer la realidad con los mismos recursos con que se lee una página escrita.

Digo al borde porque no han sido pocos los que han comparado al mundo con un libro, figura que se ha vuelto simplona de tan usada y que poco o nada profundiza más allá de la colocación de ambas realidades en el mismo plano de sentido.

Quiero pensar que yo voy un poco más lejos al considerar que, en efecto, algunos siguen (o seguimos) los mismos patrones mentales y de comportamiento cuando leemos que cuando nos enfrentamos a la realidad, los mismos cuando tenemos los ojos puestos sobre las páginas de un libro que, aparentemente, fuera de estas: tomar notas, señalar lo que no entendemos, releer el pasaje que se nos dificulta o aquel que tanto nos complace, abandonar la lectura por fatiga o persistir por entusiasmo, etc. Así, exagerando un poco la proposición, podría decirse que nuestros hábitos de lectura son también nuestros hábitos de entendimiento ―acaso nada más que una variación del celebérrimo apotegma de Wittgenstein: «Los límites de mi mundo son los límites de mi lenguaje».

Ahora quisiera aportar evidencia de lo que expongo, pero me es imposible. Al menos no con el valor usual, práctico, que se espera de una prueba. Mi único recurso a la mano es referir veladamente la circunstancia anecdótica que me hizo pensar en todo esto, con la esperanza de que no suene absurdo ni ilógico a la mayoría.

El enamoramiento es quizá el mejor estado para comprobar que la lectura es para algunos su primer y único método de supervivencia en este mundo. Pienso que algunos se enamoran solo para sentirse en medio de ese caudal impetuoso de significados que se arremolina en torno a ellos mismos, al ser del cual se enamoraron y, sobre todo, a las muchas realidades y ensoñaciones que se agitan en torno a ambos. Los gestos, las suposiciones, los celos, la esperanza, son solo conceptos e ideas que por comodidad (y acaso salud mental) nos ayudan a agrupar en grandes categorías esa realidad incomprensible por definición que es la pasión amorosa.

Si esto es cierto, un tipo especial de personas encontrarían en el enamoramiento el goce por la página última que no se deja leer ni descifrar.

Pero me detengo, porque siento que estoy a punto de perder el rumbo. Además, puede ser que todo esto no haya sido más que la tortuosa divagación de un melancólico: «Para el personaje nacido bajo el signo de Saturno, el verdadero impulso cuando lo están mirando es bajar los ojos, y contemplar un rincón. Mejor aún: se puede inclinar la cabeza sobre el libro de notas. O colocar la cabeza tras la pared de un libro» (Susan Sontag).

Twitter del autor: @saturnesco

Anémic Cinéma: el hipnótico filme de Marcel Duchamp (hoy en su cumpleaños 125)

Arte

Por: pijamasurf - 07/16/2012

Para recordar el cumpleaños de Marcel Duchamp, quizá el artista más importante del siglo XX, compartimos su Anémic Cinéma, un hipnótico ejercicio fílmico que busca germinar entre los huecos de nuestra mente y nuestra percepción.

 

Marcel Duchamp se encuentra sin duda entre los artistas más importantes del siglo XX, y puede ser que incluso sea el más, el que se lleva el trofeo de haber influido tanto en el ámbito artístico como para marcar un antes y un después a partir de su irrupción en la escena histórica, con obras cuyo (in)genio alcanzó las bases conceptuales mismas con que convencionalmente se entendía el arte, minando las estructuras del buen gusto y la capitalización que, acaso ya irreversiblemente, habían convertido desde algunos años antes en objetos y mercancías las obras que otrora se consideraron inspiradas por númenes sobrehumanos.

Nacido en 1887, este 25 de junio se celebra el cumpleaños número 125 del francés, efeméride que recordamos modestamente con este video, un filme realizado en colaboración con Man Ray y Marc Allégret y que consiste, grosso modo, en nueve ilusiones ópticas dispuestas en sendos discos giratorios, entre las que se intercalan además textos también en líneas espirales que tiene fama de intraducibles, por tratarse de juegos de palabras que sugieren un sentido erótico.

El curioso nombre del ejercicio cinematográfico, Anémic Cinéma, obedece al hecho de que Duchamp fue restando las propiedades usuales del cine silente de su época: las palabras y las imágenes, hasta entregarnos una especie de fantasma famélico que deambula hipnóticamente entre nuestros sentidos y nuestra percepción. Sin embargo, esta parquedad de recursos se convierte de pronto en un dispositivo intelectual cuando la mente llena los vacíos con sus propios recursos, con todo aquello que la imaginación se apresura a poner al alcance para reparar las ausencias.

[Open Culture]