*

X

Los ancianos huelen mejor que los jóvenes o los adultos, revela estudio

Ciencia

Por: pijamasurf - 06/01/2012

Contrario al prejuicio general, estudio revela que los ancianos huelen mucho mejor que varios grupos de edad, entre ellos los jóvenes y los adultos; por otro lado, los hombres huelen peor que las mujeres (al menos hasta que todos envejecemos).

Existe contra las personas ancianas el prejuicio del mal olor. Sea por descuido en su higiene personal o por procesos fisiológicos propios de su avanzada edad, continuamente se achacan aromas desagradables entre los viejos.

Sin embargo esta podría ser una falsa impresión, al menos si se atiende el estudio realizado por Johan Lundstrom, un neuropsicólogo del Centro Monell de Sensaciones Químicas de Philadelphia, quien además tuvo una inspiración casi proustiana al ofrecer una plática en una casa de retiro de esta ciudad estadounidense y descubrir que el olor ahí aspirado era idéntico al que percibió cuando, siendo un niño en Suecia, su madre lo llevaba a la casa de retiro donde trabajaba. Lundstrom asegura que de en cierta forma se sentía atrapado a ese déjà vu odorífero, por lo cual decidió efectuar este estudio.

Lundstrom llevó a su laboratorio a 41 voluntarios de entre 20 y 95 años, pidiéndoles que pasaran 5 noches durmiendo con playeras que en las axilas tenían almohadillas de algodón. Durante el día las camisetas se guardaban en congeladores para prevenir la formación de bacterias, lo cual alteraría el resultado del experimento. Asimismo, antes de dormir cada participante debía bañarse con jabón y champú libre de olor, además de que la ropa de cama igualmente se lavaba con detergente igualmente neutro en aroma. Por último se les pidió que evitaran los alimentos condimentados, lo cual afecta la secreción de las glándulas sudoríparas.

Pasadas las cinco noches, el equipo de investigación cortó los algodones de las axilas y las metió en frascos especiales, mezclándolas además con varias muestras de personas de edades similares.

La siguiente fase del estudio fue reclutar otro grupo de 41 personas, quienes olieron los frascos y los calificaron según se respirara un aroma agradable o desagradable.

Sorprendentemente, el grupo de edad de entre 75 y 95 años fue en términos generales el mejor evaluado, sus olores menos intensos y mucho más placenteros que los jóvenes y los adultos. El olor más penetrante y desagradable provino de los hombres entre 45 y 55 años.

El mejor de todos los olores fue el de las mujeres de este mismo rango. En promedio, los hombres huelen peor que las mujeres pero, según los investigadores, esta diferencia desaparece con el envejecimiento.

Así que ya lo sabes: antes de señalar el mal olor de alguien, quizá valga la pena oler tus propias axilas.

[LA Times]

Te podría interesar:

Sin las crayolas, los nombres de los colores en japonés serían otros

Ciencia

Por: pijamasurf - 06/01/2012

Aunque parezca un hecho nimio y trivial, la introducción de crayolas en Japón a partir del siglo XX y en los años de la Posguerra, modificó la identificación en una misma palabra de los colores verde y azul; un hecho que nos permite reflexionar sobre la indómita naturaleza de los inexistentes colores.

El problema de los colores es, en lo que respecta a las capacidades humana, uno de los más interesantes y al mismo tiempo enigmáticos, algo que podemos hacer, hacemos a diario y quizá por eso no consideramos en su milagrosa realidad: ver colores.

Y de entre las muchas preguntas que podrían hacerse sobre este asunto, pocas tan inquietantes como la manera en que llegamos a denominar una tonalidad en especial. Wittgenstein, el filósofo austríaco que dedicó cierta parte de su obra y tiempo a examinar el problema de los colores, se preguntó alguna vez:

«¿Es la concordancia entre los hombres lo que decide qué es rojo? ¿Se decide este apelando a la mayoría? ¿Se nos enseño a determinar así el color?» ( Zettel, 431).

El gesto es elocuente: adánicamente imponemos un nombre a los colores para tener la ilusión de que dominamos también su inasible naturaleza. Pero, en el fondo, eso que llamamos color permanece inalterado (acaso también porque, en cierto sentido, no existen más allá de los rasgos fisiológicos y estructurales por los que los percibimos).

En Japón, por ejemplo, hasta hace no mucho solo se tenía una palabra para nombrar el azul y el verde: Ao, y todavía ahora es más o menos común que la gente se refiera a la luz de siga en el semáforo (verde, como en casi cualquier parte del mundo) con la misma palabra con que designan el azul.

Curiosamente esta situación comenzó a cambiar en los primeros años del siglo XX, con un hecho bastante curioso y, se creería, insignificante: la incipiente importación de crayolas para los niños. En estos paquetes había tonalidades de verde y azul que, instintiva y necesariamente, los niños tenían que distinguir entre sí. Entonces fue más común que “midori” y “ao”, verde y azul, comenzar a distanciarse.

Más tarde, en los años de la Posguerra y debido a la influencia de los Aliados, el nuevo material didáctico que se utilizó en las escuelas obligó a maestros y alumnos a ahondar en esta diferencia.

Lo curioso es que en ciertos ámbitos la identificación persiste. Así como en español la palabra verdura está asociado al verde, en japonés los vegetales son “ao-mono”, “cosas azules”.

Como sucede siempre que se habla de colores, lo que resulta relevante es la ambigüedad existente entre color y color, lo difícil que es delimitar una realidad solo en apariencia simple. Asimismo, del caso japonés destaca el mecanismo generacional que se revela inevitable cuando se introducen nuevas enseñanzas en los niños: tarde o temprano, estas terminarán modificando situaciones que se creerían atávicas y seculares.

[Empirical Zeal]