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La deslumbrante belleza de las cavernas del Vatnajokull, el mayor glaciar de Europa

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 01/13/2012

La luz azul debajo del glaciar: una seductora puerta hacia los secretos de la Tierra; el fotógrafo islandés Skarpi Thrainsson captura las maravillosas cavernas del Vatnajökull.

Como si fueran la entrada a la vulva azul de la Tierra, con guirnaldas de luz congelada, formaciones espirales que se enrollan en el vértigo más elegante, las cavernas debajo del glaciar Vatnajökull son uno de los grandes espéctaculos visuales que ofrece este planeta tocado por la chispa divina.

El fotógrafo islandés Skarpi Thrainsson capturó estas magníficas imágenes desafiando las temperaturas casi infrahumanas del invierno y la posibilidad de quedar sepultado en las cavernas de zafiro del Vatnajökull. Sin duda un trabajo que vale encomiar, al traducir el canto de la luz que hace que el hielo obtenga un movimiento seductor, serpentino, que lleva hacia una especie jardín secreto: ahí donde el sol de medianoche sueña embalsamado por las hadas.

Thrainsson simula recorrer el camino mítico de la búsqueda del axis mundi, el centro ubicuo, cuyo portal los antiguos ubicaban en el norte. 

Las formaciones de hielo de las cavernas cambian constantemente, lo que hace que fácilmente se derritan; pese a la temperatura, el invierno es la temporada menos peligrosa para visitar estas cavernas, al reducir la posibilidad de que se disuelvan. Sin embargo, Thrainsson recomienda ir con un guía local que conozca bien el terreno, pues otro fotógrafo pereció en una incursión anterior.

En las cavernas visitadas por Thrainsson el suelo es una mezcla de nieve y de cenizas volcánicas del Grímsvötn, volcán que entró en erupción en 2011.

 

[Ver más fotos de estas fascinantes cavernas]

La democracia necesita personas ignorantes para funcionar correctamente, asegura estudio

Ecosistemas

Por: pijamasurf - 01/13/2012

De acuerdo con un estudio reciente elaborado por investigador de Princeton, la democracia necesita multitudes ignorantes para funcionar y no colapsar en la anarquía o la tiranía de los grupos minoritarios.

Uno de las creencias más extendidas en torno a la democracia, incluso entre personas con un conocimiento mediano o mínimo sobre el asunto, es que este sistema político funciona mucho mejor si quienes lo integran son personas interesadas en su entorno social y conocedoras de ciertos temas claves de su vida política inmediata.

Sin embargo, una investigación realizada por un investigador de Princeton podría echar por tierra esta idea. Iain Couzin asegura, por el contrario, que sin grandes multitudes de personas francamente ignorantes, la democracia simplemente colapsa.

Couzin es investigador posdoctoral en la Universidad de Princeton, adscrito al Departamento de Ecología y Biología Evolucionaria de dicha institución y sus intereses académicos se centran en los patrones biológicos de gran escala que resultan de las acciones e interacciones de los componente individuales de un sistema. Couzin estudia los patrones de auto-organización de sistemas biológicos de amplio alcance como ejércitos de hormigas, cardúmenes, parvadas, nubes de langostas y muchedumbres humanas.

En el caso del estudio en cuestión, Couzin y su equipo llegaron a la conclusión de que la democracia, desde su punto de vista, sigue este mecanismo: al interior de una sociedad debe existir un número limitado pero suficiente de personas que sepan todo sobre ciertos temas y que, en consecuencia, actúen como líderes para el resto, mayoría esta que se desintegra cuando surgen numerosos puntos de vista que tiran hacia diferentes direcciones. De ahí que Couzin hable de una especie de “punto medio de la ignorancia”, un sector imprescindible de personas que impidan el derrumbe del sistema en una anarquía caótica de minorías o en la imposición de una de estas para todas las demás. La inclinación por lo popular —fundamentalmente nacida de la ignorancia o el desinterés— es así la base de una sana democracia.

Lo curioso es que estos resultados los obtuvo Couzin estudiando el comportamiento de los peces, específicamente el de las carpillas doradas (Notemigonus crysoleucas) que tienen un gusto natural por el color amarillo. Los investigadores tomaron un buen bonche de estos animales y los entrenaron para que la mayoría de ellos se volviera contra su instinto y nadara hacia un blanco azul, mientras que el resto conservó su preferencia por el amarillo (con un blanco de dicho color que podían seguir).

Cuando los científicos juntaron estos dos grupos, el menos numeroso de peces pro-amarillo fue capaz de dominar a los pro-azules, haciéndolos nadar hacia el blanco amarillo durante un 80% del tiempo que duró la prueba (esto, al parecer, porque el instinto natural los hizo mucho más fuertes para influir en sus compañeros). Sin embargo, cuando se agregaba un pez que no había recibido condicionamiento previo, entonces la preminencia de los pro-amarillo decaía y, al principio, los mayoría pro-azul  tomaba el control de la población. Couzin explica:

Agregar esos individuos cambió dramáticamente la toma de decisiones del grupo. Estos inhibieron a la minoría y apoyaron el comportamiento de la mayoría, lo cual permitió a su vez que la mayoría ganara presencia y que su perspectiva dominara. Pensamos, “Bueno, esto es interesante”, porque normalmente no piensas que agregar individuos desinformados a los procesos de toma de decisión tenga ese tipo de efecto democratizante.

Pero este fenómeno parece tener un límite: según Couzin si tienes 20 individuos desinformados y solamente uno o dos con opiniones contundentes, entonces hay mucho “ruido” y todo el proceso se paraliza.

Y si bien durante buena parte del siglo XX trasladar observaciones de la naturaleza al plano social —algo más o menos común un siglo antes— fue algo que desestimaron los científicos sociales de la época, quizá las conclusiones de Couzin podrían retomarse, aun con reservas, para preguntarnos por los fundamentos reales de la democracia más allá de los ideales teóricos que tantos repiten.

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