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La neurociencia como arma de manipulación o de resistencia

Ciencia

Por: pijamasurf - 12/05/2011

Los recientes descubrimientos de la neurociencia y su eventual aplicación en la política o el marketing (para hacernos creer que voluntariamente elegimos o rechazamos un producto) podrían utilizarse también del otro lado de la arena, como técnica de resistencia hacia la manipulación personal y masiva.

Una de las disciplinas científicas más destacadas de esta época es la neurociencia, cuyos descubrimientos prometen descifrar con detalle la manera en que el cerebro humano in extenso nos configura como personas: desde los actos más sencillos y rutinarios hasta esos aspectos que durante casi toda la historia de la humanidad se han asociado con fuerzas cuasi metafísicas. Algún día la neurociencia nos dirá dónde reside eso que llamamos personalidad o libertad de elección o enamoramiento, dónde la psicopatía o la depresión, el genio, etc.

Sin embargo, como casi cualquier desarrollo científico de gran envergadura, su lado polémico no ha tardado en sobresalir. Muchas de las críticas que se han hecho en torno a la neurociencia se centran en la pérdida de libertad o de capacidad de elección que, eventualmente, podría conseguirse por medio de la información obtenida en los experimentos y las investigaciones.

Dos ámbitos particulares en que esto podría convertirse o ser ya una realidad son la política y la mercadotecnia, en donde el conocimiento conseguido a propósito del cerebro y los mecanismos por medio de los cuales elegimos o rechazamos algo (un producto, un candidato, una propuesta, etc.), podría encontrar aplicaciones más que deseables para quienes laboran en dichos campos.

Y si bien en la política, al parecer, todavía no se implementan estas campañas basadas en premisas de la neurociencia, en cambio en la promoción de productos de consumo estas han ganado cada vez más simpatía entre los grandes vendedores. Partiendo del hecho de que “la verdad —al menos en términos de mercadeo— no es una opción racional, sino un impulso”, los neuromercadólogos apelan menos a los procesos pretendidamente racionales que nos llevan a elegir un producto y no otro que a todo ese entramado irracional que, dicen, subyace a cualquier decisión, una serie de conexiones de las que aparentemente no tenemos noticia conscientemente pero que no por ello no ocurren y, por el contrario, son según los neurocientíficos los que verdaderamente nos hacen tomar una decisión: "En captar la atención hay técnicas documentadas: los colores brillantes, la iluminación, los carteles dinámicos y los anuncios con rostros son bastante efectivos", explica al respecto Tim Holmes, psicólogo de la Universidad de Londres.

En política todavía son pocos los casos documentados en que la neurociencia se utilice para alcanzar un objetivo político específico, aunque sin duda esto cambiará con el tiempo. Por lo pronto se sabe de un candidato sudamericano que se sometió a un escaneo cerebral para identificar sus fortalezas y sus debilidades emocionales. Asimismo, el gobierno del Reino Unido tiene un equipo que utiliza conocimientos sobre los procesos cognitivos automáticos para inclinar a los ciudadanos hacia las decisiones que el gobierno considera favorables para sus intereses.

Sin embargo, como bien apunta el artículo de la BBC del que tomamos esta información, estos descubrimientos de la neurociencia son un arma de doble filo, pues si bien pueden utilizarse para manipular a las masas y obligarlas sutilmente a que tomen cierta decisión (haciéndoles creer que lo hacen libremente), también es posible que estas masas tengan conocimiento de dichos avances y se preparen para resistir la andanada. Un estudio, por ejemplo, mostró que ciertos sujetos son casi inmunes a estas campañas que buscan adentrarse en la parte más inconsciente del cerebro, curiosamente personas que practican un cierto tipo de meditación. Asimismo, parecer ser que si estas técnicas se basan sobre todo en el contexto en el que está situado un producto (sea político o de consumo), en el caso de las personas el mecanismo no es distinto y rodearse de personas razonables o virtuosas podría conducirnos a que “todos nosotros usemos esos conocimientos para tener más criterio, exigir más, lograr más control y quizás hasta ser más felices”.

 

[BBC]

El cerebro reacciona caóticamente si alguien nos dice que una obra de arte es falsa

Ciencia

Por: pijamasurf - 12/05/2011

Monitoreando la actividad cerebral de personas expuestas a obras de arte, neurólogos de Oxford encuentran que el cerebro reacciona con vivacidad ante una obra de arte solo cuando otra persona le dice al espectador que mira una obra falsificada.

La falsificación en el arte ha sido un problema que por lo regular solo preocupa a los interesados en el circuito comercial de coleccionistas, museos, galerías, etcétera. Sin embargo, en esta ocasión el asunto interesó también a un grupo de neurólogos de la Universidad de Oxford, quienes examinaron la reacción cerebral que experimenta una persona ante una obra de arte falsa o que otro nos dice que es falsa.

Los investigadores escanearon el cerebro de 14 voluntarios mientras les mostraban distintos retratos de Rembrandt, algunos auténticos y otros no. Como era de esperarse, el cerebro no podía determinar por sí mismo la autenticidad de las pinturas, pero si otra persona le comunicaba al examinado el verdadero valor de la imagen, entonces la actividad cerebral sí cambiaba significativamente.

Si se le decía a la persona que se encontraba frente a un original, entonces se activaban las zonas del cerebro ligadas a una sensación de recompensa o experiencias placenteras como degustar una buena comida o ganar una apuesta. Por otro lado, al decirle que se trataba de una falsificación, el cerebro reaccionaba de manera un tanto compleja, activándose zonas del córtex frontopolar y el precuneo derecho al parecer involucradas no tanto en la desestimación inmediata de la obra de arte, sino en un proceso de valorización de sus méritos estéticos, sugiriendo que nuestros juicios en este ámbito van más allá de una simple reacción visual.

“Estos resultados muestran que la reacción al arte es ‘no racional’ en tanto los espectadores reaccionan a lo que les dicen sobre una pieza artística, sin importar si es verdaderamente genuina”, declaró Martin Kemp, uno de los profesores de Oxford involucrado en el estudio, quien también quisiera repetir el experimento pero con personas expertas en arte (acaso para saber si los conocimientos adquiridos sobre una obra o un pintor modifican las reacciones del cerebro ante una obra auténtica o una falsificación)

El estudio tiene, sin duda, cierto grado de controversia, pues si bien es cierto que muchos hemos juzgado una película, una pieza músical o cualquier otro ejemplar artístico según los parámetros de otra persona en cuyo criterio confiamos (el crítico de un periódico, un amigo al que reconocemos capacidades intelectuales superiores, etc.), no es menos cierto que si bien el arte, al menos desde una perspectiva tradicional o canónica, surge en un ambiente personalísimo e íntimo, es evidente que se juega en sociedad, que se reconoce, evalúa o desecha en sociedad, que incluso, desde cierta perspectiva, no sería posible sin el medio social del que surge y al que termina por dirigirse. En este sentido no sería descabellado pensar que quizá una o dos de esas que estamos habituados a llamar obras maestras se coló en esa clasificación por casualidad, porque a alguien se le ocurrió alabarla en sus méritos, quién sabe si seriamente, y deslizar su juicio al oído de las multitudes, sedientas de opiniones más autorizadas que las suyas.

[Huffington Post]