*

X

Arqueólogo propone conservar los grafitis de los Sex Pistols como si fueran pinturas rupestres

Arte

Por: pijamasurf - 11/23/2011

En una propuesta para algunos controvertida y chabacana, un arqueólogo inglés llama a preservar como si se tratara de pinturas paleolíticas los grafitis hechos por los miembros de Sex Pistols en una casa que la banda arrendó en los años 70.

John Schofield es arqueólogo y profesor en la Universidad de York, Inglaterra, y cuenta con una sólida carrera académica en su especialidad. En estos días su nombre causó cierto revuelo, sin embargo, no por un descubrimiento notable que haya realizado en alguna comarca perdida de una tribu ignota, sino por una propuesta que para algunos resultó poco seria y quizá hasta indigna de un reputado universitario.

Schofield consideró la posibilidad que unos trazos hechos por los miembros de Sex Pistols, la icónica e iconoclasta banda del punk londinense, en las paredes de una vivienda que estos rentaron a mediados de la década de 1970 se conserven con el mismo celo e intención con que se preservan las pinturas rupestres de nuestros antecesores más remotos.

No importa, dijo, que su contenido sea más bien grosero y ofensivo, sino que forman parte de una época sumamente especial en la historia cultural reciente del Reino Unido y también de otros países anglosajones.

El inmueble se localiza en la mítica Denmark Street, en pleno corazón de Londres, y algunos investigadores analizan la posibilidad de que se coloque ahí una placa que distinga el lugar por su relevancia histórica, acaso un reconocimiento mucho más mesurado que el propuesto por el Dr. Schofield.

Los dibujos que este arqueólogo llama a conservar consisten en ocho caricaturas hechas casi todas por el vocalista de Sex Pistols, John Lydon —(a) Johnny Rotten—, de él mismo, los miembros restantes de la banda, su representante Malcom McLaren y otros socios.

“¿Podría ser Denmark Street el Lascaux del punk?”, se pregunta Schofield, en alusión a las célebres grutas al suroeste de Francia donde se encontraron algunas de las más notables y mejor conservadas pinturas del Paleolítico. Y agregó:

Nuestro llamado es algo que sigue directamente la actitud del punk hacia lo mainstream, hacia la autoridad, contradiciendo las normas y desafiando las convenciones. Este es un sitio importante, histórica y arqueológicamente, por el material y la evidencia que contiene. ¿Pero deberíamos mantenerlo para el beneficio de esta y futuras generaciones?

En nuestra opinión, a la anti-herencia se aplican diferentes reglas. El edificio es indudablemente importante, y podría cumplir con los requisitos para conseguir una placa azul, si no ahora, con el tiempo.

Por otra parte una de las voces que criticaron la propuesta y se alzaron contra Schofield fue la de Jonathan Jones, uno de los críticos de arte más añejos del periódico inglés The Guardian. La opinión adversa de Jones al respecto se centró en la función que debería cumplir la arqueología, ahora y siempre:

[…] Todo en nuestra cultura glorifica lo inmediato, lo contemporáneo y —como George Costanza alguna vez dijo sobre Seinfeld— “las cosas sobre las que no tenemos que pensar mucho”. La arqueología tiene la vocación subversiva de resistir a esta cultura superficial y hacernos reconocer la existencia de pasados profundamente diferentes en nuestro propio suelo.

Las recientes noticias que han irrumpido sobre el “arte rupestre” de los Sex Pistols muestran cómo estos arqueólogos desilusionados solo están asumiendo los prejuicios de la cultura moderna. Por supuesto que la gente amaría que le dijeran que los Pistols son mucho más más importantes que el pasado remoto. Pero no hay nada absolutamente subversivo en semejante afirmación. Es la estupidez cliché de nuestra época. La arqueología tiene el deber de ser diferente; este ridículo argumento traiciona su vocación.

Quizá, como piensa Jones, este sea un signo de la banalidad que ha tendido al exceso en los últimos años, pero también podemos concederle a Schofield la proposición de una nueva idea de pasado o de conservación, ese pasado inmediato que a veces, por tenerlo demasiado cerca, despreciamos sin algún otro motivo más allá de la proximidad, en oposición al pasado remoto que casi siempre glorificamos justamente porque lo tenemos demasiado lejos.

[Guardian]

Muere Svetlana Stalina, la última hija de Stalin

Arte

Por: pijamasurf - 11/23/2011

A la edad de 85 años y víctima de cáncer de colón, falleció la única hija de Stalin y también la última de sus hijos sobrevivientes; azar y tragedia, la única herencia del dictador para su progenie.

El pasado 22 de noviembre falleció en Richland County, Wisconsin, la única hija que procreó Stalin y también la última de sus hijos sobrevivientes. Aunque al nacer, el 28 de febrero de 1926, su padre la bautizó como Svetlana Stalina, luego de sortear numerosas circunstancias adversas se asentó por fin en Estados Unidos, donde se casó con William Wesley Peters, en 1970, y cambió su nombre al de Lana Peters.

Como sucede habitualmente con la estirpe de los grandes, a quienes la sombra de su padre o su madre cubre casi durante toda su vida sin abandonarlos nunca, la hija de Stalin vivió siempre perseguida por su pasado y su ascendencia. Una persecución agravada por el hecho de que se trató de la hija de un derrotado, del monstruo más terrorífico de ese poso infecto que fue el comunismo de Estados.

Peters, además de escribir un par de autobiografías, lidió con su pasado y su identidad de diversas maneras. Por ejemplo, las religiones. Por ejemplo, los viajes. Por ejemplo, enamorándose. Viajó a la India, de donde pasó después a Europa, Estados Unidos, un breve regreso a Moscú en 1984, a Georgia, de regreso a Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Inglaterra. Asimismo, ella misma aseguraba que había vivido durante un tiempo en una pequeña cabina sin electricidad al norte de Wisconsin, en un convento católico en Suiza y en un hogar para ancianos con problemas emocionales en Londres.

“No puedes arrepentirte de tu destino, pero yo me arrepiento de que mi madre no se haya casado con un carpintero”, dijo alguna vez, acaso en el límite de la melancolía y la frustración, Lana Peters.

Adolescente mientras su padre batallaba contra el ejército alemán, Svetlana Stalina sufrió desde su niñez y juventud severos altibajos que terminaron por complicar su desarrollo posterior: a los 6 años, aparentemente sin comprenderlo del todo, se suicidó Nadezhda Alliluyeva, la segunda esposa de Stalin; algunos años después uno de sus hermanos, Yakov, fue hecho prisionero por los nazis, y como su padre rehusó intercambiarlo por un general alemán, estos lo ejecutaron; a su primer amor, un director de cine judío, su padre lo desterró a Siberia por 10 años; quiso estudiar literatura, pero su padre se lo prohibió y le ordenó en cambio que se decidiera por la historia, lo cual aceptó y, también a petición de Stalin, derivó después hacia la enseñanza.

En su madurez su vida no fue menos azarosa e incluso trágica. Se casó con un compañero estudiante suyo judío y tuvo con él un hijo. Se divorció. Años después se enamoró de un comunista indio, con cuyas cenizas (porque murió antes de llevar el romance a algo más serio) tuvo el pretexto para salir de la URSS y, en Nueva Delhi, evadir la vigilancia de la KGB para pedir asilo en la embajada norteamericana. Y si bien el entonces presidente Lyndon B. Johnson la aceptó, ello no impidió que el servicio secreto ruso tuviera planes de asesinarla.

Durante la Guerra Fría Peters (en ese entonces Ms. Alliluyeva) fue una de las más intensas opositoras a la URSS y su sistema, del que dijo que era “profundamente corrupto”. También habló mal de su padre y del juicio que el Kremlin llevó a cabo en contra de un grupo de disidentes en 1968. Curiosamente en Estados Unidos, al menos en esta época, la hija de Stalin no buscó el mismo anonimato que prefirió en otros países.

Sin embargo, esta actitud se revertiría pasados varios años, en 1984, cuando Peters comenzó a quejarse pública y notoriamente de Estados Unidos y su modo de vida. Decía, por ejemplo, que no había conocido ni un solo día de libertad desde que había adoptado el país como residencia fija. “¡Ustedes son salvajes! ¡Son gente invicilizada! ¡Adiós a todos ustedes”, dijo a un reportero estadounidense que la entrevistó en Moscú poco después de su regreso.

Con todo, volvió a Estados Unidos apenas dos años después. Pero el mundo era otro y su salida de la agonizante URSS poco importó a las altas autoridades o a la opinión pública de ambos países. Peters regresó pobre y extraviada, sin saber ni siquiera en su vejez qué eran la tranquilidad o el sosiego. Sobre todo porque adondequiera que fuese la acompañaba el recuerdo de su padre, del que nunca pudo desprenderse.

“Él rompió mi vida. Quisiera explicarlo. Rompió mi vida”, dijo en cierta ocasión. Y en otra: “Donde vaya, aquí o en Suiza, o en India o donde sea. Australia. Alguna isla. Siempre sere prisionera política del nombre de mi padre”.

[NYT]