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Televisores cubanos, ¿emblema de penuria o de liberación material? (FOTO)

Arte

Por: pijamasurf - 08/02/2011

La lente de Simone Lueck nos ofrece una serie de fotografías con un extravagante protagonista: viejos televisores varados en la isla de Cuba; desechos tecnológicos todavía en uso que nos invitan a reflexionar sobre el excesivo valor que damos a la novedad y el “update” en la vida contemporánea.

La “condición insular” —fórmula que parecería apropiada también para nombrar algún raro trastorno de la mente o la personalidad— alude al particular desarrollo que una isla experimenta a lo largo de su historia, especialmente si, como en Japón e Inglaterra, esta sirve de territorio a una población de número considerable que poco a poco ha ido edificando ahí su país natal (aunque también, en el caso de la evolución natural, la flora y fauna de una isla son sumamente peculiares, como en Madagascar o Tasmania). Al estar separadas de tierra firme, rodeadas únicamente de aguas no siempre tranquilas y navegables y relativamente alejadas del continente, en loca carrera entre la población y los recursos disponibles, las islas adquieren un estatus especial, obligando a sus habitantes a imaginar formas de adaptación novedosas o, en el peor de los escenarios, llevándolos a la conquista y colonización de territorios aledaños, como pasó con los imperios inglés y japonés en el siglo XIX.

Sin embargo, en Cuba, aunque también una isla, la situación actual y desde las últimas décadas del siglo pasado es diametralmente opuesta a la de dichas naciones de supuesto súper desarrollo. La vanguardia tecnológica de Japón o el altísimo costo de la vida en Inglaterra contrastan brutalmente con la estrechez en la que vive la población cubana. Si bien sus índices de alfabetización y salud se ubican entre los mejores del planeta, los cubanos han tenido que sobrellevar la marginación en muchos de los aspectos que en otros países de Occidente consideraríamos habituales —o que incluso pensamos imprescindibles, aunque no lo sean tanto.

Quizá uno de los mejores símbolos de esta banalización de lo necesario o la ornamentación de lo superfluo sea un aparato que, a estas alturas, nos sorprendería encontrar en su forma primitiva de 20 o 30 años de antigüedad, ahora que todos son plasma y pantallas planas y LCD: el televisor.

Como resultado del bloqueo mercantil que Estados Unidos mantiene alrededor de la isla desde 1963, el rezago cubano en televisores es notorio. Los modelos que sirven en los hogares cubanos como instrumentos de información, pero también de entretenimiento, son, en cierta forma, desechos de otra época y también de otras latitudes, provenientes sobre todo de Estados Unidos y Rusia (o la extinta URSS). Con solo dos estaciones controladas, como el resto de los media, por el gobierno, los cubanos sintonizan en esos anquilosados aparatos noticias, transmisiones deportivas (léase béisbol), programas educativos, telenovelas y películas de Hollywood.

Los curiosos retratos que presentamos a continuación se los debemos a la lente del fotógrafo Simone Lueck, cuya mirada supo resaltar al televisor como protagonista de la serie y emblema de la precariedad, insertándolo al mismo tiempo en el contexto de penuria material en el que se desarrolla la vida cotidiana en Cuba.

Sin embargo, más allá de inclinarnos por una postura o por otra, de emprender una encendida defensa del sistema cubano o de unirnos a sus detractores, las imágenes nos invitan a reflexionar al menos sobre un aspecto: la tiranía de la novedad y la perpetua actualización a la que nos somete este modo de vida en el que consumimos, tanto como podemos (que nunca será tanto como quisiéramos), todos esos gadgets que creemos indispensables para completar nuestra existencia, sin ver que, después de todo, podrían no ser tan importantes.

 

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La más reciente película de Woody Allen puede verse como una revalorización crítica del presente, de esta realidad que tenemos y, más importante, en la que estamos obligados a actuar.

La tarde de ayer vi, finalmente, Midnight in Paris, la más reciente película de Woody Allen. Lo digo así, como aliviado, porque sin duda una película de Allen es ahora un must-see, un “producto”, si se me permite la expresión, que debe adquirirse siquiera para tener tema de conversación ocasional con el amigo, conocido o pariente cuyos gustos cinematográficos, culturales o de entretenimiento se cruzan en la zona «Woody Allen» con los nuestros.

Por fortuna Midnight in Paris, sin importar que sea una mercancía impresa con el inconfundible sello del director neoyorquino últimamente avecindado en Europa, supera por mucho esa pobre clasificación. Es un producto de consumo, nadie lo niega, y quizá uno tan alienante como cualquier otra película hollywoodense, rayana (con perdón de los allenofílicos) en las fantasías más opiáceas de Disney si se ve solo superficialmente, sin embargo, no sería una buena película si ese cuento de hadas parisino se quedara en eso, en la fantasía simplona e irrealizable, ciega ante ese gigantesco cliché («Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo») en que quedó convertida la capital francesa, particularmente para quienes no participan de su fasto y esplendor, luego de ser durante casi todo el siglo XX el polo más importante de las vanguardias artísticas, el cenáculo desde donde se regaban para el resto del mundo las técnicas más novedosas, la crítica más despiadada, el canon más selecto y las obras más arriesgadas lo mismo en literatura que en música o pintura que en el resto de las artes y otras disciplinas del pensamiento. No es gratuito que Allen haya elegido esta profusa época como el imán que atrajera y cautivara la atención de los espectadores, acaso la mayoría nostálgicos irredentos o al menos románticos animosos de esa inigualable y casi cósmica conjunción de talento y originalidad, irrepetible no solo por todo el genio ahí reunido, sino también por cierto halo de comunión que a todos rodeaba y cobijaba, una cierta solidaridad que por momentos parecía —o así se ve con el lente de la nostalgia— sobreponerse al ego propio de los artistas, a su testarudez infantil e insoportable.

Pero, como decía, esta no es una de las llamadas películas “de época”, es decir, no intenta retratar aquella década ni la vida y las tribulaciones de esa para la que Gertrude Stein, según cuenta Hemingway en Fiesta y seguramente otros en sendos lugares, en un momento de ingenio y lucidez, acuño el epíteto de “generación perdida”. Nada de eso. Allen se acerca a esta etapa de la historia de las artes sí con candoroso respeto —acaso el mismo que el protagonista demuestra la primera vez que conoce a alguno de aquellos figurones: los Fitzgerald, Hemingway mismo, T. S. Eliot, etc.— pero, más importante, si no de manera crítica, sí con algo que freudianamente podríamos llamar “principio de realidad”.

No sin maestría Midnight in Paris oscila entre la realidad y el delirio —y por momentos amenaza con caer definitivamente en este, como le sucede (¿pero le sucede?) a Adriana, la amante de Picasso que decide quedarse para siempre en la fantasía de la belle époque. Por cierto, ya que esta  secuencia salió a cuento, vale la pena abrir un paréntesis para hacer notar ese cuádruple juego de reflejos entre la realidad y la ficción, dentro y fuera de la película, que Allen implementa tanto con esta decisión de Adriana como con la iteración del vehículo que permite a tres personajes transportarse en el tiempo, introduciendo las clásicas paradojas que gracias a Einstein (o con mayor probabilidad a Back to the Future) sabemos que se producirían si esos intercambios entre presente, pasado y futuro fueran posibles fuera de una realidad imaginada y contenida como la cinematográfica.

Quizá podría decirse, sin pretensiones de extraer una moraleja del relato, que ese es uno de los nodos de la película: la reconciliación del continuum que llamamos historia o vida o realidad que solo por comodidad o por regocijo íntimo fragmentamos. La aceptación última de que este presente, esta realidad, sin importar que sean o no reales, son lo único que tenemos, sin que esto implique que sean poca cosa: es más que suficiente darnos cuenta que aquí y ahora confluyen todas las épocas y todos los hombres, «siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí».

Aun así, es como si cayéramos de un abismo a otro, de los túneles interminables de la intercomunicación temporal a la abisal fosa de la conciencia. Con todo, el problema no es irresoluble. Existe una manera simple, aunque ardua, de salvar el delirio, de escapar tanto del laberinto de la añoranza por el pasado como del callejón sin salida del solipsismo: la acción. Hacer algo: siempre según nuestra certidumbre íntima, eso que cada uno cree su vocación, su llamado, su razón de ser. Escribir, como el protagonista. Filmar películas, como Allen. Lo que sea, pero hacer siempre algo. Atento al pasado, pero no su cautivo. Seguro de sí, no enamorado de sí.

«Sin embargo, en el arte no existe iniciador ni precursor (cuando menos en el sentido científico). Todo reside en el individuo, cada individuo reinicia, por su propia cuenta, la tentativa artística o literaria, y las obras de sus predecesores no constituyen, como en la ciencia, una verdad adquirida de la que se beneficia el siguiente. Actualmente, a un escritor genial le queda todo por hacer. Su situación es más o menos la misma que la de los tiempos de Homero» (Proust, en su Contra Sainte-Beuve).

Midnight in Paris: no una celebración, sino una resolución por el presente.

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