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Poetas ingleses se desnudan por una buena causa

Arte

Por: pijamasurf - 08/17/2011

Próximamente se pondrá en circulación un peculiar calendario en el que trece poetas ingleses posan desnudos frente a la lente de una mujer. Lírica erótica devuelta al cuerpo por una buena causa: reunir fondos para la investigación de la diabetes.

Pareciera que no solo en México los poetas contemporáneos están pasando de la marginalidad y su voluntario ostracismo creador a la vida pública y al compromiso social con situaciones de atención urgente. Próximamente en Inglaterra será lanzando un calendario en el que unos cuantos poetas posan desnudos con el fin de recabar fondos para el tratamiento y la investigación de la diabetes.

Victoria Bennett, poeta ella misma y cofundadora de Wild Women Press, tuvo la inquietud de hacer algo por los enfermos de diabetes tipo uno luego de que su hijo de dos años fuera diagnosticado con este mal. Además, para conjuntar esta idea con su profesión y también con la organización que impulsa y la cual está dedicada a apoyar la labor literaria de las mujeres, pensó en reunir a colegas suyos y fotógrafas para dar vida a este audaz proyecto.

El calendario consiste en trece poetas hombres (algunos de veintitantos años y otros sexagenarios) que posaron frente a la lente de igual número de fotógrafas —doce por los meses del año y el adicional “para todas esas cosas que nunca te da tiempo de hacer”. Sabemos que el patrón habitual en este tipo de productos basados en la exposición mercantilista del cuerpo es que sea la mujer la que se somete a la mirada mecánica de un hombre, sin embargo, Bennett propuso no solo invertir este modelo cultural para intentar no reproducirlo, sino también jugar un poco con la idea igualmente generalizada de la musa como mujer que dicta al poeta los versos que lo llevarán a la inmortalidad; en este caso se intenta sugerir la idea del “hombre musa” que inspira a la mujer detrás de la cámara.

Por si esto no bastara, los modelos tampoco se desnudaron así como así ni las fotógrafas se apresuraron a captar los efímeros cuerpos del poeta. Los actos de la desnudez y la fotografía se sustentan en un poema escrito para la ocasión por una poeta inglesa. De tal suerte que las imágenes resultantes son, por decirlo de alguna manera, la encarnación viva de un poema exclusivamente pensando para ese momento: palabra devuelta al cuerpo del que sale para convertirse en poesía.

El escenario de las imágenes fue Greta Hall, residencia campestre en la que habitaron dos de los más grandes poetas románticos ingleses, Robert Southey y S. T. Coleridge, y que actualmente funciona como hotel. Entre los poetas fotografiados se cuentan Antony Dunn (de 38 años), Alan Buckley (de 46) y Max Wallis (de 21); en cuanto a las fotógrafas se mencionan los nombres de Annabel Williams y Tamara Peel; las poetas convocadas para contribuir con su talento lírico son Wendy Cope, Penelope Shuttle, Moniza Alvi y Pascale Petite, entre otras.

En suma, una interesante comunión entre el cuerpo, la palabra y la imagen, sin olvidar, claro, al mundo terrenal: el dinero recaudado por la venta del calendario se donará íntegro a la investigación de la diabetes, además del que se consiga al subastar las trece fotografías originales.

 [The Guardian]

La más reciente película de Woody Allen puede verse como una revalorización crítica del presente, de esta realidad que tenemos y, más importante, en la que estamos obligados a actuar.

La tarde de ayer vi, finalmente, Midnight in Paris, la más reciente película de Woody Allen. Lo digo así, como aliviado, porque sin duda una película de Allen es ahora un must-see, un “producto”, si se me permite la expresión, que debe adquirirse siquiera para tener tema de conversación ocasional con el amigo, conocido o pariente cuyos gustos cinematográficos, culturales o de entretenimiento se cruzan en la zona «Woody Allen» con los nuestros.

Por fortuna Midnight in Paris, sin importar que sea una mercancía impresa con el inconfundible sello del director neoyorquino últimamente avecindado en Europa, supera por mucho esa pobre clasificación. Es un producto de consumo, nadie lo niega, y quizá uno tan alienante como cualquier otra película hollywoodense, rayana (con perdón de los allenofílicos) en las fantasías más opiáceas de Disney si se ve solo superficialmente, sin embargo, no sería una buena película si ese cuento de hadas parisino se quedara en eso, en la fantasía simplona e irrealizable, ciega ante ese gigantesco cliché («Me moriré en París con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo») en que quedó convertida la capital francesa, particularmente para quienes no participan de su fasto y esplendor, luego de ser durante casi todo el siglo XX el polo más importante de las vanguardias artísticas, el cenáculo desde donde se regaban para el resto del mundo las técnicas más novedosas, la crítica más despiadada, el canon más selecto y las obras más arriesgadas lo mismo en literatura que en música o pintura que en el resto de las artes y otras disciplinas del pensamiento. No es gratuito que Allen haya elegido esta profusa época como el imán que atrajera y cautivara la atención de los espectadores, acaso la mayoría nostálgicos irredentos o al menos románticos animosos de esa inigualable y casi cósmica conjunción de talento y originalidad, irrepetible no solo por todo el genio ahí reunido, sino también por cierto halo de comunión que a todos rodeaba y cobijaba, una cierta solidaridad que por momentos parecía —o así se ve con el lente de la nostalgia— sobreponerse al ego propio de los artistas, a su testarudez infantil e insoportable.

Pero, como decía, esta no es una de las llamadas películas “de época”, es decir, no intenta retratar aquella década ni la vida y las tribulaciones de esa para la que Gertrude Stein, según cuenta Hemingway en Fiesta y seguramente otros en sendos lugares, en un momento de ingenio y lucidez, acuño el epíteto de “generación perdida”. Nada de eso. Allen se acerca a esta etapa de la historia de las artes sí con candoroso respeto —acaso el mismo que el protagonista demuestra la primera vez que conoce a alguno de aquellos figurones: los Fitzgerald, Hemingway mismo, T. S. Eliot, etc.— pero, más importante, si no de manera crítica, sí con algo que freudianamente podríamos llamar “principio de realidad”.

No sin maestría Midnight in Paris oscila entre la realidad y el delirio —y por momentos amenaza con caer definitivamente en este, como le sucede (¿pero le sucede?) a Adriana, la amante de Picasso que decide quedarse para siempre en la fantasía de la belle époque. Por cierto, ya que esta  secuencia salió a cuento, vale la pena abrir un paréntesis para hacer notar ese cuádruple juego de reflejos entre la realidad y la ficción, dentro y fuera de la película, que Allen implementa tanto con esta decisión de Adriana como con la iteración del vehículo que permite a tres personajes transportarse en el tiempo, introduciendo las clásicas paradojas que gracias a Einstein (o con mayor probabilidad a Back to the Future) sabemos que se producirían si esos intercambios entre presente, pasado y futuro fueran posibles fuera de una realidad imaginada y contenida como la cinematográfica.

Quizá podría decirse, sin pretensiones de extraer una moraleja del relato, que ese es uno de los nodos de la película: la reconciliación del continuum que llamamos historia o vida o realidad que solo por comodidad o por regocijo íntimo fragmentamos. La aceptación última de que este presente, esta realidad, sin importar que sean o no reales, son lo único que tenemos, sin que esto implique que sean poca cosa: es más que suficiente darnos cuenta que aquí y ahora confluyen todas las épocas y todos los hombres, «siglos de siglos y solo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente pasa me pasa a mí».

Aun así, es como si cayéramos de un abismo a otro, de los túneles interminables de la intercomunicación temporal a la abisal fosa de la conciencia. Con todo, el problema no es irresoluble. Existe una manera simple, aunque ardua, de salvar el delirio, de escapar tanto del laberinto de la añoranza por el pasado como del callejón sin salida del solipsismo: la acción. Hacer algo: siempre según nuestra certidumbre íntima, eso que cada uno cree su vocación, su llamado, su razón de ser. Escribir, como el protagonista. Filmar películas, como Allen. Lo que sea, pero hacer siempre algo. Atento al pasado, pero no su cautivo. Seguro de sí, no enamorado de sí.

«Sin embargo, en el arte no existe iniciador ni precursor (cuando menos en el sentido científico). Todo reside en el individuo, cada individuo reinicia, por su propia cuenta, la tentativa artística o literaria, y las obras de sus predecesores no constituyen, como en la ciencia, una verdad adquirida de la que se beneficia el siguiente. Actualmente, a un escritor genial le queda todo por hacer. Su situación es más o menos la misma que la de los tiempos de Homero» (Proust, en su Contra Sainte-Beuve).

Midnight in Paris: no una celebración, sino una resolución por el presente.

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