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Modelo "sexy" de 10 años genera debate en torno a la sobresexualización de las niñas

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/09/2011

Controversia en torno a la representación "sexy" de la modelo Thylane Loubry Blondeau, de 10 años, provoca una reflexión sobre el uso del cuerpo de la mujer, y especialmente de las niñas, por la moda y la publicidad dentro de la sociedad de consumo como una arma mercadológica que tiene profundas influencias en la psique colectiva.

Se dice popularmente que la belleza está en los ojos de quien la mira, pero ¿también la sexualidad es algo que depende del observador? ¿Es necesariamente "malo" que una niña de 10 años sea sexy? Estas son preguntas complejas que han salido a relucir debido a la controversia generada por una imagen de la modelo de 10 años Thylane Loubry Blondeau, presentada en la nueva edición de Vogue Francia y en la que esta joven aparece arreglada como una mujer adulta para una fiesta, en una posición que puede percibirse como coqueta, con un fondo de animal print y  abrazando una piel de tigre .

Esta imagen ha sido descrita como provocadora, sensual y hasta "ardiente" por algunos medios estadounidenses.  Thylan Loubry Blondeau ha aparecido en distintas campañas de moda que ahora, a la luz del revisionismo de su "sexualización", son analizadas como manifestaciones descollantes de la precoz representación de las  niñas como objetos sexuales (esta imagen donde aparece topless ha sido calificada como indecente, aunque ver a una niña así en la playa seguramente sería algo normal y poco escandaloso).

Del hecho se desdoblan varios cursos de discusión. Por un lado es evidente que la industria de la publicidad, en su alianza indivisible con la industria de la moda, ha usado el cuerpo de la mujer como un objeto de deseo sexual, una especie de grial (desacralizado) de la manipulación mercadotécnica, asociando en la mente del consumidor productos con el bienestar que supone estar acompañado e incluso poseer a una mujer hermosa (como si una mujer fuera algo que se puede tener y hasta comprar).

Al mismo tiempo la moda ha creado un paradigma de la belleza femenina que parece permanentemente hacerse más pequeña (más delgada y más joven), como si quisiera llegar a aniquilarse u obtener las cualidades (inasibles) del aire (la sexualidad de una sílfide). Aquí se cimientan nuevos arquetipos, aquel de Lolita que ya penetra el inconsciente colectivo, remediatización de la inocencia perdida, de la virginidad y de la pureza —en un mundo  perverso que se ha internado en "el corazón de las tinieblas" y busca la redención en el cuerpo fugitivo de una niña. Esta imagen de la belleza ideal a veces tiende a volverse enfermiza  —como una niña anoréxica de ojos lucífugos que lo único que quiere es ser famosa y que por la belleza introyectada del colectivo sacrifica su belleza individual: su espíritu.

"Quel maquillage à quel âge?", dice el ancla de texto en la revista Vogue sobre otra imagen de Thylan con los labios llenos de lipstick rojo (¿rojos color sexo o rojos color juego?).

"La investigación claramente muestra que la industria del fashion afecta cómo las niñas y las mujeres se imaginan a sí mismas y su autoestima si no logran ajustarse a la imagen de la industria que está de moda", dice el profesor de la Universidad de Arizona State, Paul Miller.  "Incluso las muy jóvenes son ampliamente conscientes de las imágenes mediáticas de lo que es 'bello' y 'deseable'".

 

Por otro lado es innegable que una niña de 10 años es un ser sexual. No se necesita recurrir a la teoría freudiana, la experiencia cotidiana es contundente. Así que en este caso probablemente estemos viendo no sólo el uso de la imagen como un medio para vender un producto que afecta la psique de las masas ( hace a las mujeres también un producto e implanta imágenes aspiracionales que a veces resquebrajan su propia imagen, y su propia individualidad), también estamos viendo este viejo instinto represivo moralino de la sociedad que prefiere hacer como si los niños no son seres sexuales, ignorar esta sexualidad, ya que justamente atenta, si es que se desarrolla naturalmente, contra su propia sexualidad reprimida, que no pudo desarrollarse naturalmente porque fue suprimida. Un hombre o una mujer que viven en la neurosis y en la insatifacción libidinal temen pavorosamente ver a la juventud que expresa, como una infloresencia, su sexualidad abiertamente y que obtiene sin sobresaltos la desfachatez erótica --puesto que esto es un recordatorio de lo que se niegan a efrentar, un espejo de medusa.

Este miedo y envidia, también  degenera en un deseo pornográfico, por lo cual sí existe cierto "peligro" en la "sobresexualización" de las niñas preadolescentes, ya que puede transmitir en personas susceptibles la imagen de que estas niñas son ideales sexuales, objetos de lujo, inalcanzables consensualmente por lo cual su inocencia y su belleza deben ser robadas.

Pero de cualquier forma es nuestra sexualidad colectiva, nuestra forma de entender el sexo y de hacerlo un producto de consumo lo que hace que la imagen de Thylon pueda tener todas estas connotaciones amenazantes, y no la imagen en sí misma --es nuestra asociación del tigre y el animal print con la promiscuidad y la seducción y es nuestro temor de una niña como un ser capaz de ejercer su sexualidad, lo que, en todo caso, le imbuye una cualidad que, algo exageradadamente, ha sido descrita como "pornografía infantil". Es decir, lo pornográfico está en los ojos de quien lo mira. También el arte.

Hace unos años surgió cierta controversia por las fotografías de David Hamilton, quien se dedicó a fotografiar a adolescentes francesas,  particularemente de St. Tropez, en su despertar sexual. Hamilton fotografiaba a estas bellísimas jóvenes  desnudas y en poses altamente sugerentes, aunque siempre con un gran cuidado estético. Para algunos sus fotos eran arte, para otros una conspicua manifestación de pornografía infantil. No hay duda que las imágenes de Hamilton pueden ser consumidas por pornógrafos en la red de manera abyecta, y también pueden ser apreciadas onírica y angelicalmente como una manifestación de la belleza femenina y su arquetipo de la divinidad.

Todo despende del ojo que observa, pero cada ojo está conectado por una especie de fibra óptica planetaria a todos los ojos --al compartir una cultura: una mente grupal--, y cada mirada afecta un poco tu mirada. Tal que cuando ves a esa niña, también ves como la han mirado todos los hombres que la han mirado  y tu mirada influye en cómo será vista.

[CBS]

Aunque habitualmente Watson y Crick se llevan el crédito por descubrir la estructura del ADN, la historia secreta de este hallazgo está poblada de mujeres.

Con cierta frecuencia la manera en que recordamos los grandes nombres —aquellos que se colaron a la posteridad por un libro, una pintura, una partitura, un descubrimiento notable— suele ser injusta. Es bastante común que se les mencione a solas y se soslaye a quienes de alguna manera, a veces decisiva, contribuyeron en su éxito y su celebridad. Hace poco, por ejemplo, el escritor mexicano Heriberto Yépez refirió el caso de “la mujer que escribió el Manifiesto Comunista”, refiriéndose a Jenny von Westphalen, la aristocrática esposa de Karl Marx, a quien quizá deberíamos concederle al menos la co-autoría de algunos «textos que hoy atribuimos exclusivamente a Karl». Y al parecer esta circunstancia se repitió con la hija menor del matrimonio Marx y también con la segunda hija, Laura, casada con Paul Lafargue, cuya autoría del sugerente panfleto El derecho a la pereza se pone en duda a favor de Laura.

Pero esta historia de los Marx es solo el preámbulo para referir el verdadero asunto de esta nota, que involucra a uno de los dos descubridores —o que se les tiene por tales— de la estructura tridimensional del ADN: Francis Crick. No porque se le regatee a Crick su participación en el descubrimiento, sino porque el consabido dibujo de la hélice genética fue obra —también en este caso— de su esposa, Odile, cuyos trazos recogieron a la perfección la ideas y las descripciones de Francis, yendo a parar tanto al número de Nature en el que se dio a conocer el suceso (en 1953), como a las mentes de quienes tenemos tan hipnótica escalera, casi escheriana, bien grabada en nuestras impresiones. Este es el dibujo original de Odile:

 Y esto no es todo. Es necesario mencionar también que con toda probabilidad Watson y Crick no hubieran pasado a la historia de no ser por la información que Rosalind Franklin consiguió obtener en sus pruebas con rayos X. Se dice que gracias a los resultados de sus experimentos en difractometría, Watson y Crick encontraron la ruta que por fin los conduciría a la infinita hélice del ADN. Por desgracia Rosalind Franklin no fue suficientemente laureada en vida: primero, porque la Universidad de Cambridge, que no admitía mujeres entonces, le negó la posibilidad de obtener su grado universitario; en segundo lugar, porque Franklin murió demasiado joven, a los 37 en 1958, víctima de un cáncer de ovario probablemente causado o vuelto fulminante por su trabajo con la radiación.

Es cierto, como se dice que dijo Newton aludiendo a Galileo y Kepler, que quienes ven más lejos que los demás pueden hacerlo porque están parados en hombros de gigantes. La creación o los descubrimientos, sin importar en qué disciplina se realicen, son siempre una rara especie de obras colectivas, sedimento de tradiciones que alguien —a veces de indudable inteligencia, en otras por afortunado oportunismo— sabe recoger y mostrar como una obra novedosa e inédita.

Sin embargo, más allá de invitarnos a reflexionar sobre el concepto de autor y autoridad, estos dos ejemplos también nos sugieren algo que tal vez parezca menos apropiado para la elucubración teórica, una cuestión de equidad elemental que haga de las páginas de la historia espacios más justos. Si ponemos atención, algo tienen en común todos esos personajes marginados de la celebridad y las letras de oro, cuyas aportaciones son objeto de discusiones y debates y solo recientemente se les restituye su valor. Si nos damos cuenta veremos que Odile, Rosalind, Jenny y Laura son todas mujeres.

[HiLobrow]