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El 0.18% de la población concentra el 45% de la riqueza en México

Política

Por: pijamasurf - 08/04/2011

Datos oficiales muestran que el 45% del producto interno bruto en México se concentra en las manos de solo el 0.18% de la población, un caso de desigualdad extrema sintomático del sistema económico que prevalece .

El nivel de desigualdad que impera en el mundo tiene en México, el país con el hombre más rico, una de sus manifestaciones más deplorables. Datos oficiales muestran que los activos de solo 203 mil 23 inversionistas concentran el 45% del  total de la economía nacional. Este grupo de inversionistas, que equivale al 0.18 por ciento de la población, sumó en junio 6 billones 122 mil 632 millones de pesos, según la Comisión Nacional Bancaria y de Valores.

Siguiendo la tendencia del sistema de aumentar la brecha entre la élite financiera y las clases media y baja, 12.2 millones de mexicanos cayeron en la pobreza en el transcurso de este sexenio.

Mientras tanto, el valor de los activos de los inversionistas en el mercado bursátil ha crecido  53.77 por ciento desde el 2008.

Parte endémica del sistema financiero global parece ser favorecer a los que diseñan el sistema (o lubrican a los que lo diseñan) por sobre aquellos que sirven como mano de obra facilitando los recursos naturales del planeta para la explotación.

[La Jornada]

D. B. Cooper: El misterioso secuestrador de aviones que manchó la historia del FBI

Sociedad

Por: pijamasurf - 08/04/2011

En 1971 un hombre secuestró un avión, recibió $200,000 por sus rehenes y huyó saltando en pleno vuelo, sin que nunca más se supiera nada de él. ¿Por qué el FBI revive ahora el “enigma Cooper” que en cuarenta años nunca pudo resolver?

Sabemos bien que, entre otras consecuencias, el 11-S hizo de la seguridad en los vuelos un asunto prioritario y de medidas que en su exageración parece alcanzar el ridículo. Sin embargo, el secuestro de aeronaves no era, ni siquiera entonces, algo totalmente desconocido, ni en la ficción ni en la realidad. Como ejemplo ficticio recordemos una película menor, totalmente hollywoodense, estelarizada por Harrison Ford, Air Force One (Wolfgang Petersen, 1997). Como ejemplo real —y del cual trata esta nota— el misterioso caso de D.B. Cooper.

El 24 de noviembre de 1971 un hombre en apariencia tranquilo, cuarentón, de traje y corbata como cualquier oficinista o ejecutivo de medio pelo, se acercó al mostrador de la aerolínea Northwest Orient en Portland, Oregon, para comprar un pasaje hacia Seattle que pagó en efectivo y para el cual dio el nombre de “Dan Cooper”. A poco de despegar pidió un trago, bourbon y agua mineral, y se dispuso a disfrutar del vuelo. Sin embargo, no tardó mucho en entregar a una de las sobrecargos una nota en la que aseguraba llevar consigo una bomba escondida en su portafolios, al tiempo que le pedía se sentara al lado suyo. La mujer, que realmente no tenía otra opción, obedeció al pasajero y confirmó su amenaza: ahí junto, en una valija de segunda, el hombre le descubrió un amasijo de cables que, todos supusieron, formaban parte de un circuito explosivo. Con otra nota, escrita por la aeromoza a petición de Cooper y dirigida al capitán del avión, el secuestrador exigía $200,000 dólares en billetes de $20 y cuatro paracaídas a cambio de la vida de sus compañeros de viaje.

Una vez llegados al aeropuerto de Seattle, las autoridades accedieron a las demandas del que ahora llamarían “terrorista” y le entregaron el dinero y los paracaídas a cambio de los 36 pasajeros a bordo del Boeing 727, mismo que volvió a alzarse con rumbo a la Ciudad de México. Pero antes de arribar a su destino, en pleno vuelo y, según se piensa, sin saber exactamente dónde se encontraba, Cooper saltó de la aeronave y nunca más se supo nada de él.

Cooper murió para el gran público y solo sobrevivieron los rumores y los enigmas de su aventura. Se dijo que actuó solo, porque acordar con un cómplice el momento y lugar del salto sería prácticamente imposible. También se presumió que tenía una amplia experiencia, que quizá sería un renegado paracaidista de sólida formación, pero esta hipótesis también quedó desechada: “Ningún paracaidista experimentado habría saltado en una noche tan oscura, en medio de la lluvia y con un viento de 300 km/h pegándole en la cara, de mocasines e impermeable; simplemente sería demasiado arriesgado”, dijo en 2007 Larry Carr, agente especial del FBI, la instancia encargada de fracasar en la investigación del crimen, ya que nunca pudo descubrir la verdadera identidad de Cooper ni saber de su paradero o el del dinero. Quizá para salir del paso y no admitir que habían sido burlados por un personaje ciertamente hábil, el FBI dijo que muy probablemente Cooper no había sobrevivido al salto.

En medio de tantas conjeturas y falsas pistas que ciudadanos bien intencionados enviaron a la agencia, el único rastro seguro para ir en busca del hombre fue un fajo de billetes que un niño de ocho años, Brian Ingram, encontró en la ribera del Columbia, cerca de Vancouver, Washington, zona donde vacacionaban el niño y su familia. Tres paquetes notoriamente deteriorados en los que, a pesar de todo, los billetes todavía estaban unidos por ligas de plástico; análisis posteriores revelaron que su número de serie coincidía con algunos de los que le habían sido entregados a Cooper. Dos paquetes de 100 billetes y uno de 90 para hacer un total de $5,800 dólares (recordemos que Cooper había pedido solo billetes de $20). Sin embargo, todo esto sucedió en 1980, tres años después del incidente, y lo único que provocó fue la multiplicación de las sospechas y las deducciones sin conclusiones reales. Una de las más extravagantes, sugerida entonces por el editor de un periódico local, proponía que en algún momento de la travesía posterior al salto Cooper, a solas en una región inhóspita y acaso desconocida, cayó en cuenta de que nunca podría gasta el dinero (sobre todo por los controles puestos por las autoridades, entre ellos el registro de los números de serie), razón por la cual habría decidido incinerar una parte y arrojar al río otra y, totalmente desesperado o fuera de sí, prenderse fuego él mismo. Aunque posible, esta cadena de circunstancias parece salido de la imaginativa y desmesurada mente del periodista, aunque sería sorprendente que su intuición al final se revelara certera.

Sea como fuere, aunque el caso siempre ha sido una piedra en el ancho y pesado zapato del FBI, ahora vuelve al panorama público porque casi cuarenta años después Ayn Sandalo Dietrich, vocera del Buró, asegura que sus agentes andan tras los pasos de un nuevo sospechoso, acaso uno que sí sea el verdadero Cooper. “La pista es alguien cuya posible relación con el secuestrador sea fuerte”, dijo Dietrich. Al parecer este “alguien” entregó al FBI un objeto que podría tener impresas las huellas digitales de Cooper: “Sería una pista significativa y la más prometedora que tenemos hasta la fecha”, concluyó la vocera.

Pero, quién sabe, quizá todo esto no sea más que una historia de las agencias norteamericanas para distraer al gran público con un enigma de tintes detectivescos.

[boingboing]