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La memoria humana en tiempos de Google (de Akasha a Internet)

Estudios muestran que Google está alterando nuestra memoria, pero ¿es esto un peligro para nuestra inteligencia o parte del proceso de la materialización de la conciencia colectiva —donde nuestra memoria se distribuye por todas partes de forma holográfica?

Por: Alejandro de Pourtales - 18/07/2011 a las 13:07:56

 

Así es, lector, innumerables son las misteriosas caligrafías de la desdicha y de la alegría que se han inscrito sucesivamente sobre el palimpsesto de tu cerebro; y como las hojas estacionales de los bosques aborígenes, o las nieves indisolubles del Himalaya, o la luz cayendo sobre la luz, interminables bloques se han cubierto el uno al otro en el olvido. Pero a la hora de la muerte, por una fiebre, o por las excursiones del opio, todas estas pueden revivir en fuerza. No están muertas, sino dormidas.

Thomas de Quincey, The Palimpsest of the Human Brain

Según la filosofía hindú el universo cuenta con una especie de memoria de todo lo que ocurre que se conoce como los registros akashicos. La palabra akasha en sánscrito significa éter; es decir, son los mismos átomos que permean el espacio, según explica la teosofía, los que a manera de una memoria Wi Fi holográfica almacenan toda la información que se genera —esto es lo que permite que el karma pueda actualizarse constantemente. El universo entonces es descrito como una biblioteca inmensa y posiblemente infinita.  Pero con la tecnología cambian las metáforas y ahora creemos que hay formas más eficientes de almacenar la información, por lo cual en vez de invocar una biblioteca con sus largos anaqueles que simulan el espacio cósmico, para economizar diríamos que el universo es como una supercomputadora. Aunque Internet no es precisamente una supercomputadora, es lo que más se acerca a nuestra manera de asimilar esta imagen —una supercomputadora (etérea) que procesa toda la información del universo; es aquello que integra a todas las computadoras, a todas las mentes y a toda la información que circula entre estos nodos. Es lo que lleva el registro de nuestra interacción con la información; casi podríamos decir, con el advenimiento de las redes sociales y de la blogósfera, que es lo que registra todo lo que decimos e incluso lo que pensamos.

Cuando pensamos en Internet, pensamos en Google. Este motor de búsqueda se ha convertido en la estructura, en el cuerpo, digamos, por donde fluye la información —el espíritu— y es a través de su anatomía omnipresente  que encontramos las direcciones para llegar hacia lo que buscan nuestros procesos cognitivos.

Es una obviedad que Internet y los motores de búsqueda están afectando nuestra memoria —básicamente haciéndola externa. Esto recientemente ha generado una especie de preocupación memética tecnofóbica en la Red.  Y sin embargo, según el concepto de akasha, nuestra memoria ya era externa antes de Google (o de la imprenta),  estaba distribuida en todas partes (al igual que Internet está en todas partes del planeta ahora, solo es necesario conectarse).

Un reciente estudio realizado por  la Dra. Besty Sparrow de la Universidad de Columbia ha circulado en la red, reabriendo la ancestral discusión sobre si la tecnología nos hace menos o más inteligentes y en este caso si afecta nuestra memoria negativamente.

Sparrow y sus colegas le pidieron a los participantes de su experimento que recordaran trivias como “el ojo de un avestruz es más grande que su cerebro”. A la mitad de los sujetos se les dijo que estos datos iban a guardarse en una computadora y a la otra mitad que serían borrados.

Los sujetos del experimento recordaron más información cuando se les dijo que no iban a poder encontrarla después, relevando de su esfuerzo mnemónico a la computadora.

En un segundo experimento se les planteó lo siguiente: “Si te preguntan  ‘¿existen países con banderas de un solo color?’, por ejemplo, ¿piensas en banderas o inmediatamente te conectas a la red para obtener la respuesta?”

En este caso se les pidió que recordaran la trivia de este enunciado (los países con banderas de un color) y en qué fólder de la computadora estaba guardada. Los participantes recordaron con mayor efectividad el lugar en el que estaba guardada la información que la información en sí misma.

Este experimento sugiere que lo que está en marcha es lo que se conoce como memoria transactiva —en la que dependemos de los demás como material de referencia para almacenar información. Es decir, yo no me tengo que acordar de los nombres de las calles y de qué ruta seguir porque le puedo preguntar a un amigo que conoce bien la zona. O cuando quiero saber algún detalle técnico de mi automóvil o de mi computadora le pregunto a un amigo mécanico o programador, pero no me molesto en aprenderme los nombres de esas cosas porque a mí realmente no me interesan. Claro que actualmente la mayoría de las veces ese amigo es Google.

“De la misma forma en la que aprendemos a través de la memoria transactiva quién sabe qué en nuestras familias u oficinas, estamos aprendiendo lo que la computadora ‘sabe’ y cuándo debemos de poner atención a dónde hemos guardado información en nuestras memorias basadas en computadoras. Nos estamos volviendo simbióticos con nuestras herramientas computacionales, nos convertimos en un sistema interconectado que recuerda menos pero sabe dónde puede encontrarse esa información”, dice Sparrow.

Por citar un ejemplo interactivo, el epígrafe de este artículo, el fragmento de Thomas De Quincey, lo encontré buscando en Google. Hace algunos años leí un libro en el que el autor inglés narra sus aventuras con el opio; el libro me había dejado especialmente marcado por un episodio en el que de Quincey describe el surgimiento de una memoria lejanísima, de su infancia, que  en luminosa reminiscencia le hace pensar que el olvido no existe, las memorias entran en estados inertes, en un sueño profundo, pero pueden despertar dadas las condiciones y combinaciones correctas —como puede ser el opio o una sintonía neural propicia. Yo no recordaba la frase textual de esta cita, lo que tenía era una noción, como una humareda violeta, de que De Quincey había dicho antes (y mejor) lo que yo quería decir en este artículo.  Combinando una serie de palabras claves en Google llegue  a la frase que quería y a otras más que no conocía. En una licencia literaria, les comparto la siguiente:

«En cierta etapa de su descenso, un golpe pareció estremecerla, una radiación fosfórica surgió de sus ojos; e inmediatamente un  majestuoso teatro se expandió dentro de su cerebro. En un momento, en un parpadeo, cada acción, cada diseño de su vida pasada, se vivió otra vez, ensamblándose no como una sucesión sino como partes de una coexistencia. Fue una luz la que cayó sobre el camino de su vida hacia las sombras de la infancia, como la luz, quizás, que envolvió al apóstol elegido en su camino a Damasco. Y, sin embargo, esa luz hizo ciego por una temporada; pero la de ella derramó una visión celestial sobre su cerebro, tal que su conciencia se fijó omnipresente en cada detalle de esa infinita revisión».

Yo no tenía ningún recuerdo de esta especie de experiencia cercana a la muerte descrita por de Quincey y sin embargo estaba en mi memoria porque estaba en Google. Si bien me costaría trabajo memorizar más de una oración,  no solo puedo acceder con facilidad a este párrafo completo sino a un patrón de información relacionada que se reconsolida a través de mi búsqueda. Si pudiera buscar únicamente en mi cerebro, solo hubiera podido obtener la primera frase.

«Cuando formamos o ‘consolidamos’ una memoria personal, también formamos asociaciones entre esa memoria y otras memorias que son únicas e indispensables para el desarrollo del conocimiento conceptual profundo. Las asociaciones, más aun, continúan cambiando con el tiempo, mientras aprendemos y experimentamos más cosas. Como entendió Emerson, la esencia de la memoria personal no son los datos discretos o las experiencias que almacenamos en nuestra mente, sino ‘la cohesión’ que embona esos datos con las experiencias. ¿Qué es el ser sino el patrón único de esa cohesión?».

Esto fue dicho por Nicholas Carr, quien hace un par de años escribió el artículo casi viral «Is Google Making Us Stupid?», donde dice que «en la medida en la que recurrimos a las computadoras para mediar nuestro entendimiento del mundo, nuestra propia inteligencia es la que se aplana hacia una inteligencia artificial».

Esperemos que esto no sea demasiado complejo, pero ahora recordemos, así sin consultar en Google, la definición básica de la conciencia de Daniel Dennet, quien más o menos señala que la conciencia es lo que gana —y surge a la superficie como ganador— del proceso de competencia que ocurre entre nuestras redes neuronales: de los milllones de impulsos, estímulos y procesos cerebrales, aquel al que le prestamos atención, aquel que vence en el proceso de neuro-selección, ese (o eso) es la conciencia. La punta del iceberg de tu mente (lo que te genera leer esto en este instante).  Esta es una definición bastante reduccionista, pero nos sirve para ver —para tomar conciencia— que parte importante de nuestra conciencia es lo que no recordamos. No prestarle atención a una gran cantidad de información sensorial y datos acumulados es lo que nos permite elaborar distintos procesos de pensamiento. En cierta medida es necesario liberar espacio de nuestro disco duro para que podamos atender el presente o una tarea específica que queremos hacer consciente, de otra forma estaríamos anegados. Poder delegar a Google una gran cantidad de información “trivial”, de alguna manera nos permite construir un proceso de pensamiento que se basa más en patrones, en redes de relaciones y en conceptos que en la mera memorización de datos. Es decir nos hace —o nos da el espacio para ser— menos como una computadora y más como el pensador  humanista al que alude Emerson, capaz de reconocer patrones y asimilar experiencias. Hay que hacer hincapié en que esto no es algo que necesariamente ocurre, pero que puede ocurrir justamente por el espacio que se libera, si se emplea este espacio libre para concentrarse en las funciones más altas y complejas del pensamiento. Por ejemplo, este espacio de disco liberado por Google en este momento está siendo usado para reflexionar sobre Google, como un acto de autoconciencia.

Este olvido necesario, sin embargo, es solo la simulación del olvido, porque como supo de Quincey y adivinó Jorge Luis Borges, en un universo informático como el nuestro, el olvido no existe. Según el modelo holonómico del neurocientífico Karl Pribram, el cerebro humano almacena toda su memoria en todas partes, de tal forma que la totalidad puede ser reconstruida en cada parte, como un holograma. Aeolus Kephas, por su parte, va más allá, y en su libro Homo Serpiens sugiere lo siguiente:  “Sería razonable proponer que —ya que la humanidad está conectada en algún punto de la línea por el intercambio de genes a través de la amitosis (el sexo)— las memorias ancestrales, cuando accesadas en su totalidad, se extendieran a toda la raza de una persona y más allá a toda la especie humana”. Esta “memoria de la sangre” nos presenta al ADN como una especie de supercomputadota microcósmica, una versión molecular de Akasha.

En un sentido estrictamente funcional, el cerebro humano solamente trae a la superficie la información que le es útil para resolver la tarea que se ha impuesto. Pero si por alguna razón, como ocurre quizás en la muerte, le es importante recordar información más profunda, que tal vez no se limita a su sola vida, tiene la posibilidad de acceder a esas memorias. En este sentido más que la nostalgia por lo que “olvidamos”, posiblemente sea más importante ordenar nuestro sistema operativo para poner atención a lo que nos compete en el presente y saber dónde está la información que en algún momento podemos necesitar —y para esto tenemos todo tipo de mecanismos de memoria externa, como  un motor de búsqueda o las plantas enteógenas.

Habitar en un mundo basado en “saber buscar” más que en “saber”, nos revela que el saber ya está ahí. Ya no necesitamos desarrollar más conocimientos, lo que necesitamos es saber navegar por el teatro de la memoria que han construido para nosotros todas las inteligencias que han pisado y pensado en el planeta antes que nosotros (gente como Platón, como Giordano Bruno, como Mcluhan, como Teilhard de Chardin, los arquitectos del Internet y del algoritmo de Google, y quizás otras entelequias o númenes planetarios similares).

El chamán ayahuasquero Guillermo Arévalo compara su relación con la inteligencia de las plantas con la relación que tenemos los occidentales con Google, en la que le “preguntamos” y esta inteligencia nos da la respuesta. De esta especie de inteligencia colectiva de la selva los chamanes han logrado encontrar una gran cantidad de plantas medicinales y crear brebajes que combinan una serie de plantas, como el curare o la misma ayahuasca, que por un método de prueba y error habrían tardado miles de años en desarrollar. Los chamanes no necesitan detentar este conocimiento, lo que necesitan es saber preguntar, saber buscar la información en las plantas y en la matriz planetaria. Tal vez esta sea la enseñanza de Google, la metáfora que encarna.

En el diálogo de Fedro, Platón expuso hace  2,500 años, a través de Sócrates, el mismo dilema  que ahora nos planteamos. El gran filósofo griego relata cómo Thoth, el semidiós de la comunicación y de la alquimia, presentó ante el rey de Egipto Thamus su invención de la escritura, calificando este invento como un elixir de la memoria que haría a los egipcios más sabios. Pero Thamus, por el contrario, desacredita el invento de Thoth como un engaño, un falso conducto:

«Porque esta invención producirá amnesia en las mentes de los que aprendan a usarla, ya que no practicarán su memoria. Su confianza en la escritura desalentará el uso de la memoria en su interior».

Una objeción similar ocurrió con la invención de la imprenta.  No se trata de verdades absolutas.  Existe lo que se conoce en inglés como book-smart, aquel que solo es inteligente en apariencia, porque solo repite lo que ha leído en un libro pero no tiene capacidad analítica y de generación de sus propias ideas (a esta persona le serviría leer menos y escuchar más  y actualmente desconectarse de Internet en ocasiones). Esto era lo que en su momento temía Sócrates. Pero el invento de Thoth, el dios esotérico, tenía otra intención: compartir mentes, crear una red de pensamiento más efectiva e hipervinculada que la que permitía solo la tradición oral, aumentando el volumen y el alcance de la información (distribuyendo memes). La escritura funciona como un virus que transmite el contenido de una mente a otra —un virus que puede acelerar una mutación: justamente porque saber es recordar, la información que “sabemos”  puede activar la información dormida que “somos”, despertar la serpiente genética dormida. Este invento, la gran obra de Thoth, culmina en Internet, la manifestación del nous planetario en una esfera hiperpermeable. El virus informático de Thoth-Hermes, el semidiós que hackeó el lenguaje del cielo observando el vuelo del ibis, fue inyectado en el hombre para que detonara una nueva era, la era de la información.

Según Jorge Luis Borges la historia puede ser vista como una serie de metáforas que se repiten, acaso con una variación formal, una cierta diferencia en la luz que las observa y re-presenta. Esto ocurre porque las métaforas obedecen a una lógica de correspondencia secreta, a una dimensión arquetípica, como los mitos, conectan con el sentido original de las cosas. La métafora de la biblioteca, de Akasha, de la memoria del universo, reaparece en Internet, en Google,  completando el último círculo de la historia antes de que la métafora se convierta en la cosa en sí, la imagen en el objeto que representa.  Esto es, el punto infinito en el que toda la información esté en cada parte, toda la biblioteca en una letra.

«De la misma forma que toda porción de un holograma contiene la imagen de la totalidad, cada porción del universo contiene la totalidad. Esto significa que si supiéramos el medio de acceder, podríamos encontrar la galaxia de Andrómeda en la huella digital del dedo gordo de nuestra mano izquierda. Podríamos encontrar a Cleopatra conociendo a Julio Cesar por primera vez, ya que en un principio la totalidad del pasado y las impliaciones del futuro están contenidas en cada porción del espacio-tiempo. Cada célula de nuestro cuerpo contiene al cosmos entero». Michael Talbot, El Universo Holográfico.

Conjeturo que esto es lo que está sucediendo. Si consideramos un arquetipo como un campo de energía que da forma y estructura a una civilización, el arquetipo-metáfora de la biblioteca universal se repite y vuelve a manifestarse en Google y lo que nos está diciendo es que de cualquier forma, vía otra persona, vía una máquina, vía la expansión de nuestra conciencia o de alguna otra forma, podemos acceder a toda la información del universo, porque esta es la naturaleza del universo: ser información.  Al menos de forma simbólica, Google es un recuerdo de esa mente universal, una reconexión con las hebras akashicas.

Desde Akasha al Internet —en una órbita Ouroboros— lo que se  está manifiestando es la conciencia, el proceso hegeliano de la materialización del espíritu, la encarnación final de la mente o el espíritu puro (en palabras de Terence Mckenna, “el punto en el que el Logos se vuelve visible y asible“). Es posible que estemos presenciando este proceso en el cual estamos entreverados y por eso no podemos distinguirlo del todo. Más que el nacimiento de la inteligencia artificial, la consolidación de la conciencia colectiva a través de la cual cada parte accede a, o mejor dicho, recuerda todas las partes. El punto en el que la información se vuelve consciente de sí misma.

Twitter del autor: @alepholo