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¿Por qué esta reciente atención hacia el genio? La televisión resignifica la genialidad y la personalidad del genio en la imaginaria pop...

Últimamente he estado pensando con cierta insistencia en la repentina atención que la series televisivas estadounidenses prestan a la figura del genio. Un breve y limitado recuento de los protagonistas de las series más relevantes de los últimos 20 años, hecho al vuelo de mi imperfecta memoria, tal vez arrojaría resultados variopintos y poco uniformes en torno a este asunto.

Al menos hasta mediados de los noventas, creo, un personaje predominante fue el bobo, el obtuso, el que hacía de su estupidez el motivo de su atractivo: el ejemplo más acabado y espejo de todos, Homero Simpson, pero también caben en esa clasificación la niñera de Fran Drescher y esa hipertrofia de la masculinidad gringa que encarnó Tim Allen durante ochos años en Home Improvement. En cierta forma todos ellos actuaban al ritmo de sus necesidades o sus impulsos, sin reflexionar nunca ni las causas ni las consecuencias de sus acciones. Las series, por supuesto, pretendían la comicidad y el ridículo, y la franca debilidad intelectual de sus protagonistas bastaba para ganar la risa de las masas. No sé si me equivoco, pero a diferencia de otras épocas y sus correspondientes figuras arquetípicas —el pícaro de la cultura hispánica, el bufón de la italiana, el trickster de los sajones y los nórdicos, por rememorar algunos de los más conocidos pensados también para consumirse, a través de la burla o el engaño, en una sonora carcajada— la última década del siglo XX estuvo dominada por la bobería simplona, la de orígenes y efectos asequibles para cualquiera, que exige poco o ningún esfuerzo al espectador. Peter Griffin tal vez sea la más reciente mutación de esta especie, apta para sobrevivir en las pantallas de nuestro tiempo.

Inmediatamente antes de estos años hubo uno que rivalizó con este modelo cultural, aunque desde un set menguado en comicidad y aumentado en drama: Doogie Howser, el púber que con sus dieciséis años presumía orgulloso su título de médico. Si soy sincero recuerdo apenas secuencias entrecortadas de la serie, imágenes sueltas que llenarían apenas dos o tres minutos de un capítulo. Sin embargo, tengo la impresión de que la condición de genio de Howser destacaba poco o nada o mal, se la tenía sólo como un accidente del protagonista, no como su esencia (pero sospecho que me equivoco). Fue este uno de los primeros intentos por domesticar al genio para conducirlo cautamente frente al televisor del hogar. Incipiente e inmaduro, por consiguiente fallido.

Sólo hasta el año 2000 (cifra significativa o no) las audiencias televisivas signaron el éxito de Malcolm in the Middle, el primer genio que cautivó ya sin remedio el gusto del público. Esta serie contenía desde su origen una fórmula que aunque antiquísima, al parecer siempre ha sido efectiva para generar reacciones complacientes entre el autor y el espectador: el oxímoron, el contraste exagerado entre dos opuestos, su unión violenta en un mismo tiempo y lugar. En el caso de Malcolm, la oposición entre la genialidad y la normalidad, entre el niño prodigio y la familia cómicamente exagerada en su medianía, entre la habilidad del genio para aprender y comprender y reproducir lo más complejo de cualquier área de conocimiento y su torpeza para conducirse en las situaciones supuestamente simples de la vida cotidiana (que no son simples, sino recurrentes y repetitivas, de ahí que se les tenga como tales). Esto, dicho sea de paso, puede considerarse el germen de una serie de clichés tomados de las personalidades de genios reales como Ludwig Wittgenstein o Glenn Gould, cuyas excentricidades contribuyeron a modelar la idea de genio que tenemos quienes no somos genios.

Ahora, como sabemos, los genios en boga son Gregory House y Sheldon Cooper, instalados uno en el drama que ocasionalmente deriva en humor y el otro plenamente en la comedia. El primero es un genio que comprende demasiado bien cómo funciona el mundo y que por ello, por descubrir que la maquinaria de la sociedad se aceita con la mentira y la hipocresía, decide no ser un engranaje más del mecanismo; por el contrario, la plena ignorancia del comportamiento mundano hace que el segundo incurra un poco en eso que un sociólogo, creo que Erving Goffman, llamó ejercicios de ruptura, situaciones en las que las que las palabras son tomadas en su significado más literal, los procesos de comunicación se sujetan a la lógica más férrea y la verdad domina cualquier tipo de relación social, quebrantando a través de estos medios —la literalidad, la lógica y la verdad— el convencional y a todas luces precario orden social —con resultados hilarantes, como en The Big Bang Theory.

Pero ya he escrito demasiado sin llegar a lo que tenía pensado escribir, que es una pregunta: ¿Por qué esta reciente atención hacia el genio? Y a aventurar una respuesta: quizá porque, ahora, en esta época de las redes de información y el acceso más o menos ilimitado a ésta, parece que cualquiera puede aparentar ser un genio; ahora, si uno no sabe qué es un número primo, o la enfermedad de Kawasaki o el gran colisionador de hadrones, ahí está la wikipedia para explicarlo. Si aun con su ayuda no lo comprendemos, siempre podremos vestir como Sheldon Cooper o doblar sus camisas con el mismo artilugio con que él las dobla o guardar una memoria usb en la misma caja japonesa en donde él guarda la suya.

«Es notable el hecho de que, con una sistemática suficiente, la comedia pueda convertirse en realidad» (Kafka, Diarios, 23 de enero de 1922).

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