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Para los que tenemos más de cuarenta años la memoria del López Portillo llorando en su último informe de gobierno fue una muestra simbólica de que la prepotencia deriva, por lo general, en la impotencia de un presidente que entiende tarde su lugar en la historia.
t_felipe_calderon_427 Para los que tenemos más de cuarenta años la memoria del López Portillo llorando en su último informe de gobierno fue una muestra simbólica de que la prepotencia deriva, por lo general, en la impotencia de un presidente que entiende tarde su lugar en la historia. Antes de este acto de impecable dramaturgia, el entonces presidente nos había regalado en algún discurso una frase digna de recordarse por su irresponsabilidad ante la grave crisis que vivía México a finales de la década de los setenta: “soy responsable del timón, pero no de la tormenta”. No sé por qué desde el martes 2 de septiembre y hasta la fecha, cada vez que escucho al presidente Calderón lo que viene a mi memoria es la figura de López Portillo, quizá porque intuyo en él la misma angustia ante su propia incapacidad. Pero quizá lo que más vincula a ambos es que entienden tarde la magnitud de la crisis a la que han llevado al país. Hoy amanecimos con anuncios que nos indican la magnitud de nuestros problemas: los cambios de dos responsables de carteras estratégicas como la de Petróleos Mexicanos y la Procuraduría General de la República y la desaparición de tres secretarías de Estado. Esto que en la mayoría de los países muestra la necesidad de dar señales de que se entiende que algo anda mal, en México es aún peor porque hace evidente que la salud de las finanzas públicas que tanto cuidaron los dos presidentes que antecedieron a Calderón –Zedillo y Fox-- está hoy en una situación precaria: nada más y nada menos en que un “boquete financiero” de 300 000 millones de pesos. Y aquí hay que hablar de dos cosas: las consecuencias de una serie de indicadores de mal gobierno y lo que esto implica para un montón de familias que tendrán que pagar, una vez más, la factura de un gobierno que no supo entender la magnitud de la crisis económica. Yo no sé si el presidente Calderón se ha preguntado qué es lo que van a hacer todos los funcionarios públicos que a partir de que se apruebe el “paquete financiero” pasarán a formar parte de lo que Marx llamaba ejército industrial de reserva. Lo otro de lo que hay que hablar es de los tiempos, y es que es inevitable preguntarnos por qué hasta ahora: ¿por qué hasta ahora se pensó que era necesaria una reingeniería institucional que evitara funciones inútiles como las que supongo se venían desempeñando en esas Secretarías que próximamente descansarán en paz?; ¿por qué hasta ahora se pensó en hacer recortes a todos los lujos de los que gozan los funcionarios públicos de alto nivel?; ¿por qué hasta ahora se pensó en que nuestras representaciones en el exterior gozan de privilegios de los que pueden prescindir? Pero la pregunta de las preguntas es si todo este “programa de austeridad” en verdad va a llegar a Los Pinos y se va a establecer un criterio juicioso en el gasto, sobre todo en el dispendio en publicidad, que hoy vemos ahi. La respuesta a todas estas preguntas es quizá que el presidente Calderón gastó tiempo precioso y muchas energías luchando contra los “molinos de viento”, contra lo que un mandatario con una visión muy conservadora de la realidad pensó que era el camino equivocado para la sociedad mexicana. Y así descuidó lo fundamental, el tan pregonado bien común que tanto ha defendido el PAN a lo largo de sus setenta años de existencia. Felipe Calderón es responsable tanto del timón como de la tormenta y, aunque su estilo es el de delegar en terceros los costos y la responsabilidad de un mal manejo de los asuntos públicos, la realidad es que pese a la buena cantidad de maquillaje con que se quiere matizar la magnitud de los problemas, los hechos son más fuertes que el discurso. No creo que el paso del dicho al hecho, en el caso del paquete económico que hoy nos ofrece el presidente, sea suficiente para capear el vendaval en el que estamos inmersos. Ojalá y me equivoque… Yolanda Meyenberg Leycegui es columnista invitada de Pijamasurf. Es investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM.

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